Nuestras humanidades

La fe en el futuro ha sido la potencia dominante de la vida. Su espera se mostraba como fundamento sobre el que se sustentaban todos los esfuerzos civilizadores, culturales y morales para alcanzar aquello que se conocía como progreso. El futuro era por si mismo un mito que conseguía empujar a distintas generaciones a hacerse cargo de los peligros, penalidades y contradicciones inherentes a la vida. Estoy utilizando el pretérito porque en los últimos años estamos asistiendo a su fallo, a su desintegración, a su desmantelamiento. Todos hemos tomado conciencia de que el futuro ha dejado de brillar con luz propia ordenando un más allá incierto. Es decir, ha perdido su potencial transformador de la realidad. Está perdida ha fundado una nueva y dolorosa paradoja en la que se encierra el carácter concluyente de una realidad no acabada: el futuro realmente se ha cumplido en su imposibilidad de cumplirse. El futuro se ha derrumbado confirmando que ha concluido con su tarea sin consumar su promesa. En esta realidad que nos ha tocado vivir ya no queda nada que resolver; se ha abierto un tiempo nuevo que no es otra cosa que un aquí y ahora permanente en el que nada se cumple y en el que nada se anuncia aunque no cesen de ocurrir millones de cosas. Este tiempo es un tiempo sin medida, un fin sin fin en el que no hay proceso ni tendencia y en el que solo aparece atisbarse una catástrofe extemporánea en el imaginario colectivo que, como intentan recoger innumerables películas de esta última década, se asemeja con el Apocalipsis. El mundo tal como lo vivimos y lo percibimos sigue acabándose sin acabar. Y si este mundo “acabado” tiene un futuro, este no sería otro que una realidad que navega hacia si misma guiada por un infinito de posibles. Una navegación autorreferencial, con un solo modelo que no se cansa de reproducirse y confirmarse a si mismo. Un futuro sin proyecto que abre un abanico infinito de posibles por explorar, pero con nada decisivo que desvelar.

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En este contexto ambivalente debemos enclavar El futuro (2013) de Luís López Carrasco, aunque sus imágenes nos inviten a hacerlo en el año 1982, justo después de la primera victoria socialista en unas elecciones democráticas. Las voces sobre un fondo negro de Alfonso Guerra y Felipe González inauguran el film para conducirnos a una fiesta celebrada durante esa fecha en un piso cualquiera. En él se reúne un montón de gente joven. Tienen bebida, tabaco, drogas y la posibilidad de echar un polvo. Son capaces de crear un buen ambiente con la ayuda de una excelente banda sonora que no cesa de sonar hasta ahogar sus voces. Esta fiesta podría recoger el ambiente eufórico de la época, pero también ser algo así una película de terror; todos ríen, bailan, hablan, pero no podemos escuchar casi nada de lo que dicen. Sus voces han sido expropiadas por la omnipresencia de una música que se presenta como un clima cultural encargado de tapar la figura humana. Mientras tanto, la cámara se esfuerza en enfocar y encuadrar a esas figuras de la mejor manera posible, buscando relaciones y vínculos que puedan fundarse entre ellas. Las tomas son un compendio de infinitos posibles que se dedican a explorar para comprender la mecánica de la primera generación española que logró ilusionarse tras años de tristeza infinita. Pero en todo este juego debemos tener en cuenta que el director, aunque haya firmado este proyecto en solitario, continúa formando parte del Colectivo Los hijos. Por lo tanto, sus imágenes deben ser consideradas como materiales. Así trata de confirmarlo cada marca, arañazo o quemadura que se ha añadido en posproducción al 16 mm. en el que se ha rodado El futuro. Y esta confirmación es la que abre la película a un cierto materialismo histórico que podría resumir una cita de Karl Marx recogida en su célebre Prólogo a la Contribución a la Crítica de la Economía Política: «En la producción social de su vida los hombres establecen determinadas relaciones necesarias e independientes de su voluntad, relaciones de producción que corresponden a una fase determinada de desarrollo de sus fuerzas productivas materiales. El conjunto de estas relaciones de producción forma la estructura económica de la sociedad, la base real sobre la que se levanta la superestructura jurídica y política y a la que corresponden determinadas formas de conciencia social. El modo de producción de la vida material condiciona el proceso de la vida social política y espiritual en general. No es la conciencia del hombre la que determina su ser sino, por el contrario, el ser social es lo que determina su conciencia»

