¿Qué fue de Renny Harlin?

La pregunta tiene su enjundia, con lo que dedicaremos las siguientes líneas a tratar de contestarla. A modo de aproximación general, el ostracismo actual a que parece inevitablemente abocado el otrora célebre firmante de fibrosos actioner de los noventa obedece a un sinfín de desaciertos, infortunios y pésimas decisiones creativas, suponemos que no siempre voluntarias, que le han conducido/obligado a ponerse a los mandos de un título de las características de Hércules: el origen de la leyenda (The Legend of Hercules, 2014), lo que no puede resultar más sintomático. Con independencia de las simpatías que pueda suscitar la figura del director finlandés, como de hecho es el caso, su travesía en el desierto de las últimas dos décadas ya resulta interesante por sí misma, pues ejemplifica a la perfección el ninguneo a que Hollywood ha venido sometiendo a algunos de sus asalariados —a la manera de un Saturno especialmente asilvestrado— cuando no obtiene de ellos los resultados esperados… y lo cierto es que del pobre Renny Harlin, desde el fiasco comercial y crítico de La isla de las cabezas cortadas (Cutthroat Island, 1995) ha obtenido, económicamente hablando, más bien poco.

De un cineasta que descubrió su vocación a la tierna edad de catorce años —cuando aún respondía al nombre de Lauri Maoritz Harjola— de la mano de Don Siegel y Charles Bronson lo menos que podía esperarse es que se dedicara en cuerpo y alma al cine de acción made in U.S.A., reeditando el trasvase de profesionales cinematográficos desde la vieja Europa que comenzara durante la época dorada de Hollywood en el periodo de entreguerras y continúa, hoy en día, plenamente vigente. Su carta de presentación en sociedad, Pesadilla en Elm Street 4 (A Nigthmare on Elm Street IV: The Dream Master, 1988) ya avanzaba dos de los rasgos más distintivos de su cine, por lo demás proverbiales en una saga adicta a los excesos hemoglobínicos: la querencia por el grand guignol, sublimada como veremos por una insobornable apelación a la testosterona pura y dura, y derivado de ello cierto regusto gore que casa de maravilla con una visión de la violencia expeditiva, a la vez física y festiva. Ambos aspectos bien presentes, pese a los condicionantes de producción, en su temprana aportación a Jungla de Cristal: La jungla 2: alerta roja (Die Hard 2: Die Harder, 1990).

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Asumiendo plenamente el carácter 100% derivativo de la secuela, Harlin y su equipo técnico y artístico supieron mantener inalterados los elementos más característicos de la espléndida Jungla de Cristal (Die Hard, John McTiernan, 1988) aligerando considerablemente, eso sí, la vertiente más crítica de su predecesora, si bien no escamoteando más irónicos dardos relativos al buen hacer de las autoridades competentes, de gran ayuda para el sufrido John McClane, así como a los recién estrenados noventa. En todo caso, es en su condición dual de vibrante encadenado de secuencias de acción a cual más pasada de rosca/vehículo para el lucimiento de un desatado Bruce Willis donde la película aflora como un entretenimiento ciertamente estimable, apoyada en la visceralidad (sanguinolenta) de sus ceñudas peleas, por no hablar de su eficacia narrativa y, especialmente, valentía expositiva: en una de esas secuencias que ya no tienen cabida en el mainstream, al fascistoide villano encarnado por William Sadler, en una muestra sumamente ilustrativa de la teoría de la acción-reacción, no le duelen prendas en estrellar un avión comercial para asegurarse la obediencia debida de los responsables del aeropuerto Dulles, lo que sucede después de haber mostrado, con cierto detenimiento, los rostros cariacontecidos de muchos de los pasajeros. La pesadumbre de McClane por no haber podido evitar la catástrofe se traslada así modélicamente al espectador digno de la consideración de ser humano, tan superado como el propio héroe por la insospechada magnitud de la amenaza terrorista.

Sólo con su contribución a La jungla 2: alerta roja, Renny Harlin ya despuntaba merecidamente entre los directores más prometedores del género, pero la consolidación no tardaría en llegar; tras el extraño paréntesis que supuso Las aventuras de Ford Fairlane (The Adventures of Ford Fairlane, 1990), la excelente Máximo riesgo (Cliffhanger, 1993) —para el que esto suscribe uno de los mejores thriller de acción de una década especialmente pródiga en ellos— se muestra como un espectáculo al límite, avasallador; haciendo de la necesidad virtud, el cineasta finlandés supera las limitaciones de un título al servicio del siempre estólido Sylvester Stallone contraponiéndole dos intérpretes tan dotados para los roles turbadores como John Lithgow y Michael Rooker, obteniendo el máximo partido de los sobrecogedores paisajes naturales de las Dolomitas y, por último pero no menos importante, dejando que la testosterona fluya a raudales y, con ella, saña y violencia desbocada. Máximo Riesgo parecía prefigurar una exitosa carrera en el cine comercial pero, desafortunadamente, en la filmografía —como en la vida— de Harlin hay un antes y un después a conocer a una actriz con nombre, y apellido.

