Nuestra historia

I. Baumbach

Como es habitual confío en que este artículo resulte interesante para más de uno. Sin embargo, en esta ocasión, me siento especialmente feliz sólo por el hecho de haberlo querido escribir. Tan sólo hace un mes tuve la oportunidad de comentar El Gran Hotel Budapest (The Grand Budapest Hotel, W. Anderson, 2013) y con motivo de ello revisé, con gran satisfacción,  la filmografía de su autor. Y por  si las familias distópicas, las vidas acuáticas, los expresos indios o las Arcadias llenas de personajes en fuga de sí mismos no fueran bastante para colmarme de felicidad, la revisión de la obra de Baumbach me ha aportado nuevas dosis de humor, de buen humor por supuesto.

Noah Baumbach no es conocido por estas lares como lo es Wes Anderson (algo que nos llevaría de nuevo a reflexionar sobre los misterios de la distribución y exhibición en España). Es no obstante, compañero, amigo y colaborador de Anderson. Compañero de estudios y proyectos, es unos de los llamados Pizza Knights (el grupo de cinéfilos que se reunía periódicamente para engullir cine y pizzas en el que se contaban también David Fincher, Alexander Payne, Steven Soderbergh, Ben Stiller, Roman Coppola, Jason Schwarzmann o James Gray, entre otros) y es guionista de Life Aquatic (The Life Aquatic of Steve Zissou, W. Anderson,2004) y Fantástico Sr. Fox (Fantastic Mr. Fox, W. Anderson, 2009). Como el cine de Anderson, el suyo contiene un conjunto de obras  llenas de personajes desorientados, que se auto engañan y se resisten a reconocer sus insuficiencias. Desde la primeriza Kicking and Screaming (1995) en la que un grupo de licenciados sueña con trabajos, posiciones laborales ideales y ligues apasionantes (que, evidentemente, no tendrán lugar) hasta Frances Ha, los personajes de Baumbach muestran tanta resistencia a reconocer sus errores como a dejarse vencer por los infortunios. Baumbach los contempla con un aprecio burlón pero con mucho respeto. Aunque los gag tienen lugar en su obra, no son tan frecuentes como en la de Anderson y el humor aparece, una y otra vez, mediante la puesta en escena de las contradicciones individuales de los personajes. La diferencia básica con Anderson radica en la naturalidad de la puesta en escena, lejos de la barroca planificación del autor de El Gran Hotel Budapest. Así pues, su obra se enmarca en una comedia urbana en la que se mueven personajes ordinarios enfrentados a frustraciones ordinarias.

Highball (1997) es un divertimento rodada en  seis días en un apartamento con un grupo de amigos sin medios profesionales; retoma la estructura de ciclo anual que ya aparecía en Kicking and Screaming y presenta un conjunto de situaciones y diálogos absurdos que tienen lugar, verosímilmente, en una serie de fiestas caseras. Pese a lo absurdo de algún diálogo, las situaciones son creíbles en el contexto de borrachera. Una historia de Brooklyn (The Squid and the Whale, 2005) es una excelente crónica de una separación, lúcida y autobiográfica (referida a sus padres)  que sin rehusar toques de humor se acerca más al drama, estando escrita y realizada con elegancia y evitando los puntos melodramáticos o histéricos en los que podría caer. Margot en la boda (Margot at the Wedding, 2007), sigue esta línea aunque combina admirablemente toques de humor con el retrato de una mujer egoísta, insegura, que hiere a quienes tiene más cerca. Y si el Jesse Eisenberg de Una historia de Brooklyn se parecía a a Ben Stiller  éste es el coprotagonista de Greenberg, cinta basada en una historia propia y de su mujer en aquel entonces, Jennifer Jason-Leigh (coprotagonista de esta y de Margot y la boda)  junto con Greta Gerwig, que pasará a ser su pareja, la coescritora de Frances Ha y el alma de esta nueva obra.

II. Frances

Frances Ha es la culminación de un estilo, aun alejándose de la relativa severidad de El calamar y la ballena o Margot y la boda. Sin renunciar a los ecos rohmerianos presentes en su filmografía previa, Baumbach nos remite, como se ha dicho hasta la saciedad, a Cassavetes, a la nouvelle vague de Bande a part (J-L. Godard, 1964) o a Manhatan (íd., W. Allen, 1979). Pero también, por obra y gracia de Greta Gerwig, a las heroínas de screwball comedy de Hawks, Sturges o a las más sofisticadas protagonistas de las comedias de Lubitsch o Cukor.  Comedia sutil que no renuncia al gag y a secuencias hilarantes (los diferentes accidentes sufridos por Frances en segundo plano o en off), Baumbach efectúa, de nuevo, la crónica de una maduración forzada. La carrera de Frances es recogida en imágenes con ironía pero, una vez más, también con respeto, incluso, con mucho cariño. Frances, en sus correrías, en sus dudas, en sus caprichos, es mirada por Baumbach con ternura. Tal vez el mérito de esta obra radica en que, por primera vez, Baumbach rompe el distanciamiento que mantenía con sus personajes y ama a su protagonista, consiguiendo que la amemos con él. Frances Ha es la historia de Frances, de Frances y su amiga del alma, Sophie, y, también, la historia de nosotros (cómo Frances plantea a Sophie), de todos nosotros. La proximidad que Gerwig y Baumbach consiguen nos hace partícipes de sus cuitas

Frances Ha tiene, también, algo de lo que la filmografía anterior de Baumbach carecía. Mientras los diletantes protagonistas de sus primeras películas permanecían inmóviles en el tiempo, a nivel personal y profesional, mientras Margot se bloquea al regresar a su pasado, Frances se mueve constantemente, aunque sea de modo forzado. Aunque comparte con ellos los sueños de grandeza, de triunfo laboral y conquistas personales, los protagonistas de Kicking and Screaming  o Highball no se movían de lugar. Frances, no obstante, es empujada por una menguante cuenta corriente a una serie de domicilios que puntúan, en clave de capítulos, su historia. Baumbach sigue su personaje, su colisión con la realidad, en su evolución vital y lo relaciona con el movimiento físico y geográfico que efectúa. Con el absurdo viaje de ida y vuelta a París, un desencuentro que recuerda al viaje hacia un lago oculto por la tempestad de nieve que hacían los protagonistas de Extraños en el paraíso (Stranger than Paradise, J. Jarmusch, 1984) o con el frenético baile que se marca a ritmo de Modern Love de Bowie y a mayor gloria de Dennis Lavant (Mala sangre, Mauvais sang, L. Carax, 1086). Y aunque Gerwig nos arrebata el corazón con su fragilidad, su tozudez y su sonrisa, mérito de Baumbach es conseguir una fluidez interna que encadena secuencias que van del triunfo al rechazo, del drama a la comedia, contraponiendo con sutileza y efectividad personajes y situaciones.

Al final, como al protagonista de Manhattan, a Frances no le quedará más remedio que aceptar que todo se mueve y que nuestra evolución depende, en buena parte, de aceptar este hecho y de cómo nos posicionamos respecto a las evoluciones de los demás.  Si los personajes de las primeras obras parecían chocar con su destino, sin posibilidad de cambio o desarrollo algunos, Frances acaba adaptándose a la situación con un gesto visual que cierra la película y refleja su opción pragmática. Tal vez hay quien la considere conformista pero es una opción tan irónica como inteligente y realista. Frances reconoce sus limitaciones y se adapta, pero también se afirma y madura. Como el mismo cine de Noah Baumbach.