El dulce adiós

Las personas que padecen una enfermedad terminal y sufren mucho dolor deberían tener el derecho de acabar con sus vidas, y aquéllos que les ayuden no deberían ser perseguidos por la justicia
— Stephen Hawking

miel-cartelMiele —nada que ver con la turca Miel (Bal, Semih Kaplanoglu, 2010)— en realidad es Eirene (del griego “aquella que trae la paz”), una chica silenciosa y solitaria que se evade del mundo escuchando música —una seleccionada y exteriorizada bso compuesta por temas de The Shins, Talking Heads, Thorn Yorke, Shearwater o Christian Rainer a través de su Ipod, como los jóvenes Lorenzo y Adèle en Tú y yo (Io e te, Bernardo Bertolucci, 2012) y La vida de Adèle (La vie d’Adèle, Abdellatif Kechiche, 2013), respectivamente. Así consigue aislarse de una sociedad que relega al que vive tras los límites de las leyes a una doble vida, porque la difusión de su trabajo tendría como consecuencia el rechazo de una sociedad no preparada para admitir en público lo que en privado constatan o reclaman —véanse aquí proveedores de sustancias ilegales como Ron Woodroof en Dallas Buyers Club (Jean-Marc Vallée, 2013), prostitutas, enfermeras que practican abortos, como en Un asunto de mujeres (Claude Chabrol, 1988) y toda clase de profesionales outsiders—. Esta Amélie cuida de los demás, pero en este caso hay un intercambio económico, una mercantilización, no solo altruismo. Porque aquí no se trata, como las viejecitas de la comedia alocada Arsénico por compasión (Arsenic and Old Lace, Frank Capra,1944), de asesinar a pobres gentes que a juicio subjetivo sufran un dolor extremo y que, tras cruzar el inadmisible (aunque en este caso jocoso) término de decidir por ellos, se les alivie su sufrimiento. La cinta se enfoca en ella, en Irene, en Miele, a medio camino entre camella, enfermera freelance y asesina a sueldo, que se dedica a suministrar barbitúrico letal de ámbito veterinario a pacientes terminales (algunos no tanto, todo sea dicho) para ayudarles a acabar con el dolor y el tormento de su existencia. Es fácil entrever los motivos y las vulnerables circunstancias en las que Miel conoció a su jefe, el que le involucró en este negocio, a esta verdugo humanitaria que hace el trabajo que debería hacer la Seguridad Social y que, como todo lo que no se legaliza, está corrompido por el mercado negro y relegado a muy pocos clientes-pacientes, los que tienen la capacidad económica de acceder a estos servicios. Su vida no es mucho mejor que la de los pacientes a los que trata, rutinaria existencia que tiene como leitmotiv fundamental aliviar el dolor de los demás, intentando redimirse de la trágica muerte de su madre con esta vocación laboral, irremediablemente temporal, de transición. Esta particular Nikita tiene personalidad e ideología (si está equivocada o no es del todo subjetivo) y, como ella misma proclama (”yo creo en lo que hago”), no es una mera ejecutora. Así, esta Yojimbo, selecciona ella misma su clientela (cliente y victima son aquí un uno indivisible): tienen que padecer una enfermedad y un sufrimiento incuestionable, que hagan aflorar su piedad.

La eutanasia (del griego, buen morir) está legalizada en Holanda, Bélgica y Luxemburgo. El suicidio asistido en Suiza y en el Estado de Oregón. En el resto de países, incluido España, la eutanasia es una quimera. En Italia, un país devastado por la corrupción y la crisis económica como España, cuna por otra arte de grandes figuras de la cinematografía como Rossellini, Argento, Bertolucci, Storaro, Visconti o el más reciente Sorrentino, y origen de una de las religiones más intransigentes, sigue prohibida. En relación con la eutanasia encontramos películas como Bella Durmiente (de su compatriota Marco Bellocchio), que guarda un parecido temático con Miele, aunque resultando a grandes rasgos muy inferior, porque Bellocchio, a pesar de su sugestivo meta-discurso de trasfondo, falla al entremezclar sin pasión ni cohesión sus historias en relación con la eutanasia. Por otro lado, la sobresaliente y multipremiada Million Dollar Baby (Clint Eastwood, 2004) realiza un claro posicionamiento a favor de la eutanasia. Golino, tras el debate que postula en pro o en contra del suicidio asistido de Grimaldi —un cínico ingeniero con el que Miel mantendrá una relación especial, debida a las circunstancias de necesidad mutua— se desmarca del resto con una evidente evasión intencionada. Y, aunque no se puede considerar a esta realizadora italiana como integrante del cine feminista sui generis, sin embargo el toque femenino se nota, y une a artistas como Isabel Coixet, Sarah Polley con Lejos de ella (Away from Her, Sarah Polley, 2006)Kelly Reichardt —con Wendy y Lucy (Wendy and Lucy, 2006)— o Isabel Coixet —con Mi vida sin mí (My Life without Me, 2003),  donde también analiza el tema de la enfermedad terminal, pero aquí se trata de una vitalista madre que quiere luchar hasta el último suspiro por vivir.

