Dios, niñas rotas y relojes afilados

llenar_el_vacio-cartelDe la pasión de los hombres y las mujeres que pueblan Tel Aviv puedo escribir tanto por lo vivido como por lo soñado en las salas de cine. Hay dos escenarios, dos cartografías del amor y del cuerpo que se superponen en Israel y en sus imágenes: la juventud arrasadora que se aferra a la vida en locales de una modernidad impertinente y que se arranca la ropa interior en los paréntesis del servicio militar —en Israel, el servicio militar dura toda la vida—, y la multiplicación de las familias ultraortodoxas que se depositan minuciosamente en los márgenes de la ciudad. El sexo para evitar a la muerte que llega o el sexo para celebrar un Dios indescifrable, sin nombre y sin rostro. Contra el primer Tel Aviv, el de la libertad, la emancipación y la carcajada ya se han generado una suerte de clichés —véase, de nuevo, ese panfletillo llamado Inch´Allah (íd., Anaïs Barbeau-Lavalette, 2012)— que se resienten hacia la aparente frivolidad y falta de autocrítica de los ciudadanos que, en el filo de la guadaña, tienen la desvergüenza de tomarse un ron con cola y soñar por unas horas que son occidentales en una democracia no herida de pánico. Sobre los segundos, aunque sea en sordina, hay dos colecciones de imágenes: los planos recurso de los que tiran las televisiones cuando quieren acusar a Israel de ser un país oscurantista y medieval —por no hablar de la resurrección subliminal de los arquetipos propagandísticos antisemitas recreados de nuevo ante los tirabuzones, las vestimentas, los gorros—, o en la otra línea del espectro, esa obra maestra abrasadora que es Kadosh (íd., Amos Gitai, 1999). Gitai, por cierto, ha sido durante muchas décadas el gran embajador del cine israelí precisamente porque ha sabido combinar con tremenda elegancia la reflexión sobre las contradicciones y las heridas del judaísmo contemporáneo con una sapiencial gestión de los estilemas de la modernidad. Kadosh, como quizá recuerde el lector, es quizá la gran película de terror rodada en Israel —ríase usted de Keshales y Papushado—, precisamente por su habilidad para sondear el conflicto irresoluble entre la idea de un Dios lejano y enfurecido (un Dios demente) y el intento desquiciado de dos seres humanos por amarse.

Y sin embargo —hoy se puede confesar—, yo viví enamorado una temporada de las adolescentes ultraortodoxas que atravesaban Tel Aviv en el transporte público. Con los ojos brillantes de indescifrables mestizajes históricos, cubiertas púdicamente por el velo de lo sagrado, exiliadas de la poesía de los smartphones y las portadas de las dichosas Cincuenta sombras, aquellas niñas ya casadas y quizá embarazadas eran el paréntesis del progreso y de la fábula del paraíso de las start up nations. Y me pregunté —siempre lo hago cuando me enamoro, aunque sea apenas por unos segundos—, cómo sería la narración de aquellas mujeres, las palabras con las que tejían sus fantasías blasfemas, el contorno de sus miedos, la manera en la que contenían esas sonrisas provocativas que las llevarían directamente hacia el infierno. A mí de la mujer me interesa, ante todo, la manera en la que utiliza el lenguaje para dar una forma poética a su deseo.

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Y de ahí que, cuando algunos meses después, viera Llenar el vacío (Lemale et ha´halal, Rama Burshtein, 2012) sintiera que, de alguna manera, una mujer concreta había respondido a mis preguntas y me había regalado una reflexión sobre su propia mirada. Y de ahí también que entendiera la cinta como un diálogo bien temperado a propósito de la experiencia vivida, contada a media voz y sin grandes aspavientos, tal y cómo está ocurriendo con otras exquisitas directoras árabes como Nadine Labaki o Haifa Al-Mansour. La escritura del amor al trasluz de Dios —esa que se encarnó durante un parpadeo en la obra de Dreyer y que quizá se ha ido diluyendo de nuestras preocupaciones europeas inmediatas— es uno de los grandes temas a los que puede enfrentarse un director, principalmente en tanto Dios (cada Dios, todos los dioses) afirma conocer mejor que nosotros mismos los anclajes y los recorridos de nuestro deseo. Y sin embargo, en lugar de desgarrarse como hijos desquiciados contra la idea de lo divino (gesto espasmódico, casi unamuniano, que no garantiza sino nuestro deseo explícito de encontrar la paz perdida para los corazones), lo que hace Rama Burshtein es rodar una película en la linde misma de la idea de Dios, allí donde no se puede escapar de la contradicción entre la mística, la erótica, el fracaso y el sueño. Y de ahí que su puesta en escena escape de las torsiones violentas que Gitai establecía en Kadosh para tratar los mismos parajes y sea capaz de encapsular con humildad todo aquello que los descreídos piensan que es ridículo: una mirada, un suspiro, la rabia, la confesión. Llenar el vacío no evita meterse en todos los charcos emocionales que pueda imaginar el espectador: la pérdida, la familia, la renuncia, el sacrificio. Melodrama religioso, sin un ápice de complacencia ni de arrepentimiento. Burshtein admite su fe, se confirma como directora ultraortodoxa y realiza un retrato de las espinas que emergen en su posición de directora de cine, de madre, de creyente, de mujer. Hay una fuerza en ese valor de decir que sorprende precisamente por la levedad con la que pasa por encima de los tics del cine contemporáneo (la metarreferencialidad, la tentación de la sobredosis de las puestas en abismo, la virtualidad…) para descender simplemente hacia lo esencial, hacia la expresión depurada de su propia subjetividad. De su propia vivencia.

El hecho de que una película otorgue voz a un cierto colectivo y ofrezca la topografía de sus emociones y sus contradicciones fue quizá excesivamente valorado en ciertas modas de los Estudios Culturales. Afortunadamente, Llenar el vacío no es un simple escaparate para la mostración política de un cierto malestar, ni su valor se encuentra en el plano anecdótico que convierte de nuevo a la sala de cine en un museo improvisado de vistas exóticas. No se trata aquí ni de limpiar conciencias ni de domesticar lo lejano mediante una falsa aproximación domesticada. Antes bien, Llenar el vacío triunfa donde tienen que triunfar las películas: en el encuentro entre emociones, en la potencia reflexiva (formal y temática) sobre lo vivido, lo doloroso, lo que no se comprende. Pensar, seguir pensando —gracias a la ordenación que ejerce sobre nuestra mirada esa desconocida, Burshtein, que se gana nuestra confianza— sobre los cuerpos, sobre el tiempo, sobre el deseo. Pensar, seguir pensando sobre Dios, sobre niñas rotas y sobre relojes afilados.