Un gato haciendo popó

Presentimientos

Huelga decirlo, pero siempre es necesario: cada cosa hay que ponerla en su contexto. No es justa la permanente comparación con la excelencia, pues un ejercicio así puede derivar fácilmente tanto en la perenne frustración como en el innecesario y molesto esnobismo. Debemos ser exigentes, sí, pero también comprensivos. Así, se puede dar el caso que, de entre un catedrático de universidad que escribe un libro y un gato que aprende a utilizar el retrete, hay que dar cierta ventaja al minino, pues lo suyo es sencillamente una proeza.

Lo mismo sucede con el cine español, sobre todo si lo comparamos con otras filmografías nacionales. Por ejemplo, con su homólogo americano. No hay posible rivalidad: ni por su capacidad de difusión, ni por su soporte financiero, ni por su apoyo social… No hay color. En España cada vez es más difícil hacer cine y, debido a ello, su cinematografía cada vez se expone con mayor persistencia a recurrir a formatos estereotipados —la comedia y la denuncia social— con la falsa creencia de que éstos son los géneros que, indefectiblemente, más atraen al público. Sin embargo se obtiene todo lo contrario, pues se amplifica el divorcio con un público cansado de ver una y otra vez los mismos prototipos repetidos hasta la saciedad.

Por todo lo dicho, que de vez en cuando aparezcan ejemplos a los que se les ve la intención de nadar contracorriente, exponiéndose al riesgo de salirse de la norma establecida, resulta algo a celebrar. Porque al menos podemos tener una cierta evidencia de que los responsables de dicha película pretenden transformar la realidad, ir un paso más allá para explorar territorios poco visitados. Triste y escaso consuelo para unos, oportunidad de renovación para otros.

Un ejemplo de los dicho podría ser Presentimientos (Santiago Tabernero, 2013). Utilizando como punto de partida la novela homónima de Clara Sánchez, los guionistas —el propio Tabernero acompañado por el actor protagonista, Eduardo Noriega— ajustan cuentas con una parte de la sociedad al poner en escena a una mujer cansada de su complejo de Frodo —ya se sabe: ponerse el anillo y volverse invisible, un problema generalizado en muchos matrimonios—, luchando contra sus miedos y persiguiendo sus anhelos en el mundo paralelo de su subconsciente.

El laberinto en el que se ve encerrada Julia (Marta Etura) no sólo representa el drama de muchas mujeres florero, que deben soportar a su pesar las cargas del hogar debido a una tradición social que así perpetua el reparto de roles en la sociedad. Su itinerario es, además, la excusa perfecta para diversos juegos donde los papeles propios del gato y el ratón no están definitivamente asignados, pues su marido, Félix (Eduardo Noriega), parece haber perdido hace tiempo el poder de despertar a su particular bella durmiente en favor de un —desconocido para él hasta el momento— príncipe azul foráneo, ocasional consumador de esas necesidades emocionales y sexuales que el propio Félix ha desatendido con el tiempo.

Presentimientos

La búsqueda mutua que se produce entre los dos miembros del matrimonio corre en paralelo, tratando ambos de indagar quién es en realidad ese misterio llamado Julia: recorriendo ella lugares comunes para desenredar la madeja de su pasado, pasando él sucesivamente por varias fases —de marido exigente a compañero comprensivo, pasando por la de amante despechado, pero siempre con el paternalismo de aquel de cuyas decisiones depende la estabilidad conyugal: ocuparse de la manutención del hogar, desplazar a la pesada de su suegra, perdonar a la mujer infiel, etc.— que se corresponden con el descubrimiento de una verdad oculta y jamás sospechada.

Pero lo que más destaca en esta propuesta es que la pareja protagonista está encerrada contra su voluntad en un mundo repleto de referentes cinéfilos, el primero de ellos el relativo —como ya ha podido apreciar— al universo lynchiano. Porque este es un producto elaborado por varias manos cinéfagas, desde las de la autora del texto original —una Clara Sánchez contertulia en numerosas emisiones de aquel ¡Qué grande es el cine!, que presentaba y dirigía José Luis Garci en la televisión pública de hace tres lustros— hasta las de Tabernero, cuya labor en el ente público ha ido desde Días de cine hasta la creación y dirección de Versión española. Con estos precedentes no es nada extraño que la puesta en escena se vea condicionada por la aparición de elementos y recursos propios de grandes cineastas que han explorado los vericuetos de la memoria y las fantasías psicogénicas, donde los protagonistas tienden inevitablemente a deformar la percepción que de sí mismos tienen, manipulando los recuerdos a su antojo como una medida de autodefensa ante una realidad que, inevitablemente, acaba por alcanzarlos.

Así, no es complicado reconocer constantes argumentales del ya citado David Lynch —extraña mezcla entre Carretera perdida (Lost Highway, 1997) y Mulholland Drive (Mulholland Dr., 2001), teniendo como centro de operaciones un extraño night club de insana atmósfera, donde las baladas de Russian Red amplifican los matices oníricos— o, incluso, el mismísimo Stanley Kubrick, cineasta del que se han tomado numerosas licencias a la hora de fusilar premisas argumentales y elementos de la puesta en escena de El resplandor (The Shining, 1980) o su póstuma Eyes wide Shut (íd., 1999), presente esta última sobre todo para clausurar el circuito argumental con un happy end que cierra en falso el conflicto conyugal.

Y es en este aspecto donde Presentimientos puede acabar naufragando, porque este juego de referencias cinéfilas supone un lastre para el espectador —al menos el atento, aquel que se ha percatado de que los primeros referentes son el inicio de un peculiar trivial pursuit, un pasatiempo metacinematográfico del que es imposible desligarse—. La estructura en forma de thriller psicológico está plenamente lograda, pero todos los adornos exteriores molestan, pues desajustan la limpieza de un argumento original que ya hablaba por sí mismo de las constantes que esos referentes añadidos impostan a la trama. Puede que haya alguien que se sienta cómodo entrando en el juego propuesto, pero, por lo general, el goce no puede ir más allá de su propio descubrimiento. Al fin y al cabo, Presentimientos es, dentro del panorama cinematográfico internacional, el gato haciendo caquitas y tirando de la cisterna. Es decir, que tiene su mérito, pero habrá quien la vea con una mueca de condescendencia.