Valeria Golino, a pesar de participar en proyectos tan interesantes como Extraño vínculo de sangre (The Indian Runner, Sean Penn, 1991), o Caos Calmo (Antonello Grimaldi , 2008), es conocida por películas irrelevantes como Hot Shots! (Jim Abrahams, 1991) o Frida (Julie Taymor, 2002). Decidió filmar para su opera prima una película que encara un tema tan polémico y a la vez tan atrayente como el suicidio asistido, y todo ello con un particular sello, un estilo minimalista y buen gusto fílmico. Este tema tabú podía haberse tratado de forma maniquea pero la directora toma una postura madura hacia el tema, frente al llamado cine de tesis, y opta por un inicio desconcertante y cuasi documental del día a día de Miel, y por el shock de un final impactante. Basada en el libro A nome tuo (2011), del escritor italiano Mauro Covacich (escrita bajo el pseudónimo de Angela del Fabbro), la historia se presenta con autenticidad y credibilidad. Presente en el XII Festival de Cine y Derechos Humanos de Donosti, en Una cierta mirada del Cannes 2013 y en el VI Festival de Cine Italiano de Madrid, y premio Lux del Parlamento Europeo, hay que destacar la mención especial del Premio del Jurado Ecuménico, por lo que la cinta transmite varias interpretaciones, tantas como espectadores y, desde luego, merece el premio a la concordia, pues es capaz de hacer dudar tanto a defensores a ultranza de la eutanasia como a sus más testarudos detractores, manteniendo una postura inteligente y nada extremista, como requiere la complejidad de la cuestión. Porque esta cinta habla sobre los prejuicios, pero sobre todos los prejuicios, hasta de los prejuicios de los que creemos no tener prejuicios.

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Stephen Hawking, eminente científico, alega a favor de la legalización de la eutanasia porque “no dejamos que los animales sufran. Entonces, ¿por qué hacerlo con los seres humanos?”, se pregunta Hawking, de 71 años, mientras los animales no son respetados en vida, sí lo son a la ahora de tener una muerte digna (en realidad la eutanasia en los perros está permitida porque esconde una indiferencia ante su muerte y, por lo tanto, ante su vida), en cambio, para la Asociación Médica Mundial (AMM),”la eutanasia es contraria a la ética”. Como vemos, no hay  universalidad porque, por un lado están los fundamentalistas, ultra-religiosos, a favor de la vida (o así mismo se proclaman) que obligan al enfermo a soportar ingentes descargas de dolor en pos de la vida y de la voluntad divina que ellos han pautado (luego hipócrita y paradójicamente patrocinadores acérrimos de la pena de muerte) y, por otro, los que consideramos que en ciertas circunstancias no es de recibo la vida, como en estadios cuasi vegetativos (dícese enfermedades que implican inmovilidad o dolor extremo, patológico y terminal, en los que se hace inaguantable el sufrimiento, y más cuando es irreversible). Y tanto el suicidio (asistido o no) como la eutanasia, son soluciones extremas ante unas condiciones de vida extremas a las que no se las puede llamar vida. Mi partidista mirada alega, por tanto, a favor de la autodeterminación de la propia vida y la propia muerte, de la libertad más básica del ser humano (la libertad sobre nuestra vida y, por tanto, sobre nuestra muerte) cuando, por el motivo que sea (y respetando el porqué), no se quiera seguir viviendo, aunque, como afirma Miel “la gente a la que ayudo a morir en realidad quiere vivir”. Nadie es dueño de otra vida, ni debe interferir en la vida de otro si ese otro desea morir, es la expresión máxima del amor, que ya ennobleció Haneke en su poema de senectud Amor (Amour, 2012), pero que muy pocas veces se ha llevado al cine, por su propia condición de anti-cinematográfico, por ser un tema ni agradable ni demandado por el público. Y, desde luego, hay vidas tremendamente difíciles de vivir, desde el punto de vista objetivo, otras no tanto aparentemente (al menos desde el punto de vista fisiológico y corporal), pero el límite de lo soportable, de lo digno, es subjetivo… Y, por supuesto debe ser tan libre la elección de morir, como la objeción de conciencia del médico o enfermera si no quiere asistir el suicidio. Así, la delimitación de ambas posturas radicales hace evidente la necesidad de una legalización de la eutanasia porque, como dice Javier Úbeda Ibáñez:  “¿Cómo y quién puede distinguir entre una auténtica voluntad de muerte y la depresión, el desconsuelo, el desaliento, etcétera? ¿Cómo y quién está en situación de verificar la voluntad real del enfermo incompetente? ¿Cómo impedir que no se convierta en el subterfugio de una engañosa eutanasia involuntaria dirigida a eliminar a los disminuidos?” El problema no debería ser, pues, un debate moral sobre eutanasia sí o eutanasia no, sino un debate jurídico que apareciera tras la inexcusable regulación de los límites de esa libertad.