Elogio de la madurez

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Madurar es uno de los procesos más complejos a los que podemos enfrentarnos. No solo desde sus aspectos vitales, también los creativos. Desde que Dreamworks arrancó su producción animada, la taquilla se ha convertido en un improvisado hipódromo en el que cada largometraje vive su particular carrera de caballos —casi de cuádrigas, dada la feroz competición—. A la compañía que dirige Jeffrey Katzenberg la madurez le ha sobrevenido a la fuerza, cuando todavía no ha cumplido las dos décadas de vida y cuenta con un catálogo de títulos demasiado limitado. Ahora que Shrek parece declinar en los planes de futuro del estudio, Dreamworks se ha liberado del viejo yugo que le unía a cierto oportunismo posmoderno con apuestas de vuelo demasiado corto. Al fin y al cabo, si hay una exigencia que la animación digital ha filtrado en sus pugnas, a menudo artificiales, ha sido la ambición por reconquistar los grandes relatos; por calar hondo en el acervo cultural y reenfocar, a la luz de las nuevas herramientas de expresión, las viejas tradiciones.

En el fondo, Dreamworks tuvo claro desde el principio a qué jugaba; solo anduvo dos o tres pasos por detrás de Disney, su más directa competidora en aquel primer momento. En la época de mayor experimentación animada —a buen seguro, tardaremos en volver a ver el arrojo conceptual y estético de obras como Atlantis: El imperio perdido (Atlantis: The Lost Empire, Gary Trousdale y Kirk Wise, 2001), El planeta del tesoro (Treasure Planet, Ron Clements y John Musker, 2002) o Lilo & Stitch (íd., Chris Sanders y Dean DeBlois, 2002)— comenzó con producciones sencillas en la estela del cine tradicional que había amamantado a Katzenberg como productor. Tan pronto el digital asomó como opción de presente, lo intentó con un filme tradigital como Spirit: El corcel indomable (Spirit: Stallion of the Cimarron, Kelly Asbury y Lorna Cook, 2002) para finalmente acabar asimilada a la corriente imperante. Años de éxito y de creación de franquicias que, para qué engañarnos, han servido para producir sus dos mejores películas hasta la fecha: Cómo entrenar a tu dragón (How to Train your Dragon, Chris Sanders y Dean DeBlois, 2010) y Los Croods (The Croods, Chris Sanders y Kirk DeMicco, 2013).

Cómo entrenar a tu dragón llegó en 2010, justo al mismo tiempo en que Shrek cerraba su ciclo animado con un cuarto largometraje. A diferencia de lo que supuso Brave (íd., Mark Andrews, Brenda Chapman y Steve Purcell, 2012) para Pixar, el largo de Sanders y DeBlois se convirtió en una especie de prueba de selectividad para acceder a un nuevo nivel animado; aquel que se mide por el alcance y la pregnancia de su relato. Si la heroína celta exhibía los titubeos creativos de su productora como vehículo narrativo, el héroe vikingo mostraba el mimo y el detalle por el comienzo de una historia. Por eso, entre lo mejor de Cómo entrenar a tu dragón se encontraba la sensación de presenciar, por fin, un universo con entidad dramática propia. Una historia de aprendizaje emocional, un relato sobre la dificultad de integrar los cambios sobre un mundo en escala de grises y la búsqueda de una identidad en la etapa vital más conflictiva. Impresiones todas ellas reforzadas por su esmerada puesta en escena, un uso de la luz cada vez más realista —por consejo de Roger Deakins, asesor visual, que consideraba la animación tendente a la sobreiluminación— y un gesto de incipiente madurez al conceder al filme una mirada severa sobre sus personajes, en la que cada decisión tenía su recompensa y su peaje.

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Revisada con la distancia de varios años, Cómo entrenar a tu dragón sorprende no solo por el nivel de interacción emocional que logra entre sus dos protagonistas, el humano Hipo y su dragón Desdentao; también por su precisión en las set pieces, suficientes como para mantener la atención en el relato de amistad que está larvándose, y la carga de profundidad de un mensaje que aboga por el cambio, o la recuperación de unos rasgos perdidos, en un mundo dirigido acríticamente por las convicciones asentadas; un enfoque veladamente sociológico al que Roberto Morato apuntaba en su crítica sobre Los Croods. Por encima de todo, la película de Sanders y DeBlois se alzaba como un cuento en el que su protagonista perseguía esa opción vital tan largamente acariciada: llegar a ser quien se es. Frente a los intereses externos y los imperativos familiares, Cómo entrenar a tu dragón rompía esa cadena genealógica y fintaba el orden más canónico de las tradiciones para iluminar ese otro mundo que latía oculto en sus desgastadas estructuras. Otro mundo alumbrado en la variedad multicolor de dragones que animaban el mundo de hierro y madera, de rito y adiestramiento, del pueblo vikingo. O cómo realmente se puede llegar a otro punto, diferente y abierto, utilizando los mismos elementos que han construido nuestro pasado.

