La distancia

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La vida de John Hughes dio para bastantes anécdotas; algunas, de hecho, las incorporó en sus guiones como un elemento propio de sus personajes adolescentes. Quizá porque me crié al lado de un aparcamiento, en el que montaba mi circuito con la bici cada domingo por la tarde, siempre me gustó aquella historieta que explicaba cómo Hughes aprovechaba los fines de semana para colarse en su interior casi desierto y gritar con todas sus fuerzas. Probablemente nadie le oiría, pero a él le bastaba con escuchar el sonido de su voz. A veces, un simple gesto es suficiente para disipar esa barrera de dudas y titubeos que los primeros signos de madurez ponen en nuestro camino. La distancia que todavía no sabemos cómo salvar. El cine de Hughes brillaba en esos aspectos; en el mimo con el que correspondía a sus criaturas; en cómo les facilitaba un lugar en el mundo —una habitación forrada de pósters, un coche desvencijado, una clase vacía— en el que ser ellos mismos; en sus miradas cómplices y su pequeña determinación. Como si cada plano respondiese a la imagen de aquel aparcamiento vacío en el que la versión adolescente de Hughes podía conquistar un pedacito de su intimidad.

El cine (post)adolescente mantiene, desde la irrupción de la etiqueta indie, un problema con las distancias. Cada realizador elige su mejor herramienta para combatirla: a veces es un rodaje con la cámara al hombro, a veces un verso de algún tema de Iron and Wine para describir el estado de ánimo, a veces un plano que nunca parece acabar. Ken Loach escoge a Mozart para ilustrar ese otro mundo agazapado en la realidad proletaria y Lee Daniels burla la letra escarlata del género al evocar con sus actrices una imposible película de Vittorio de Sica. Tal vez por eso, el mumblecore ha sido más hábil al confiar al diálogo y la interacción, a menudo espontánea, de sus personajes la efectividad dramática de cada historia. Hablar, compartir y vivir; escuchar, entender y encontrar. Esos son los verbos que articulan cualquier relato. Basta saber conjugarlos para hallar la complicidad que nos une cuando desnudamos nuestra intimidad.

Destin Cretton, el director de Las vidas de Grace (Short Term 12, 2013), sabe que en todo grupo humano se larvan relaciones personales, emociones a menudo muy frágiles y delicadas, pero en especial historias. En un centro de menores como el que sirve de paisaje para la película, cada uno de sus protagonistas tiene una historia. Sin embargo, no todos saben contarla; no todos creen que sea el momento de compartirla, da igual si en ese todos están presentes adultos y adolescentes. Grace llega cada día al trabajo montada en su bici, lleva a cabo una comprobación rutinaria y habla con el resto de monitores. Nadie sabe que está embarazada, ni siquiera su novio, que se enterará una vez haya considerado la opción de abortar. Cretton se acerca a Grace con la misma franqueza con la que le tendería la mano, con cierto pudor, como dos nuevos amigos, a la espera de ese clic que poco a poco los junte en el plano. Porque sabe que no pueden barrer esa distancia si no se conocen antes, si no la acompaña en cada escena, si no deja que se enfrente a cada envite aunque se lastime. Porque sabe que, como en toda relación, es cuestión de tiempo que demos un poco de aquello que hemos vivido.

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Cuando somos adolescentes, nuestro paisaje se reduce a un puñado de calles, amigos y breves episodios que resumen esa vida que está en proceso de maduración. Casi todas las historias, como pasajes de un diario privado, quedan atrapadas entre las paredes de nuestra habitación. Por eso, ese primer momento de cambio trae consigo un temblor y una duda, como si no encontrásemos con tanta facilidad las palabras para continuar el relato de nuestro diario. A Grace le sucede algo parecido cuando atisba el vértigo entre el final de una etapa y el comienzo de una nueva. Aunque convive con Mason, no encuentra las palabras para abrir su intimidad. Ahora que está a punto de coronar una cima de su vida adulta, se siente como de regreso al centro de menores en el que vivió durante una época. Sin el impulso, sin la voz, en un paisaje que explora a tientas. Cretton la observa a través de la lente de la cámara, ha decidido darle el tiempo que necesite, como a una actriz ante una escena complicada. Quizá porque sabe lo difícil que es encontrar un lugar, echar raíces, compartir una conversación sin que se produzcan interferencias. Algo parecido a lo que sucede en el trabajo de Grace, cada vez que camina por el pasillo de la instalación y se topa como una puerta entornada o, directamente, cerrada. Hace falta tiempo, relatos y experiencias comunes para encontrarla abierta.

Las vidas de Grace abunda en esa juventud interrumpida, con el paso congelado ante sus desafíos, cobijada bajo el ala de una porción de la realidad que ha conseguido domesticar. A Cretton no le interesa la carnaza social, dirigir el foco hacia los problemas de exclusión de sus personajes y trabar una reflexión alrededor. Él prefiere atender a esas vidas que se abren camino, que se cuentan pequeños grandes secretos, que se relacionan diariamente y conocen sus respectivas teclas. Lo que quiere filmar es esa intimidad, esa confianza que fluye con franqueza entre niños, adolescentes y adultos, como si se tratase de una república emocional a salvo de clichés y de las miradas invasoras; como el único espacio en el que cada uno actúa por sí mismo. Por eso pone todo el ímpetu en su cámara para capturar las carreras de Sammy por el exterior del centro, el rapeo de Marcus o la forma de dibujar de Jayden. Es lo único que quiere captar: eso tan elemental, las experiencias vividas, que en algún punto de la película los personajes se dan unos a otros. Como un gesto de confianza que tal vez los vuelve más vulnerables, pero también más humanos.

Ante su filme, Cretton elude cualquier tentación. No hay flashbacks, aparatosos montajes cruzados o subrayados visuales. La vida fluye entre los diminutos momentos de felicidad y los episodios agridulces, pero la cámara nunca pierde la espalda de Grace, como si caminase acompasada con su respiración. Lo hermoso de esta forma de trabajar es que privilegia los diálogos sobre otras fórmulas; las conversaciones entre dos, tres o un grupo de personajes en las que hasta la anécdota más tonta goza de un relieve especial. Porque su director ha puesto toda la energía en el gesto, en la reunión y en la compañía, como un pegamento que une a todas esas piezas expulsadas de otros mundos. Las vidas de Grace es una película que nos recuerda lo difícil que resulta, en determinados periodos de la vida, saber contar nuestras historias; cómo nos falta aire y nos sobran palabras. En el filme de Cretton, casi todos los protagonistas están marcados por su pasado, agradecidos con aquellos que les hicieron cambiar, un poco atemorizados por tener que imprimir por sí mismos ese nuevo cambio. Cretton les observa en cada momento, nunca se decide a mantener una imparcialidad porque quiere estar ahí cuando le necesiten. Como sucedía con el cine de John Hughes, la cámara les facilita ese lugar para compartir su intimidad. Porque sabe que solo se llega a ese punto cuando eres consciente de la distancia que nos separa de las cosas. Porque, en ocasiones, algo tan aparentemente nimio como el sonido de tu voz es el mejor instrumento para conquistar ese último palmo que nos aísla en el plano, en los secretos o en los titubeos. Y ahí, ante ese mundo frágil y agridulce que tenemos la obligación de construir con nuestras experiencias y sentimientos, es donde empieza todo. Con ese primer gesto de complicidad.