La levedad y el terror

big_bad_wolves-cartel1Los que estamos más o menos especializados en los devenires del cine israelí sabemos que hay una serie de lugares comunes por los que se obliga siempre a transitar a sus textos. La lectura desde el exterior nos hace perseguir en “lo israelí” siempre la presencia de un trauma que se escribe a través de los mecanismos de la violencia, una suerte de inconsciente brutal que solemos vincular con dos traumas más o menos inmediatos: el Holocausto y los enfrentamientos militares con el pueblo palestino.

En cierto sentido, estos vectores de lectura vienen dados no sólo por el desconocimiento general de la riqueza y la complejidad de la experiencia israelí, sino también por la solución maniquea que ciertas películas  —pienso concretamente en Five Broken Cameras (Emad Burnat y Guy Davidi, 2011) o Inch’Allah (Anaïs Barbeau-Lavalette, 2012)— acaban ofreciendo de un conflicto cuya lectura ideológica viene ya dada de antemano. En esta dirección se entiende que el cine israelí siempre sea objeto de extrañísimas lecturas en términos de malestar y odio sin tener en cuenta la ternura, el humor, el melodrama o la libertad que se deslizan por cintas como Fill the void (Lemale et ha’halal, Rama Burshtein, 2012), La banda nos visita (Bikur Ha-Tizmoret, 2007) o Mal gesto (Foul Gesture, Tzahi Grad, 2006).

2El estreno de Big Bad Wolves (Aharon Keshales y Navot Papushado, 2013) en nuestro país es una suerte de pequeño acontecimiento que nos permite reencontrarnos con la que quizá sea una de las mejores cintas de terror rodada más allá de los circuitos comerciales, más allá de los tres ejes que se trenzan entre las reescrituras de Hollywood, el euro horror y sus hijos díscolos, y las olas de terror asiáticas. Está situada con total precisión a medio camino entre las convenciones de género y los elementos propios de una idiosincrasia fílmica israelí que, precisamente por desconocida, puede resultar estimulante para el público patrio. Su fuerza proviene de ese diálogo entre elementos que ya conocemos (el whodunit, las exquisitas pinceladas de un gore comedido y excitante, un cierto aire a buddy movie que tirita con cada giro de guion) frente a una sentido del humor negrísimo que hunde sus raíces en el psicoanálisis y la parábola judía, una crítica bufa e inmisericorde de los estamentos de poder, y rizando el rizo, una levedad que, precisamente, rodea como una suerte de caramelo líquido el núcleo envenenado de la tragedia.

Y es que Big Bad Wolves genera un hermoso extrañamiento entre el terrible problema moral que parece plantear (el uso de la violencia como método de acceso a la verdad, pero a su vez, la crisis de los mecanismos que garantizan la posibilidad de la convivencia misma en las sociedades postmodernas) y la levedad emponzoñada con la que salta de una escena a otra. Con ecos de un Jean-Paul Sartre desquiciado, Keshales y Papushado van tejiendo una tela de araña en la que disponen con singular precisión un retrato de la sociedad israelí en la que caben policías corruptos, antiguos cargos militares encumbrados a la categoría de mitos humanos, paisajes que contraponen el Tel Aviv del siglo XXI con los territorios que lindan con el más allá del espacio israelí, la perversión, el fracaso, el despropósito y la extenuación.

3Algún crítico poco informado ha ido pregonando en los medios internacionales que Keshales y Papushado habían inaugurado la escuela de cine de terror israelí. La tentación de leer Big bad Wolves en clave de buque insignia de una hipotética “nueva ola del terror israelí” —como antes había supuesto el auge y caída del Cine extremo francés o el K-Horror coreano—es lo suficientemente inconsistente como para abrazarla sin más.

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Bien es cierto que, en general, el cine israelí no se ha prodigado mucho en el género. Quizá deberíamos recordar la existencia de ese brutalísimo psycho-killer esbozado en Adam (Yona Day, 1974), que con un ojo puesto en los primeros trabajos de Argento y el otro en los experimentos visuales de la ya en crisis modernidad cinematográfica israelí, propuso una pieza seminal del género. Los propios Keshales y Papushado venían de rodar Rabies (Kalevet, 2010), una vuelta de tuerca sobre el slasher setentero con aroma también al Huis Clos sartreano pero en el que todavía faltaban humor, riesgo y contención. Si Kalevet fue un esbozo valiente pero poco inspirado, Big Bad Wolves es capaz de zafarse con una fuerza inesperada de las referencias y las miradas anteriores para poder escribir sin temblor algunas de las mejores secuencias a nivel de puesta en escena del terror contemporáneo. Allí donde Rabies ofrecía a la mirada la esencia de la evisceración, la explosión del cuerpo mutilado o el gesto de una cierta perversión sensual —por no hablar de una psicología de sus personajes principales poco menos que delimitada entre el tópico y la jácara obscena adolescente—, de pronto Big Bad Wolves se ha deslizado hacia un territorio en el que conviven los elementos del cuento de hadas (elementos subterráneos que remiten al pasado inconsciente del terror del Este, el dominio de los teatros de las sombras que los judíos conjuraban con impresionante pasión antes de ser exterminados por la vieja Europa) con reflexiones al hilo mismo de la imagen.

El punto fuerte de la cinta, quizá por encima de esos impagables y descabellados ataques de socarronería absurda, sea la capacidad para disponer los acontecimientos en el encuadre y gestionar las posibilidades de la mirada en el dulcísimo filo que separa el morbo de la frustración de lo obvio. El desenlace de la cinta, por ejemplo, se resuelve únicamente mediante un sencillísimo pero potente movimiento de cámara que nos permite contemplar a la vez una suerte de metáfora del funcionamiento de la perversión, de las dimensiones épicas del fracaso y de la inexorabilidad del mismo. A partir de un cierto momento del metraje, es la cámara la que cierra las posibilidades del decir de Big Bad Wolves y agota la esperanza del espectador. Sabiendo que nos encontramos desplomados dentro del cuento, sin embargo, un travelling, un corte sobre el eje de miradas o un brevísimo flashback de tremenda potencia visual quiebran los significados y nos llevan a un lugar oscuro, extraño, casi mohoso.

Entiendo la frustración que algunos espectadores han dicho sentir al final de la proyección. La cinta es inmisericorde y mientras nos invita a la carcajada, está sembrando una tristeza tremenda en nuestra alma. Ese es el sentido del humor judío que tan mal hemos comprendido siempre por estos lares, y que se nos seguirá escapando tan distantes, como estamos, a las posibilidades de su decir.