No siento nada

Empiezo a escribir en la segunda hoja del documento de Word que luego se convertirá en el texto que leéis. La primera hoja ya contiene tres carretadas de sinrazones y balbuceos no demasiado musicales que tratan de explicar porque no me ha gustado Nymphomaniac. Voy a descartar la primera hoja. Yo quería escribir un poema o una carta de amor, una carta que fuera incendio, catedral o palabra gritada, pero, como dice Joe (Charlotte Gainsbourg) al término del primer volumen de la película, no siento nada. Y me resulta francamente difícil escribir sobre cine cuando ni siento nada ni me interesa sentir o comprender. Dos y dos son cuatro, las horas que dura el díptico de Lars Von Trier, pero a mí sólo me quedan una mano y una mirada en la oscuridad. Dos y dos quizá sean cuatro, pero el sexo tiende al uno y tiene caminos misteriosos. Aquí no hay misterio, ni banda ni orquesta, ni siquiera un silencio que valga la pena. A mí me gustan los caminos misteriosos, los puentes y los pozos profundos, pero esta película no tiene nada que ver conmigo. Creo que no sirvo como analista de sistemas ni de tendidos eléctricos, y es posible que Nymphomaniac sea un sistema, una compleja e intrincada operación matemática, a juzgar por el extraño baile de números que atesora. Que si 5+3=8, que si la sucesión de Fibonacci, que si pollas en salmuera y música celestial; parece que Von Trier persiga una inasible figura geométrica o un diagrama o una melodía o un mapa del tesoro que marque el lugar que ocupa el sexo en nuestro devenir. Pero, terminado el viaje y devueltos a la tierra firme delimitada por los créditos finales del volumen dos, en la pizarra sigue sin haber nada escrito, garabatos a lo sumo, una palabra obscena, uno de esos miembros viriles tan de lavabo de instituto o una risotada, la enésima risotada de un cineasta al que siempre le ha gustado dejarnos con la duda de hasta que punto hay que tomarse en serio sus películas.

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Hacia el final de la película, ante una de las anécdotas de Seligman (Stellan Skarsgard), el personaje de la Gainsbourg le suelta algo así como “esta ha sido una de tus digresiones más flojas”. Esa frase resonó en mi cabeza como si ambos personajes y, en última instancia, su creador, admitieran a regañadientes la perezosa, simple y mortecina condición de su artefacto, mera concatenación de las sosas aventuras de Joe con los comentarios de Seligman. Al principio, emana de este personaje cierta divertida calidez, ya que, al escuchar las historias de Joe puestas en imágenes por Von Trier, se alinea de alguna forma con el espectador. Pero este paralelismo pronto se vuelve tan inane como el resto de la película, que todo el rato me produjo la molesta sensación de estar ante algo precocinado, artificioso y demasiado cerebral; en ningún momento asoma nada que se parezca demasiado a pulsiones reales, sinceras. Puede que el cineasta danés pretenda decirnos eso, que nada es de verdad, que tan sólo tenemos la certeza a medias de la bóveda celeste y de sus puestas de sol, esas a las que Joe siempre les ha pedido más. Ni estoy de acuerdo, ni me conmueve ni me la pone dura, por más que siempre me haya atraído el físico esquivo y primitivo de Charlotte Gainsbourg (más que el de la muchachita que interpreta su personaje de joven).

Tras el estreno de la primera parte de Nymphomaniac, reverberó en las tertulias sobre la película un comentario que casi todo el mundo, incluso muchos de los decepcionados, parecía suscribir: que lo mejor de las primeras dos horas era la histérica escena del berrinche de Uma Thurman. Y es que ese fragmento es uno de los pocos cuya textura narrativa tiene algo de onírico, como esas situaciones que no ocurren en el plano estricto de la realidad pero podrían llegar a ocurrir, al menos en la imaginación febril de alguna de las víctimas. Durante la escena, y dado que en ella intervienen un buen puñado de personas, pensé: ¿si es un sueño, quién de ellos lo está soñando? Los momentos, rácanos y fugaces, en los que la narración bordea lo surreal y el mundo del inconsciente fueron los únicos en los que llegué a albergar un resquicio de esperanza en que Nymphomaniac terminara por apoderarse de mí. Pero no. Cuatro horas después, seguí sin sentir nada.