Creer en el talento, crear en el olvido

Yo no creo que Llewyn Davis tenga mala suerte. Ni tampoco que sea un perdedor, ni un ser problemático. No creo que Dave Van Ronk tampoco lo fuera. Por lo que he leído (porque el nombre ni me sonaba) fue un artista influyente y reconocido dentro y fuera de su círculo. Tampoco creo que el folk sea simplemente un arte menor hecho para gente menor como sugiere el inmenso (en todos los sentidos) John Goodman en una de las escenas más vitriólicas de esta venenosa odisea americana. No creo que lo de Ulises vaya más allá de una broma para que todo el mundo escriba sobre lo mismo. No creo que los gatos tengan siete vidas, ni que por las noches todos se vuelvan pardos. ¡Qué tontería! No creo en el refranero español (por mierda y por facha), ni en el cancionero de Greenwich Village (por todo lo contrario), ni en las casas con las escaleras en la fachada. No creo en el triunfo, ni en la fama, ni en el fracaso. Creo en el frío, en los gatos callejeros, en los Coen y en las guitarras acústicas. Creo en no venderse, creo en no gustar, creo en el cine como arte inteligente y revulsivo que vence a los premios de la única forma en que en este mundo de lerdos se puede/debe hacer: perdiéndolos todos.

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Creo en las canciones tristes. En su desaforada melancolía y en su cercana estupidez, en su lírica cotidiana, en su falta de perspectiva. En su frontalidad y en su falta de vergüenza. Y eso, así resumido en una película enorme, es lo que nos encontramos en la última aventura de los hermanos Coen: la tonada lastimosa de un outsider talentoso sin grammys ni un gramo de falsa modestia. Su estribillo que se repite, su puente que nos aleja para acercarnos, su entradilla esperanzadora y sus últimas notas que confirman que sí, que es una canción folk de las que nunca pasa de moda porque en ningún momento lo estuvo. Por eso deja que nosotros movamos la cabeza mientras un gato escapa, otro aparece y el último se levanta ante su derrota. Por eso permite que tamborileemos con nuestros dedos sobre la barra de un bar, mientras nuestros calcetines nos contagian su húmedo sacrificio y a nuestro lado se aposenta el déjà vu de nuestras dudas,  transmutado en gente que se parece a lo que no quisimos ser. Por eso paladeamos la utopía de que la narrativa inteligente pueda ser emotiva a la par que lírica y prosaica, contundente, grácil y sutil. Como una canción que no nos sabemos pero que somos capaces de cantar de memoria. Creo en la colectividad de un concierto en algún lugar donde los parroquianos sean más educados que en Madrid.

Creo en los Coen aunque oculten el marcado carácter político de Van Ronk y su música. Creo que ellos creen que eso va implícito en su aparente derrota. En lo que yo llamo posicionamiento. Porque la mala suerte o el mal carácter a veces solo son eufemismos para no hablar de la determinación del ser humano a no arrodillarse. Ay, la determinación, esa que nos hará libres pero nos dejará solos. Los Coen producen sus películas buscando que la independencia les acerque a la excelencia artística. Llewyn también cree en esa idea y por eso quiere llegar a todos pero sin desprenderse de sus firmes creencias. Por eso se la sudan los royalties de una payasada con éxito, por eso no tiene que ser amable con un amable soldado que le hace dormir en el suelo, por eso sale a la nieve con el corazón ardiendo y sus sueños hecho añicos de momento o para siempre en un inhóspito y árido Chicago mañanero. Como el profesor de Un tipo serio o como el peluquero de El hombre que nunca estuvo allí solo un milagro o un hecho extraordinario ajeno a sí mismo y a toda lógica podrá salvarlo. O tal vez la salvación sea seguir siendo como se es, entendiendo que tu talento no siempre es mercancía, que el mercado dicta con voz de gilipollas o que a veces la obra aparece, crece y se expande cuando el artista está criando malvas o enfermedades mentales.

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Creo que Van Ronk se reivindica/es reivindicado en esta película de los Coen. Creo que es tarde pero creo que es ahora. El no a la genuflexión y sí a la reflexión es la condena en vida dentro de los parámetros del éxito. Ahora tiene un alter ego en una película maravillosa en la que tampoco es que quede muy bien. A él no le gustaría. Es todo circular porque, aunque los griegos antiguos a los que todos citan en sus reseñas creyeran que toda narración es un viaje, los Coen consideran que ese viaje también puede  hacerse en un tíovivo con un maquinista borracho o malintencionado. Por eso la pescadilla que se muerde la cola siempre lo hace con los ojos abiertos. Por eso nosotros seguimos abriéndolos cuando los Coen no necesitan ponerse estupendos. Por eso seguimos dando vueltas a las cosas que nos embelesan. De principio a fin y de fin a principio.