En El futuro esta conciencia se corresponde con la de un padre ausente que ha abandonado a sus hijos a su suerte, dejándolos huérfanos junto con todas las promesas de un futuro próspero. Un padre como tótem referencial sobre el que realizar una recuento imposible: la culpa. ¿Quién tiene la culpa de los problemas de un tiempo? Solo si hubiera una unidad que la pudiera medir, se podrían pedir verdaderas responsabilidades. Pero ante la imposibilidad, solo queda la protesta a partir de la configuración de unos referentes sustentados en códigos heredados del pasado. Después de dejar atrás la Guerra Civil, Franco y la dictadura, estamos inaugurando el momento de revistar el tiempo del primer socialismo por la generación de los que ahora cuentan con 30 años. Sin duda, esta nueva mirada seguirá construyendo una forma de protesta contra un poder repitiendo la estructura de las generaciones que los precedieron. Pero en el remake operacional seguramente no tendrán en cuenta un pequeño detalle; con la llegada de la democracia comenzó a borrarse la distinción y contradicción entre el estado/capital y el pueblo/ciudadanía. Y con ella la idea de lo político como dimensión estructural de la sociedad. Ahora vivos su último estadio, como algo intempestivo; no se sabe como o cuando podrá acontecer, como así lo han demostrado todos los movimientos (véase 15M) que han tenido lugar alrededor del año 2011. En este contexto, una narración basada en resultados y consecuencias ha quedado completamente desactivada. No existe, por tanto, futuro. Solo presente discontinuo y autosuficiente, sin narración ni dirección, del que no posemos manera alguna de saber exactamente si funciona.

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Si lo que entendíamos como poder y ciudadanía se confunden, es que ya no podemos atisbar nada enfrente. Por lo tanto, también ha quedado eliminada la figura del otro. Al quedar suspendido lo otro, lo que conocíamos como humano desaparece de la misma manera que la figuras fantasmales que hemos visto en la fiesta de El futuro, a medida que el celuloide (simula que) se va desintegrando. Entonces, ¿Qué queda al terminar la fiesta? Los espacios donde tuvo lugar. Viviendas, pisos, donde aconteció una experiencia fundacional: el primer contacto de España con la nada. En aquel momento, la fiesta española comenzaba a erigirse como un acercamiento radical al nihilismo. (Una fiesta no puede ser otra cosa que la celebración del nihilismo a través del hedonismo). Hoy España se ha convertido en una de las catedrales de la fiesta, y esa fiesta ya no es algo privado, invisible, de lo que faltan imágenes. Pero, pese a todo, sigue siendo una nada capaz de movilizar lo humano. Después del tiempo en que política, trabajo, historia y cultura intentaron separarnos de esa nada, volvemos a toparnos con ella en el tiempo de la crisis: ya no hay nada que hacer, nada que pensar, e incluso nada que de lo que disfrutar verdaderamente a través del ocio y del tiempo libre. Entonces, ¿qué hacer con esa nada? aparece como la gran pregunta política de nuestro tiempo. Pero antes de saber que hacer se debería intentar conocer que es esa nada. Una buena y concisa definición la ofrece la mejor pensadora de nuestro tiempo, Marina Garcés, en su Un mundo común (2013): «Es la dimensión común de nuestra riqueza compartida». Por lo tanto, lo común no es nada. «No es ni cosa, ni realidad última, ni primera causa, ni identidad universal, nada. Ni objeto a construir, ni tierra prometida. Nada que podamos poner enfrente nuestro, nada que podamos perder o recuperar, nada que podamos colonizar o liberar, nada de lo que podamos exiliarnos y a lo que quizás, algún día, conseguiremos volver».

Un nuevo futuro solo podrá edificarse aprendiendo a fundar una experiencia desde la nada. Quizás, cada una de las quemaduras y agujeros con los que Luís López Carrasco ha castigado a su celuloide, no sean otra cosa que una invitación a reconocer esa nada y construir a partir de ella una didáctica del no-saber. A «ser fieles a lo incierto», como se dice en algún momento de la otra gran película española de esta década, Alegrías de Cádiz (Gonzalo García Pelayo, 2013). Ahora, cuando la nada es la normalidad más palpable de nuestro tiempo en crisis.