Ese oscuro objeto de deseo

Con diecisiete años no puedes ser formal,
cuando los tilos verdes coronan la alameda.

Aventura (Arthur Rimbaud)

Verano

Isabelle, una bella adolescente, toma el sol en la playa. Está disfrutando del sol sin saber que está siendo observada, deseada, invadida su intimidad a través de unos enfocados prismáticos, que trasmiten la mirada del otro, de nosotros, de François Ozon. Con esta escena tan rohmeriana comienza la película, pero no es casual: expresa ya las intenciones formales y morales del prolífico Ozon.

Otoño

Isabelle es prostituta. O más bien trabaja como prostituta. No sabemos el porqué, ya que el dinero no es la génesis. ¿Rebeldía? ¿Provocación? ¿Aturdimiento adolescente? ¿Perversión? ¿Víctima incitada o activa incitadora? La partidista historia de la humanidad coloca a la prostitución como la primera profesión, pero lo cierto es que sin el otro, sin ese deseo del otro, no existiría tal trabajo. En una escena de la partisana y lúcida Novecento (Bernardo Bertoucci, 1976), Olmo Dalcó argumenta el verdadero estímulo de una prostituta al cínico Alfredo Berlinghieri con un contundente y desafiante: “es tu dinero el que le hace puta”. Pero el realizador galo, un director obsesionado por mostrar la desorientación de sus personajes ante diferentes situaciones, extremas o corrientes (adolescencia, drogas, sexo, la inminente muerte en El tiempo que nos queda), no mezcla los términos prostitución (ejercicio de una profesión en plena libertad y juicio) con la desesperación económica que la mayoría de las veces la origina, o aún peor, con las redes de tráfico de personas, la esclavitud sexual.

Invierno

La madre de Isabelle descubre la ocupación de su hija.

Esta cinta, en manos de otro director podría caer en el melodrama fácil y televisivo, pero a través del ojo de Ozon se convierte en una inteligente propuesta sobre los límites de la libertad en la adolescencia y todo lo que su turbación implícita provoca de búsqueda y su consiguientes pérdida y/o hallazgo.

Primavera

Desenlace.

«Puta de un día, puta para siempre» reza un cliente.

Ozon, un director sibilino tanto en su cine como en las entrevistas, escabulle dar su opinión al respecto sobre la prostitución, dejando que su obra, enigmática y seductora, dialogue con el espectador. Pero aquí la prostitución está desviada por el tratamiento a fondo del problema que ocupa y preocupa a Ozon: la adolescencia y su atracción adyacente hacia lo prohibido, lo tabú. Ozon compone, así, un cine del misterio, pero no del misterio revelado, sino del misterio oculto, de lo no-mostrado. Como el enigma que esconde Isabelle a pesar de ser mostrada de continuo por unos primerísimos planos, que no exteriorizan en absoluto sus convulsos pensamientos, o como también en un momento determinado del filme en el que observamos la disparidad entre realidad y deseo al ver cómo Isabelle se auto-observa, evadiéndose de su cuerpo, del momento, siendo espectadora de su propia vida…

Joven y bonita

Conforme al ritmo de las Cuatro Estaciones, y en un claro homenaje a los Cuentos de Rohmer, Ozon juega con el espectador a través de la mirada subrepticia del otro, sin censura, sin emitir un veredicto (de hecho su primer largometraje es una comedia desprejuiciada sobre los convencionalismos más absurdos y parciales ante la homosexualidad). Con unos leves pero suspicaces toques de humor, sus temas principales son la incertidumbre, el miedo, el misterio en todos y cada uno de sus filmes, siempre con una mezcla perfecta entre comedia, thriller y drama y resultando, en unos casos una comedia irreverente (Sitcom), un folletín decimonónico (en un fallido pero interesante Angel), el retrato inverso de la inestabilidad amorosa (5×2), o en otros casos, dramas sobre la desorientación ante la muerte (El tiempo que nos queda) o las drogas (Mi refugio). De hecho, no hay mucha distancia entre la desvalida Isabelle y la joven ex drogadicta de Mi Refugio, Mousse.

Ozon bebe de muchas referencias (literatura, teatro, música), analizadas en conjunto en la justamente premiada reflexión mayorgiana sobre los límites entre realidad y ficción, En la casa. Philippe Rombi (habitual en el cine de Ozon) firma la turbadora bso que envuelve la trama y el drama, mientras las irónicas canciones de Françoise Hardy evidencian la alarmante distancia entre sus letras, apologéticas del amor adolescente, y lo que ella está viviendo, en una miscelánea bso-imagen antagónica que irradia complejidad y subversión fílmica. Pese a la recurrente analogía cinéfila con Belle de jour (Luis Buñuel, 1967), poco tiene que ver Séverine con Isabelle (tan solo la displicencia de las dos), y mucho menos aún con la determinación y desventura económica de Nana (Anna Karina) de Vivre sa vie (Jean-Luc Godard, 1962). En cambio sí mantiene una cierta equivalencia con la jovencísima Carol Bouquet en ese oscuro objeto de deseo buñueliano, y también con la joven Iris (Jodie Foster) de Taxi Driver (1976). Con un aire a Pilar López de Ayala, Isabelle posee la fragilidad y elegancia de Holly en Desayuno con diamantes (Blake Edwards, 1961) y el aire esquivo de Julie (en The Swimming Pool), el porqué de la desconcentración de Sarah —Charlotte Rampling, la musa de Ozon—.

El hecho de ser como reza el título, joven y bonita (la encarna la modelo Marine Vacth), y de ser tentada como se tienta a la drogadicción o al alcohol (por poseer una frágil y a la vez trasgresora personalidad), convierten a esta adolescente en el blanco perfecto, en una víctima inconsciente de las peligrosas consecuencias de jugar a ser adultos. Por eso aquí la adolescencia es melancólica, como reflejan los tristes ojos de la protagonista. Joven y bonita es, así, un drama adulto y complejo sobre la adolescencia y sus cuitas, más que una película sobre las juergas y desinhibiciones típicas de las american pie. Pero la pregunta psicoanalítica por excelencia queda sin resolver, tan sólo bosquejada la falta de amor paterno por un torpe psicoanalista. Ozon no despeja sus incógnitas porque, parafraseando a su admirado Buñuel, “la belleza del arte es el misterio”. Su pretensión no es otra que desmitificar el ideal de adolescencia como la mejor época de la vida, la época de iniciación sexual y vital como entes autónomos, cuando, como decía Rimbaud con diecisiete años no puedes ser formal.