3 novios de menos

Dice el tópico que la escena más memorable de Cuando Harry encontró a Sally (When Harry Met Sally…; Rob Reiner, 1989) es la del orgasmo fingido de Meg Ryan en medio de Katz’s Delicatessen. Sin embargo, a mí sigue pareciéndome mucho más definitorio el momento en el que Ryan, llorosa, llama a Billy Crystal para que la consuele porque su exnovio le ha anunciado que va a casarse con otra. Ese momento neurótico de su protagonista que, anticipándose seis años a la Bridget Jones de Helen Fielding, se agobia por culpa de la presión social en torno a la soltería, evidencia que detrás del guión había un mujer, Nora Ephron, que sabía perfectamente cuáles son los mecanismos emocionales que mueven a una fémina —riéndose de ellos con mucha retranca, de la misma manera que Reiner, que colaboró de forma no acreditada en la escritura, hizo lo mismo respecto a la masculinidad—, y dotarla de ternura y de humanidad a través de los mismos.

A partir de ese punto de partida se desarrolla 3 bodas de más (Javier Ruiz Caldera, 2013), que, más allá de un desarrollo argumental que juega con referencias como Cuatro bodas y un funeral (Four Weddings and a Funeral; Mike Newell, 1994) o las propias adaptaciones cinematográficas de Bridget Jones, quiere ser un esfuerzo para lograr respecto a la comedia española algo parecido a lo que La boda de mi mejor amiga (Bridesmaids; Paul Feig, 2011), Despedida de soltera (Bachelorette; Leslye Headland, 2012) o las series New Girl (Id.; 2011-) y Girls (Id.; 2012-) han supuesto para la nueva comedia americana: una apertura del género hacia el universo femenino, un intento de reflejar una realidad aparte de ese peterpanismo testosterónico tan apatowiano. La cuestión es que detrás del guión que nos ocupa están dos hombres, Pablo Alén y Breixo Corral, y de forma inconsciente, casi entre líneas, se cuelan en la película detalles que evidencian la naturaleza masculina de la ficción. Empezando por la definición de la protagonista, Ruth, que pretende ser rupturista —se emborracha, se acuesta con los hombres menos adecuados, no tiene instinto maternal…— cuando acaba siendo bridgetjonista, ya que relaciona su éxito y su felicidad con la presencia masculina en su vida, cuando precisamente lo interesante de Wiig, Headland, Meriwether y Dunham es que presentan mujeres realmente independientes, que no necesitan que su vida gire en torno a los hombres para alcanzar la felicidad. ¿O acaso es casual que la amistad femenina esté totalmente ausente en la ecuación del largometraje de Ruiz Caldera? ¿O que el único personaje femenino de la trama que ha optado por ejercer de madre soltera esté caricaturizado hasta el extremo?

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De ahí arranca, en realidad, uno de los principales problemas de la película: que a quien, sin darse cuenta, Alén y Corral han definido como el protagonista de la trama es al personaje de Martiño Rivas. Él es quien mueve la acción, quien tiene el arco dramático más natural del largometraje y con quien, además de forma muy marcada, más empatizan los guionistas. Eso provoca una descompensación narrativa que hace que 3 bodas de más tienda, por momentos, a la dispersión, quebrando la robustez de su propia estructura mediante demasiadas fugas hacia personajes y tramas secundarias que no aportan mucho al conjunto, más allá de un cierto exotismo que tiene algo de almodovariano… ¿De ahí el papel destacado de Rossy de Palma? Quizás sea por la experiencia televisiva previa de los dos escritores —veteranos de series como Los Serrano (2003-2008), Los hombres de Paco (2007-2010), El internado (2007-2010) o Vive cantando (2013-)—, pero da la sensación de que hay demasiadas ocasiones en que prima el gag por encima del desarrollo de personajes… Lo que no tendría por qué ser negativo —es una característica diferencial de la nueva comedia americana—, si no fuera porque interfiere con el ritmo de la narración, a veces ralentizándolo, a veces alejándolo del centro dramático de la trama.

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El largometraje remonta, sin embargo, cuando Ruiz Caldera, un poco en la línea de su anterior Promoción fantasma (2012), refiere al cine eighties, no solamente a través de guiños musicales como la utilización dramática de la canción «Carrie» de Europe, sino mediante los momentos más johnhughescos, en los que permite que los personajes —y sus relaciones— crezcan a partir del diálogo, de la interacción minimalista. Es ahí donde está lo mejor de la propuesta: en los momentos que no están lastrados por los intentos del guión de ser políticamente incorrecto, sino que están plenamente dedicados a desarrollar a sus protagonistas, y le dan cancha a los actores para demostrar su timing cómico a la hora de las réplicas y las contrarréplicas. En esas secuencias se intuye el auténtico potencial de su director, aquí un poco limitado por las irregularidades del guión, así como la comedia brillante que podría haber sido esta 3 bodas de más de haberse pulido un poco más su estructura narrativa.