Se podría decir que la madurez de Dreamworks llegó cuando consiguió que el calado de un relato sobreviviese a la coquetería de sus imágenes, cuando la emoción que impregnaba la película se mantuvo firme frente a la delicada composición de cada escena. Por eso, frente a otras secuelas emprendidas por la compañía californiana, Cómo entrenar a tu dragón 2 (How to Train your Dragon 2, Dean DeBlois, 2014) guarda un interés especial. No en vano, se trata de lo más cerca que la empresa ha estado de construir su propia bildungsroman, el relato que eche raíces en la animación digital y narre, filme a filme, la vida de su protagonista. Y, en efecto, esta continuación, emancipada del talento creativo de Chris Sanders, continúa la historia con un Hipo ya entrado en la veintena y convertido en el mejor jinete de dragones. Consumida la primera encrucijada vital (reunir al padre, abrirse al mundo), queda la segunda: curar las heridas del tiempo y construir a partir de ese pueblo vikingo un modelo social diferente al que reflejan los tramperos de dragones, una utopía social cercana a nuestros problemas contemporáneos ante la falta de asideros a los que agarrarnos y la asfixia que un entorno heredado nos provoca cada vez que pretendemos cambiarlo.

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A diferencia de la primera entrega, DeBlois parece más preocupado por lo estético que por lo dramático, por lo sensorial antes que por lo tradicionalmente narrativo. La historia alza, literalmente, el vuelo y se siente más cómoda contemplando la acción desde las alturas, quizá con la seguridad que le granjea contar con el andamiaje dramático de su predecesora. Si por algo destaca la visión de DeBlois es por su afán impresionista y por una sucesión de set pieces que, más allá de su ritmo enfebrecido, funcionan como pantallas de transición hacia esos otros mundos fuera del radio de la Isla Mema que la mirada de Hipo descubre asombrada. Así sucede con ese paraíso glacial que esconde uno de los secretos de la película, morada de dragones que DeBlois convierte prácticamente en una fortaleza de la soledad; o ese reino de las nubes que marca, como en el mejor anime, la frontera mental más allá de la cual se hallan nuevas experiencias. Este gusto por lo visual, que en ocasiones puede parecer víctima del ensimismamiento creativo y del manierismo, contrasta con la sequedad, casi frialdad, con la que se abordan los momentos más emocionalmente intensos de la película. En Cómo entrenar a tu dragón existía una paciencia por cubrir las diferentes etapas de sus protagonistas que en esta secuela pasa a ser más escueta, propia de ese estoicismo con el que los vikingos dirimen sus conflictos sentimentales.

DeBlois, que en su momento dirigió para Sigur Ros Heima (íd., 2006), documental sobre su gira por Islandia, imprime a sus imágenes el mismo ímpetu con el que filmaba la arena negra o los glaciares naturales de la isla. Si en la anterior película su protagonista perdía una pierna en la batalla final —secuencia maravillosamente tratada por ambos directores al plantearla desde las miradas culpables del resto de personajes, arremolinados junto a la cama del chico—, en esta las pérdidas tienen una carácter emocional. Signo de la madurez, Hipo se enfrenta a cada una de ellas con una entereza que en ocasiones se diría hierática. No en vano, bajo la costra familiar, Cómo entrenar a tu dragón 2 sigue apostando por un relato en el que un modelo alternativo intenta imponerse contra lo que la costumbre nos ha hecho aceptar de una forma determinada. Como si las sociedades pudiesen fundarse de otra manera, la igualdad no tuviese que ganarse con violencia y las raíces identitarias se preservasen con el aliento que pasa de una generación a la siguiente. Frente a Drago puño sangriento, representante de ese viejo régimen que cree en el poder del yugo y de la conquista, Hipo no ceja en el empeño de proseguir con la lección que le enseñaron los dragones: que se pueden aprovechar las herramientas que nos proporcionan las tradiciones para construir un futuro; que siempre hay espíritus indómitos (y realidades) que no pueden aprender en la esclavitud.

Irregular y algo titubeante, Cómo entrenar a tu dragón 2 no deja de ser una interesante secuela y una atractiva apuesta en el seno de Dreamworks. DeBlois, cuyo objetivo era devolver al relato su sense of wonder, olvida las virtudes de su anterior incursión para abandonarse a las bajas pasiones de la imagen y trazar ese recorrido hacia la madurez desde las sensaciones que despiertan sus escenas. Como si se tratase de un tour por los decorados animados del Disney clásico, nos sumerge en esa apoteosis de formas y colores, vestigios de un pasado heredado por Dreamworks, en el que nos contagiamos de la mirada asombrada de su protagonista mientras ambicionamos alcanzar ese más allá que en el mundo de los dragones no conoce límites. Una mirada a vista de pájaro sobre el drama, que tiene su eco en la distancia que establecen sus protagonistas y en la voracidad con la que las imágenes fagocitan una narración tradicional. Una mirada, sin embargo, que ofrece un hermoso reto a su director: ser capaz de transmitir con ella todo aquello que las palabras han olvidado cómo vertebrar. De ahí, tal vez, que bajo su apariencia liviana Cómo entrenar a tu dragón 2 sea una película mucho más barroca que su predecesora, más estéticamente madura, enroscada sobre sus paisajes digitales, que alberga un plano que hace de Dean DeBlois una versión animada de Werner Herzog, padre de gestas imposibles e imágenes únicas: aquel que ilustra el rostro de su protagonista, Hipo, iluminado por el fuego vikingo que ha quedado apresado en su ojo y el hielo materno que congela su corazón mientras una lágrima avanza a través de su mejilla. Una brillante metonimia que corona esta esforzada, aunque a ratos fallida, secuela de Dreamworks en la que la madurez pasa por ser capaz de no olvidar que el objetivo del cine es animar las emociones.