Deseos y expectativas

la-mujer-invisible-cartelGrandes Esperanzas (Great expectations, Charles Dickens) no es sólo una de las grandes novelas del clásico inglés. Es también una obra fascinante, de la primera a la última página. O, tal vez, por su primera y última páginas, por la capacidad descriptiva, rica y precisa, que integra y desarrolla narración y personajes, y por la evolución de los mismos hacia una conclusión tan lógica como coherente con su trayectoria. Grandes esperanzas es un título que alberga cierta ambigüedad puesto que si bien su protagonista, Pip, espera obtener los favores de su amada, tiene sus expectativas condicionadas a su estatus social. No es tanto una obra sobre los deseos y esperanzas como sobre las expectativas de ascenso y promoción en una sociedad clasista. Dickens explica con lucidez y amargura el trayecto de Pip en pos del ascensor social y cómo, en un giro tan folletinesco como irónico, no será su esfuerzo sino el azar quien determina su destino. En un arriesgado final, Dickens dota a Pip de la lucidez, acumulada con la experiencia, para admitir que, pese a su esfuerzo y su nueva posición, no todas sus expectativas de amor podrán ser conseguidas. 

Grandes esperanzas se relacionaría directamente con La mujer invisible tanto por su contenido (y las referencias con la obra mediante las cuáles se establece un paralelismo con la historia de la película) como la evolución profesional de Ralph Fiennes. La película sigue la historia de Nelly, joven actriz de buena familia que a partir de un montaje teatral traba amistad con Dickens y posteriormente desarrolla un romance con el escritor. Actor de éxito en papeles cinematográficos diversos —incluido el Magwitch de Grandes Esperanzas (Great Expectations, M. Newell, 2012)— que ha compatibilizado con trayectoria teatral shakespeariana, Fiennes debutó en la dirección con Coriolano (Coriolanus, R. Fiennes, 2011), una obra sobre la ambición, la traición y las maniobras políticas. Expectativa, pues, ante esta nueva incursión, para conocer sus resultados pero también para saber si la trayectoria permite ver en Fiennes una nueva encarnación del autor —actor inglés que encarnaran Lawrence Olivier y Kenneth Branagh (y a la que Dickens no habría sido ajeno, por su faceta de productor teatral, actor y escritor)—. Hay, por otro lado, nexo directo entre La mujer invisible y Grandes esperanzas por la evolución final de la relación entre la pareja de amantes, condicionada en primera instancia por el azar y, finalmente, por las restricciones morales de la sociedad victoriana. Nelly, como Pip, comprenderá que su relación está marcada por condicionantes sociales y que se diluirá con el tiempo. Charles oscila de la contención inicial a la pasión y, después de dos dramáticos incidentes, disminuye las expectativas de felicidad y opta por una solución de compromiso.

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Fiennes evita el melodrama y compone una obra narrativamente clara y delicada. Pese a que la estructura en flashback no ayuda especialmente y produce un final que se antoja impostado (cómo si el director haya dudado mucho de cuál debiera ser la última secuencia y el tono de la misma), consigue describir a Nelly y Charles con precisión, sin renunciar a mostrarnos las contradicciones o los miedos de uno y otro. Fiennes mueve la historia con ayuda de elipsis, evitando pasajes explicativos farragosos, y presenta un gusto por el encuadre que va más allá del preciosismo fotogénico. La puesta en escena y el montaje están cuidadosamente planificados y seleccionados para mostrar la evolución sentimental de la pareja, la fascinación que une ejerce sobre el otro, la atracción y, finalmente, la renuncia que surge al comprender que no todas las expectativas se verán cumplidas. El inicio de la relación es retratado brillantemente mediante el encadenado de diversas secuencias: el ensayo de la obra, el final triunfante de la primera representación al que se solapa el sonido correspondiente a la fiesta y el final de esta a altas horas de la madrugada durante el cual se ponen en evidencia la atracción. El primer encuentro amoroso de ambos es recogido con un montaje de planos cortos, observando cómo los cuerpos se exploran uno al otro, con tanta delicadeza y contención como pasión. La renuncia, tras el accidente, recoge gestos y miradas… Son, todas ellas, signos de un gran actor que sabe decir a un gran director qué hay que destacar en cada plano, en cada secuencia, para plasmar sentimientos y emociones en imágenes. Grandes expectativas, pues, para la carrera autoral de Ralph Fiennes.