Una tragedia (griega)

Se ha escrito mucho, y para mal, de la debacle económica que supuso La isla de las cabezas cortadas, y derivado de ello el empecinamiento personal de la propia Geena Davis por convertirse en gran heroína hollywoodiense, a la altura de sus todopoderosos colegas masculinos de la época. Lo cierto es que, vista con la perspectiva que da el tiempo, la cinta no deja de ser un (carísimo) entretenimiento menor cuyo principal hándicap consistió en estrenarse casi una década antes que Piratas del Caribe: la maldición de la Perla Negra (Pirates of the Caribbean: The Curse of the Black Pearl, Gore Verbinski, 2003), ese circo de tres pistas a mayor gloria de Johnny Depp y Walt Disney Pictures. Sea como fuere, el daño para el director —y partenaire— de Mrs. Davis ya estaba hecho, con lo que dos títulos tan interesantes como Memoria letal (The Long Kiss Goodnight, 1996) y sobretodo Deep Blue Sea (íd., 1999) no obtuvieron la repercusión esperada —y merecida. Recién estrenado el siglo XXI, Driven (íd., 2001) inaugura un irresistible descenso al abismo de la mediocridad jalonado, cual estaciones del via crucis, por nueve títulos, con hitos tan destacables como esa patata caliente/bomba incendiaria denominada El exorcista: el comienzo (Exorcist: The Beginning, 2004) o Clean (íd., 2007), un intento a la desesperada por volver a la órbita de las producciones A.

De entre los muchos deméritos destacables en Hércules: el origen de la leyenda, filme que convierte en dolorosamente reales las peores expectativas que pudieran manejarse a priori, aflora la constatación definitiva de hasta qué punto el cineasta finlandés ha tirado la toalla, suponemos que hastiado de darse de cabezazos contra el muro de los condicionantes de producción, en un dramático ejemplo de indefensión aprendida digno de figurar en los manuales de psicopatología. Y lo cierto es que el proyecto de llevar a la gran pantalla las primeras correrías heroicas del joven Hércules, con toda su carga de fascinación mitológica y violencia ancestral, parecía especialmente apropiado para devolvernos al mejor Renny Harlin, que visto lo visto se quedó, por si cabía alguna duda, en los añorados noventa. Perdido en el marasmo digital, constreñido por las estrecheces presupuestarias, su evocación de la Grecia clásica no trasciende el decorado escasamente vistoso, y pese al oficio con que son rodadas algunas batallas —la que tiene lugar en el interior de una cueva, recién llegado nuestro héroe a Egipto, se beneficia enormemente de un mínimo de planificación y dinamismo— se echa en falta (mucha) más contundencia, sangre, mala leche. En dos palabras: Máximo riesgo.

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Sin terminar de decantarse entre el modelo 300 (íd., Zack Snyder, 2006) o el modelo Troya (Troy, Wolfgang Petersen, 2004), la decisión de tirar por el camino de en medio resulta letal para el pastiche resultante, pues ni el acabado estético, por más que se pretenda deudor, le llega a la suela de los zapatos a la exuberancia visual de Snyder ni, aún menos, la epidérmica red de relaciones tejidas entre los diferentes personajes hace gala de un mínimo atisbo de complejidad o dramatismo —sí presentes, en cierta medida, en el filme de Petersen—, entre otras cosas por la nulidad interpretativa del grueso del reparto. Puestos a apelar al péplum, mejor haber prestado atención al magisterio del Scott de Gladiator (íd., Ridley Scott, 2000) conjugando modélicamente tradición y modernidad, decorados digitales e intérpretes de carne y hueso, belleza formal y contundencia expositiva. Claro que para ello no está de más contar con un presupuesto de muchos ceros y un actor tan sobrado, a todos los niveles, como Russell Crowe, a cuyo lado la masculinidad soft del inane Kellan Lutz no trasciende el artero homoerotismo de gimnasio y esteroides.

Dadas sus innumerables carencias resulta difícil que Hércules: el origen de la leyenda satisfaga siquiera a su espectador potencial, que si esperaba un sabroso aperitivo de la inminente 300: el origen de un imperio (300: Rise of an Empire, Noam Munro, 2014) quedará totalmente decepcionado. Sean cuales fueran las razones esgrimidas por los productores de este desatino para sacar a Harlin del baúl de los recuerdos y embarcarle en esta cruzada digital de serie Z resulta evidente, fotograma a fotograma, que no era el director más indicado, siquiera para salvar los muebles. Criado en una cultura de género que primaba visceralidad física a aparatosidad virtual, parece definitivamente perdido para la causa. A la espera de que los chicos de la HBO sumen dos más dos y le ofrezcan unos cuantos episodios de Juego de Tronos (Game of Thrones, David Benioff y D. B. Weiss, 2011-), recomiendo encarecidamente a nuestros lectores más jóvenes —también a los maduros nostálgicos— que se hagan, por la vía que consideren oportuna, con La jungla 2: alerta roja o Máximo riesgo. Tremendas, ¿verdad? Eso era el cine de acción.