Bajo la línea del horizonte

Nos dice Google Maps que hay 852 millas de Billings, Montana, a Lincoln, Nebraska, y que se pueden cubrir en 12 horas y 35 minutos, por la ruta sugerida a través de Casper y North Platte, siguiendo una dirección Sur-sureste. Una aparente línea infinita, la carretera que de Billings a Lincoln lleva a Woody Grant y a su hijo David tiene en realidad unos límites temporales marcados. Aun desplazándose hacia la línea del horizonte, la trayectoria seguida por padre e hijo no es tanto una ruta física como metafísica. Woody y David van de un incierto presente a un futuro, posiblemente descorazonador. En un punto intermedio de la ruta, Hawthorne representa el pasado con el que ambos deberán ajustar cuentas.

Nebraska es otra road movie. Tan fiel a la estructura clásica de los dos personajes enfrentados que deberán resolver sus conflictos (internos y mutuos) durante un desplazamiento geográfico como lo son cintas tan dispares como Sucedió una noche (It Happened One Night, F. Capra, 1934), Easy Rider, buscando mi destino (Easy Rider, D. Hopper, 1969) o Entre Copas (Sideways, A. Payne, 2004). Y sin embargo, tan contemporánea y tan fresca que no nos trae en absoluto sensación de déjà vu. A diferencia de la anterior cinta de Payne, Los descendientes (The Descendants,  A. Payne, 2011) que transcurría en una isla y con uno de los personajes inmovilizado en fase terminal pero tan presente como la primera señora de Winter (Rebeca, A Hitchcock, 1940), el enfrentamiento es aquí constante y tan físico como emocional,  con una ruta por carretera como pretexto, como lo fuera en Entre copas. Woody Grant trata de conseguir, en su “inocencia senil”, un supuesto premio de un millón de dólares que le ofrece una editorial. Y, consciente que nadie le acompañará en una travesía por dos estados americanos, decide fugarse a pie en diversas ocasiones. Atrapado una y otra vez, perseverante en su objetivo, será su hijo David quien finalmente opta por llevarle a Lincoln dónde podrá ver por sus propios ojos que, lejos de ser un ganador, es víctima de una tramposa estrategia comercial. Nebraska no es sin embargo una cinta de losers. Su amargura queda barnizada por un agradable toque de comedia, marca de la casa (en secuencias como la búsqueda de la dentadura postiza o los enfrentamientos con sus sobrinos delincuentes). Es una cinta sobre la asunción de responsabilidad, algo que ya estaba en el centro de los anteriores largos del director. En Entre copas Miles pretendía su superioridad moral sobre su  irresponsable amigo Jack pero en realidad escondía sus temores bajo un aura de escritor maldito, evitándose toda decisión que cambiase su vida. En Los descendientes Matt King se había inhibido de toda responsabilidad familiar, evitándose problemas paterno filiales o de pareja escondiéndose en su profesión. En Nebraska la inesperada decisión de David le pondrá a él y a su padre en la obligación de enfrentarse entre sí y con sus pasados. La estancia en Hawthorne, pueblo natal de Woody, forzará al anciano a enfrentarse consigo mismo,  al ver cómo, lejos de felicitarle y admirarle, parte de su familia y viejos amigos tratan de aprovecharse de él, engañarle, amenazarle, chantajearle y, directamente, robarle. El fantasmagórico reencuentro con unos hermanos que tienen mucho de espectrales (el plano de la familia silenciosa frente al televisor es harto elocuente sobre la relación entre unos y otros y sobre el modo de vida de los jubilados), unos grotescos sobrinos delincuentes y un amigo bravucón (un Stacy Keach tan chulo como en sus épocas de Mike Hammer) pondrán fin a la inocencia en la que esconde sus pecados y sus maltratos. Si ahora es víctima de abusos, puede que el fuera en una u otra manera el abusador de dos hijos que hasta ahora le han ignorado, de algunas mujeres indefensas o, tal vez, lo fuera de algún amigo como ahora sus viejos amigos lo son para él. David, por otro lado, verá que tras la capa de alcohol y egoísmo, Woody esconde una persona que buscó un lugar mejor para formar una familia (tal vez con una mujer que fue tan “zorra” como todas aquellas de las que se burla en su vejez).

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Como Miles, obligado a rehacer la vida pese a que no se publique su libro, como Matt, que deberá hacer lo mismo y ejercer de padre, Woody comprenderá que seguía un sueño fútil  y que la única (aunque gran) recompensa posible es el reconocimiento de su familia y su aceptación de la misma, por encima del alcohol y la vejez. David, por su parte, deberá superar sus traumas infantiles y reconocer  los esfuerzos que en algún momento hiciera el viejo chocho que ahora tiene a su lado.  Algunos directores, como Allen, Scorsese o P.T. Anderson son bastante neutros con sus criaturas, mostrando vicios y virtudes, para que decidamos como espectadores qué es lo mejor o lo peor de ellos. Otros, como Wes Anderson, con su muy peculiar puesta en escena,  nos presentan un catálogo de personajes en uno u otro modo atractivos en situaciones imposibles o bien personajes imposibles en situaciones atractivas. Alexander Payne, como los hermanos Coen, aman a sus personajes y transmiten un respeto. Tanto por los más íntegros (no hay demasiados, es cierto) como por los más estúpidos. Payne consigue grandes interpretaciones de todos los actores (aquí un inmenso Bruce Dern es acompañado de un coro que no desmerece en momento alguno) y observa con atención cada personaje, les busca en momentos de intimidad, muestra sus errores y sus faltas. Pero les da la oportunidad de justificarse ante nosotros. Y de superarse a sí mismos, como hacía  con Carol,  la turista americana,  en la magistral secuencia final del episodio que cerraba Paris, je t’aime (VV.AA., 2006). En Hawthorne Woody se enfrenta a un espejo, el de sus decrépitos, avariciosos y esperpénticos viejos colegas. A sus vicios y a los amores que no puede (o no quiere recordar). David se enfrenta a un padre a quien creía no amar y a una madre desvergonzada y tan egoísta como su esposo. Las declaraciones en el bar de Ed sobre su madre son tan bruscas y tan decisivas para su cambio de actitud como la visión que tiene de ambos progenitores cuando les ve en la cama al despertar, en el suelo, a su lado en una breve secuencia. Woody reconocerá sus errores, aunque sea forzando a David hasta el final. David, por su parte, reconocerá las necesidades de su padre y viéndole derrotado le ofrece una salida espectacular para mantener la dignidad. Payne les ama a ambos y, como ama el cine, nos obsequia con una espléndida, gloriosa, secuencia final. 

David y Woody seguirán conduciendo, north by northwest, hacia sus destinos, por una carretera que sigue, siempre, hacia el horizonte de Nebraska.