Viaje al fin de la noche

Cae la noche en Roma. A pocos metros del Coliseo, Jep celebra su cumpleaños en la terraza de su apartamento. Rodeado por sus amigos, empieza a sentirse presa de ese temor incierto que, tarde o temprano, alumbra la edad: el cansancio. Hace casi cuarenta años que publicó su primera novela, un relativo éxito de crítica que le permitió posicionarse en el magma cultural romano. Sin embargo, cuarenta años después, Jep acusa la factura de ese deslizamiento progresivo hacia la fauna nocturna bajo la forma de una melancolía que arrastra con su existencia. Mientras sus amigos bailan o se dejan llevar por sus pasiones más públicas, entre sorbos de Campari y la música de Raffaella, Jep parece abismarse en ese pensamiento que no le abandonará durante toda la película: ¿qué sucede cuando ya no nos queda nada por contar? La gran belleza es el hermoso viaje narrativo que Paolo Sorrentino emprende hacia el corazón de esa pregunta.

Todo comienza en una isla, en el decimoctavo verano de Jep, por aquel entonces aún Jeppino. Mientras nada a pocos metros de la playa, un grupo de chicas lo observa desde una pequeña cala. Más tarde, Elisa, una de las chicas, se reúne con él en las escaleras que conducen a la orilla. Jep se acerca a besarla, ella retira su rostro y ofrece el cuello, se acomoda sobre el hombro del chico. Jep puede oler, quizá por primera vez, su perfume; puede sentir su cuerpo, el cabello de la muchacha acariciando sus mejillas. De fondo, se escucha la resaca del mar y las minúsculas vibraciones nocturnas que emite el paisaje. Elisa se desabotona la blusa y le muestra sus pechos. El sueño termina. Adormilado sobre su cama, Jep fija la vista en el techo de la habitación. En ese preciso rectángulo, como en una pantalla de cine, se proyectan las olas de un mar azul que nunca ha olvidado, tal vez porque fue en el que nadó una mañana de verano mientras Elisa lo observaba.

La visión fugaz de ese recuerdo de juventud contrasta con el carrusel de encuentros que acechan a Jep cada vez que penetra en la geografía romana. Si el sueño de amor se desvanece en el sonido calmo de las olas del mar, el presente se multiplica en un grupo de personajes pintorescos que representan los diferentes estratos de la sociedad italiana. Así, Jep se deja llevar por ese vaivén que ni siquiera puede aspirar a calificarse como hedonista, pues ha caído prisionero de su propia impostura. Consciente de ello, Paolo Sorrentino deja que su cámara vuele, en un movimiento grácil y continuo, por cada palmo de Roma, sobre las cabezas de sus protagonistas, entre sus cuerpos, en un baile con los personajes que nunca cesa. Un movimiento, apenas interrumpido por el cambio de escena, que evoca la sensación de pérdida del sentido de la realidad en la que se hallan envueltos los actores de este drama de nuestro tiempo. Perdidos, en definitiva, entre fiesta y fiesta, happenings y performances, raptos trascendentes y nostalgia de aquel terruño del que emigraron siendo jóvenes, promesas incumplidas y realidades que son como pozos sin fondo.

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A Jep se le acaba la mecha, incapaz de dar inicio a su segunda novela. A falta de inspiración, accede a realizar algún que otro encargo periodístico para su jefa, Dadina, y aconseja a su amigo Romano cómo orientar su carrera de dramaturgo. Sin tener conciencia plena de ello (o, tal vez, sin querer admitirlo), Jep se ha acomodado a ese papel de moderno Caronte que conduce a todo aquel que lo desee a través de las diferentes caras de Roma. Cada uno de sus encuentros sexuales culmina con el desdén, el hastío de relaciones que acaban nada más comenzar. Qué otra cosa puede hacer, se pregunta, si en cierto modo ya lo ha visto todo. Languidecer, diríamos, tumbado en su hamaca, con una copa en una mano y un pitillo medio apagado en la otra. Porque ha llegado a una edad en la que no sabe continuar sin caer víctima de un simulacro. De ahí la Roma mágica que Sorrentino busca con su cámara, la de las ilusiones y las fantasmagorías, la que encuentra a una jirafa en un jardín o la que expone las ruinas de una civilización pasada como decoración para un moderno loft. La ciudad que ha girado la vista a sus paisanos y vive alegre el colapso, el aire mortecino que invade sus fiestas y la melancolía que respiran sus criaturas.

Jep, que como el Adriano que una vez imaginó Ennio Flaiano ha perdido el sentido de la vida. Demasiados rostros familiares, demasiadas palabras vertidas sin saber por qué. Jep, que ahora se arrastra por los bulevares, que sonríe hasta dejar ver cada una de las arrugas que surcan sus facciones y ha olvidado cómo amar a Orietta, a Ramona o a Stefania. Jep, que desearía haber podido leer una página arrancada del diario de Elisa, una en la que hubiese escrito que lo amaba, que su relación terminó temprano por una de esas frivolidades de juventud y, sin embargo, nunca terminó del todo. Jep, que anhela superar a Flaubert en la conquista de una historia que verse sobre la nada, porque en verdad es ahí donde está sumido. Jep, que sin darse cuenta ha esparcido un poco de su relato vital por las calles de Roma, por sus terrazas y clubes, entre sus esculturas y fuentes, en bocas, lenguas y muslos, entre sábanas e incómodos tresillos, en la belleza singular de cada rincón de su memoria.

Todo termina en el recuerdo de una isla, en el decimoctavo verano de Jep, por aquel entonces aún Jeppino. Elisa se desabotona la blusa y le muestra sus pechos. El muchacho la observa, con la duda de si el aire frío de la costa le ha estremecido más que su enorme belleza, esa que sus ojos encuentran por vez primera. Elisa se vuelve a abotonar su blusa y la memoria, indecisa, no sabe cómo continuar con lo sucedido. Es la primera ocasión en toda la película que topamos con el pudor, con el reparo privado de un pedacito de vida que no pertenece a esta melancolía que su protagonista arrastra de escena en escena. Qué bello, verdad, recuperar la timidez, el primer escalofrío, quizá también el primer desamor y el último beso, todo el camino que empezamos a andar hace tanto tiempo. Sin necesidad de morder una magdalena, Jep encuentra aquel momento, breve y fugitivo, que alguna vez tuvo su lugar en una isla. Esa emoción privada, casi pasto de diario secreto, no la podemos dejar escapar otra vez. No podemos olvidar ese sentimiento, tan delicado y tan de otra edad. Embargado por esa sensación, Jep cierra los ojos y continúa el relato de esa historia interrumpida. La gran belleza es el hermoso viaje narrativo que Paolo Sorrentino emprende hacia el final de su memoria.