Cada uno a la suya y Dios contra todos 

¿Qué haríamos si, de repente, fuéramos hechos prisioneros? Si se diera el caso de una invasión, de un golpe de estado, y fuésemos sojuzgados, ¿nos atreveríamos a alzar la voz, a oponernos, a discutir la situación? No me refiero a una invasión ante la cual se desatase una guerra o una estrategia de resistencia oculta y activa. Me refiero a un hecho consumado por el cual perdiéramos nuestras libertades más básicas. ¿Tendríamos el valor, la fuerza, la entereza, la imprudencia tal vez, de reivindicarlas? ¿Defenderíamos a amigos o vecinos si fueran humillados o incluso torturados?… Es precisamente ésta la situación en la que Steve McQueen pretende colocarnos con su última obra.  Utilizar no un esclavo cualquiera sino aquél quien fuera antes un hombre libre da a la historia un determinado punto de vista. 12 años de esclavitud es, por supuesto, una obra sobre tal ignominia pero se aleja voluntariamente de obras sobre la esclavitud en Norteamérica, como Raíces (la saga televisiva que seguía las desventuras de Kunta Kinte) o sobre el Holocausto, como fuera el caso de La  lista de Schindler (Schindler’s List, S. Spielbergh, 1993) obras sobre grandes genocidios pero basadas tanto en la búsqueda (¿abyecta?) de la escena impactante como en una estrategia de emotividad vinculada tanto al suspense como al melodrama. McQueen no evita la violencia, flagelaciones y violaciones incluidas, pero las incluye en el catálogo de irracionalidades que pueden darse en la pérdida de libertades y contempla la terrible odisea de Solomon Northup con gran distanciamiento emocional, evitando caer en el drama o el melo. McQueen quiere que nos situemos (como ha declarado) en el punto de vista de Solomon y ese es el punto de vista de alguien (tan sorprendido como desamparado tras su secuestro) que opta por la supervivencia. McQueen no nos muestra una película de esclavismo sino que nos sumerge en el esclavismo.

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Steve McQueen se dedicó durante años a obras de videoarte e instalaciones en las que observaba, plasmaba, el efecto de diversas situaciones físicas sobre el cuerpo humano (especialmente en el caso de negros). En su salto al cine mantuvo tal objetivo, elaborando una ficción que tenía buena parte de abstracción estética y en la que una revuelta política (de presos del IRA) se acompañaba de auto castigo, utilizando el cuerpo como un arma —o como un campo de batalla, como muy acertadamente comenta Eulalia Iglesias en su artículo El cuerpo como campo de batalla (Caiman Cuadernos de Cine, 22 (73), p 18. )—, mediante la suciedad provocada con las heces o mediante huelgas de hambre. Hunger (2008) llevaba la violencia  de Bobby Sands, el protagonista (Michael Fassbender), hacia el interior de su propio cuerpo. En su siguiente obra, Shame (2011) (interpretada también por Fassbender, coprotagonista ahora en 12 años de esclavitud) también llevaba la tensión, el dolor, hacia el propio cuerpo, aunque fuera una suerte de condena oculta bajo una capa de placer. 12 años de esclavitud mantiene este uso del cuerpo siendo la frontera última que los amos pueden violentar, puesto que Solomon debe sacrificar, ceder, este terreno en aras de defender sino su integridad, sí su dignidad. Por ello McQueen opta, en contra de la opinión de buena parte de la crítica, por desarrollar y presentar escenas de violencia, tortura, brutalidad y flagelaciones, considerando que tal opción no sólo no es inmoral sino que es directamente necesaria para que comprendamos perfectamente la situación y no, como ha sucedido en tantas ocasiones, recurriendo a ella como una herramienta o un recurso dramática. La violencia se da como un hecho cotidiano ante la cual los otros esclavos apartan la mirada, tratando de mantener la rutina diaria alejada de la visión del castigo. Algo que McQueen nos presenta mediante la profundidad de campo, con un torturado Solomon en primer plano, intentando mantenerse con vida y un conjunto de esclavos, niños y adultos, jugando y trabajando en segundo término. Algo que McQueen reivindica claramente mostrando las heridas abiertas, sangrantes y dolorosas, testimonio de todas las ignominias. Algo para lo que no hubo catarsis ni justicia algunas, como concluye el guion de la obra.

Tan neutra como sus obras previas pero menos basada en la estética, 12 años de esclavitud es una obra harto interesante pero que posiblemente no entusiasme ni a los amantes del drama histórico ni a los seguidores del McQueen más formalista. Excesivamente fría, poco experimental (no poco arriesgada para una operación comercial como es el caso), la última obra de McQueen tiene el mérito de ponernos en situación. Y no en la situación de Solomon sólo, sino en la del inoperante Mr. Ford, una de aquellas personas incapaces que, argumentando buena fe, permiten los mayores desmanes y dejan en la estacada a los más indefensos. Sin duda, mucho para reflexionar ante un forzado cambio de rol en nuestras vidas. Para que dejemos de medrar en nuestro propio interés y contra el de todos los demás. Tal vez, aun sin parecerlo, no deje de ser una fábula moral.