La infancia desnuda

A bote pronto y sin pensarlo mucho: Nana (Valérie Massadian, 2011), Yuki y Nina (Nobuhiro Suwa, Hippolyte Girardot, 2009), Tomboy (Céline Sciamma, 2011), Tenemos que hablar de Kevin (Lynne Ramsay, 2011), la trilogía Huevo, Leche y Miel (Semih Kaplanoglu, 2007, 2008, 2010), El niño de la bicicleta (Jean-Pierre Dardenne, Luc Dardenne, 2011) e incluso el último largometraje de Aki Kaurismäki, Le Havre (2011). En todas ellas los niños están colocados en el centro de sus historias para ser enfrentados a experiencias que los exceden, que los sobrepasan. Se quedan solos y deben a aprender a moverse en situaciones que no conocen para encontrar una experiencia que les permita acceder a otro estadio en su evolución como persona. Por supuesto, el hecho de que todas estas películas hayan aparecido casi a un mismo tiempo, no es una casualidad. Comparten la obsesión consciente de un arte que trata de hacerse eco de una problemática muy concreta que asola la contemporaneidad.

Hace algunos meses mantuve una conversación bastante productiva con un vecino octogenario. En un parque al lado de nuestras casas, hablando de todo y nada al mismo tiempo, en un momento dado comenzó a lamentarse por su mala memoria del presente: no se acordaba de lo que había hecho el día anterior ni lo que debía hacer al siguiente, pero sin embargo podía describir perfectamente casi todo lo que había hecho durante su infancia. Recordaba vivamente y con todo lujo de detalles algunos episodios capitales de su paso por la escuela, o pasajes cruciales de su temprano descubrimiento del mundo del trabajo. Más allá de lo anecdótico de todas las historias que me contó, me sorprendió tremendamente la fuerza con que latía su infancia en su memoria, como una verdadera experiencia referencial que se mostraba como punto de anclaje comparativo para todas las experiencias por las que había atravesado posteriormente. Pero sobre todo, porque intentando repasar mi infancia, y aún estando temporalmente más cerca de ella, me di cuenta que apenas la recordaba y que nunca había tenido una verdadera necesidad de acercarme a ella para repasarla.

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Creo que es buen momento para detenernos y pensar en todas en las películas de adolescentes o adultos a la deriva que también pueblan nuestra contemporaneidad. Sin duda, en la mayoría de los casos, nos toparemos con una errancia que tiende hacia la infancia, hacia lo que queda de ella, hacia los recuerdos, hacia ese tiempo en el que se supone se forja la identidad de la persona, sus valores y la manera de ver y moverse por el mundo. Observándolas, nos daremos cuenta que la infancia ya no vale nada, no tiene la condición de campo para la experiencia. Quizás, las películas que Gus Van Sant firmó entre el año 2002 y el 2007, (Gerry, Elephant, Last Days y Paranoid Park) sean el ejemplo radical donde se expone esta problemática. Sus personajes protagonistas son jóvenes (puramente adolescentes o en los que late la adolescencia de manera muy potente) que intentan acudir a su infancia para afrontar un problema que les excede, y que en su búsqueda solo encuentran un vacío sobre el que orbitan describiendo círculos concéntricos sin hallar absolutamente nada.

¿Qué tiene que ver todo esto con ¿Qué hacemos con Maisie? Vayamos por partes: Maisie es una niña que vive la crudeza del divorcio de sus padres. Su madre (Julianne Moore) es una afamada cantante siempre en ruta, de ciudad en ciudad, muy lejos del New York donde ha intentando montar su hogar. Su padre (Steve Coogan,) tampoco pasa mucho tiempo con ella ya que trabaja como marchante de arte a nivel mundial. Ambos han decidido no sacrificar sus carreras para pasar más tiempo con su hija y conseguir tejer los vínculos que conforman un hogar. Pero, aún así, no cesan de repetir lo que la quieren y que les gustaría pasar más tiempo con ella. Seguramente de esta impotencia nacieron las diferencias que les han conducido a no soportarse nunca más. Y, quizás, como muchas parejas cuando empiezan los problemas, decidieron tener un hijo para revitalizar una relación a la deriva. La situación planteada de esta manera no dista mucho de la observación de la problemática de pareja que ya aparecía en anteriores largometrajes de Scott McGehee y David Siegel, como su anterior trabajo Uncertainty (2008). Pero enseguida nos separamos de lo que podría ser “el tópico” de las películas de pareja ya que su cámara se esfuerza en concentrarse en la manera en que los padres regresan a Maisie después de su ausencia, tratando de encontrar una respuesta a su aparente desorientación en el mundo. Pero Maisie, aunque siempre esté ahí físicamente, no está para ofrecer respuestas porque al mismo tiempo está intentando construir su experiencia como los protagonistas de las películas citadas al comienzo de este texto. A diferencia de esos niños, tiene el apoyo de unos nuevos “padres adoptivos”: otras parejas que se buscaron sus padres y que han terminado tan abandonados como Maisie. De esta manera queda planteada una situación interesante, donde los restos de una relación forman una nueva en la que ya no vale ningún tipo de vínculo de sangre. La filiación ya no sirve de nada: esta circunstancia se podría equiparar a lo que ocurre cuando cualquiera de nosotros se sitúa ante una imagen contemporánea. Aunque conozcamos perfectamente la historia del cine, aunque nuestra cinefilia sea irreprochable, no hay manera de abarcarla, de cerrar un discurso sobre ella.

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La pregunta ¿Qué hacemos con Maisie? podría sustituirse perfectamente por ¿Qué hacemos con nuestra experiencia? La respuesta no sería una cuestión de edades, sino de mundos sensibles. Los niños entienden el contexto en que se mueven o la relación que mantienen con otra persona cuando son capaces de construir un mundo sensible que los vincule. De los adultos se podría decir lo mismo, aunque este mundo no tiene tanta importancia porque son capaces de generarlo con más rapidez gracias a las herramientas que les otorga una personalidad ya formada. Los problemas contemporáneos con la experiencia tendrían que ver con el hecho de que no se pueda llegar construir un mundo sensible porque todo lo que nos rodea, todos los dispositivos, todo los espacios, todas las imágenes, funcionan como mundos sensibles autónomos que han venido a sustituir a los que debía construir cada individuo. Lo sensible funciona entonces como una maquina que conecta pero que al mismo tiempo corta todo flujo de intercambio de experiencias. El tiempo que viene, el tiempo en que Maisie dejará de ser una niña conviviendo al lado de los padres que no pueden ser llamados como tal, será aquel en que esa imposibilidad se convierta en una nueva experiencia.