El zapatazo

rompenieves-cartelLa claustrofobia parece resultar atractiva a Bong Joon-ho. Poemos recordar la oscuridad asfixiante e incierta durante la búsqueda del criminal en Crónica de un asesino en serie (Memories of murder / Salinui chueok, 2003) y muy especialmente aquel túnel frente al cual se desarrollaba el clímax final. También los continuos pasadizos, cloacas y recovecos que alojaban la búsqueda del monstruo de The host (Gwoemul, 2006); la situación propia del hikikomori encerrado en casa de Interior design, el fragmento de Tokyo! (2008); o la situación asfixiante aun en exteriores pero sobre todo en domicilios y cabañas miserables de Mother (Madeo, 2009). Así, es absolutamente coherente, pues, la opción de que sea él quien dirija Rompenieves (Snowpiercer, 2013). Y una gran opción, dado el resultado.

La obra está basada en un cómic de Rochette y Lob (Trnasperceneige, L’echapèe, Casterman, 1993; Rompenieves, El fugitivo, Bang Ediciones, 2006) y las secuelas de Rochette y Legrand (Transperceneige: L’arpenteur; 1999; La traversée, 2000; Casterman; Rompenieves: II El Apeador; III: La travesía, Bang, 2000). La película reelabora con suma habilidad el cuento del primer volumen para construir un mundo mucho mejor definido que en la versión impresa y elaborar una historia no más compleja pero si con más matices. El grueso del guion se basa en el primer volumen de la trilogía (Lob falleció y la historia tuvo continuidad sin su intervención) y en algunos pasajes de las otras dos (las celdas de castigo, las drogas consumidas). La historia ha sido elaborado por el propio Bong Joon-ho junto con Kelly Masterson, ex seminarista franciscano y autor del guion de Antes que el diablo sepa que has muerto (Berfore the devil knows you’re dead, S. Lumet, 2007). Dos autores dispares pero que han abordado en obras previas aspectos como la responsabilidad social y personal y el peso moral en las decisiones. Es, sin lugar a dudas, un singular proyecto, y muy de agradecer que haya llegado a muy buen puerto.

El Rompenieves es un tren inmenso, de energía autogenerada con el propio movimiento, que se desplaza continuamente por un mundo helado tras un cataclismo de origen incierto. Habitan en él los últimos supervivientes de la raza humana y, como tales, se han situado a lo largo del convoy, en muy diversas y poco equitativas categorías. A diferencia de la obra original, Kelly Masterson y Joon-ho marcan muy precisamente el punto de partida y el destino de su historia. Mientras que en el cómic original, El fugitivo,  el protagonista era un “colista” escapado por su cuenta del gueto de los vagones de cola y ayudado por una pro-colista de clase media que se solidariza de un modo tan altruista como naif, tan fácil inicialmente como posteriormente comprometida a la fuerza, en Rompenieves, la película, se produce una revuelta de clase. Los autores no han sido ajenos a la crisis social, económica y moral y hacen que la historia arranque con el asalto violento del convoy por parte de los famélicos y desesperados habitantes de la casta inferior. El desplazamiento a lo largo del convoy, metáfora obvia de las clases sociales, se corresponde tanto a un asalto al ascensor social como a la evolución por los anillos del infierno de una sociedad distópica como a los niveles de un videojuego. Sin embargo, la trama está harto más elaborada que en el cómic original y los detalles de cómo se producen los alimentos de los colistas, las despensas de primera o las zonas de diversión se presentan de modo mucho más explícito. Todo ello, unido a la posibilidad de mejorar digitalmente la propuesta visual de la obra original arrastraría la película al trillado ámbito de la supervivencia post-apocalíptica. Sin embargo Joon-ho ha sabido esquivar los riesgos con gran capacidad narrativa y combinanado la densidad de la historia con un excelente diseño de producción.

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Así pues, como decía, no se trata de una fuga sino de un asalto liderado por los protagonistas (Chris Evans, lejos del Capitán América, y Jamie Bell), trabajado en masa y orquestado por un tullido John Hurt, personajes ambiguos en la descripción final que se hace de ellos. Pero, más allá de estos cambios y de la resolución final, distinta de las opciones tomadas en los tres libros de cómic, aparecen un par de personajes absolutamente imprescindibles en la narración y relevantes por lo que implican. Ed Harris, divino ingeniero, que lidera el convoy y vive en la máquina, a diferencia del presidente que en el cómic que ya no tenía acceso a la misma. Él marca la pauta (en un papel que recuerda al que hiciera en El show de Truman [The Truman Show, Peter Weir, 1998]) y mueve los hilos  para mantener cómo sea preciso el status quo de un mundo que agoniza.

Más importante, en absoluto gratuita, es la introducción de un personaje grotesco, interpretado por Tilda Swinton, que en una escena tan lúcida como delirante marca los límites definidos por el orden establecido. A través de su actitud y su circunstancia, Joon-ho establece cómo una ficción, cómo un thriller fantástico, puede perfectamente reflejar la situación social actual, sin renunciar a la espectacularidad. Enfrentada a los protagonistas y a toda la masa enfurecida, es objeto, como tantos políticos, de un zapatazo en la cabeza. En medio de aspavientos esperpénticos  y mientras se procede a la mutilación pública del agresor, recuerda a la plebe que su lugar está en la cola, no en la cabeza, al igual que el lugar del zapato es el pie. Mientras tanto, el dios local mantiene la locomotora en marcha y un mundo helado y mortal envuelve a una sociedad a la que las mejoras siempre le serán negadas.