Vistas privilegiadas

Bien poco le falta al segundo largo de la francesa Ursula Meier para entrar de lleno en el terreno de lo postapocalíptico: en un bloque de pisos que se alza solitario al lado de una carretera, junto a los Alpes suizos, sobreviven un chaval de doce años y su descarriada hermana mayor. Él se dedica a vender material de esquí que roba en la estación que les queda cerca de casa, mientras ella parece estancada en un bucle que consiste en ir cambiando periódicamente de novio y pasar los entretiempos comiendo migajas junto a su hermano. En un primer momento, uno podría pensar que esta pequeña familia disfuncional se lo monta más o menos bien con sus trapicheos, respirando el aire puro de la cordillera alpina. Pero, a medida que avance la película, descubriremos que la relación entre ellos no puede estar más estigmatizada de lo que ya lo está por su flirteo, degradador y consciente, con el modo de vida capitalista. Un flirteo que los empuja a asumir roles que no son, o no deberían ser, los suyos. Supervivientes de un apocalipsis, por más que este sea íntimo y muy localizado, Simon (Kacey Mottet Klein) y Louise (Léa Seydoux) devienen incapaces de ver más allá de sus angustias y necesidades materiales básicas

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Uno de los mayores aciertos de la película es el ocultar deliberadamente la naturaleza de dicho apocalipsis, esto es, los hechos del pasado que han llevado a sus dos protagonistas a la situación de miseria en la que se hallan. En una escena, Simon le cuenta a otro personaje, de una forma harto curiosa, que sus padres murieron en un accidente de coche. Como si eso le importara bien poco, obrando en el espectador (al menos en mí) el efecto opuesto: un interés por saber qué y cómo ocurrió. Y es ese enigma el que insufla vida adicional al filme, que hacia aproximadamente la mitad de su metraje, una vez expuesta la situación, parece acomodarse en el trazo simple de ese drama social que ya intuimos de sobras aunque no tengamos todos los datos. Hasta que, de repente, Sister pega un volantazo para convertirse en una película si cabe más desesperanzadora de lo que ya era. Áspera, como los acordes de la guitarra de John Parish, que sólo se dejan oír de vez en cuando para puntear la amargura de sus personajes, la película de Ursula Meier nos advierte de que convendría revisar, o rechazar directamente, los valores y modelos de conducta que nos han llevado al pozo en el que estamos inmersos. La crisis y todo eso que viene en los periódicos.

Siendo este un retrato de personajes, Meier rara vez los filma en planos cortos, como sí ocurre todo el tiempo, por ejemplo, en La vida de Adèle (La vie d’Adèle, Abdellatif Kechiche, 2013), la última película que ha estrenado Léa Seydoux. A la cineasta francesa le interesa encuadrar a Simon y a Louise en unos espacios que no les pertenecen aunque se atrincheren y traten de subsistir en ellos. El apartamento en el que viven, su hogar, por llamarlo así, es una especie de ficción eternamente provisional, igual que ellos, residuos vivientes de un sistema que es especialmente inclemente con aquellos que se quedan en los márgenes. Sister habla, en definitiva, sobre la deshumanización exprés de nuestras sociedades industriales, al ritmo que marca el dinero o la carencia del mismo. A su directora quizá se le va la mano en algún momento cuando pone el dedo en la llaga de lo emocional (pienso, sobre todo, en la desoladora escena en que Simon le pide a Louise que le deje dormir con ella), y hay algunas leves pinceladas de humor clasista que, por obvias, no terminan de cuajar. Pero estas cuestiones menores no socavan los logros de una película pequeña pero madura, que encuentra remansos de ternura en la ciénaga con vistas privilegiadas que habitan sus dos jóvenes protagonistas.