Cuando me trajeron a esta cárcel del pueblo
debo confesar que tenía miedo
pero ahora reconozco que estaba equivocado
aquí me tratan mejor que en ningún lado

Siniestro Total

No se está mal en el fondo

michel-houellebecq-cartelHay escritores a los que no gusta el abrazo mediático. J.D. Salinger y Thomas Pynchon son los ejemplos mentados más frecuentemente. Es una actitud que parece bastante natural e incluso consecuente. La literatura permite decir muchas cosas sin necesidad de tener delante a los destinatarios del mensaje, así que parece el medio ideal para aquellos que prefieren evitar a sus congéneres en la medida de lo posible. Otros, por el contrario, como pueden ser Stephen King, o Michel Houellebecq, que nos ocupará estas líneas, un día aparecen en una película. Después les da por dirigir la suya propia, y terminan por convertirse en personajes de sus propias novelas. A partir de ahí, deciden que aquello no está tan mal, y que se encuentran de lo más cómodo frente a las cámaras y los micrófonos. Ahora Houellebecq se interpreta a sí mismo en una película de ficción. El próximo paso lógico debería ser su participación en un reality show. Sin duda debería titularse (cortesía de Javier Pulido) Cómo entrenar a tu Dragó, y solo podrían participar escritores y tertulianos “serios”.

Y es curioso en un tipo como él que, atendiendo a lo que comentan sobre su persona en las recientes entrevistas concedidas tanto en España como en el festival de Venecia, es tal y como aparece en El secuestro de Michel Houellebecq, con ese aspecto avejentado y desaliñado, con esa aparente desidia con que trata a cualquiera que le aborda por la calle. Si nos detenemos a observar su visión del mundo y de la existencia, o al menos partiendo de lo que escribe en sus novelas, no parece que tenga mucha fe en la humanidad. Su «famoseo» de los últimos años pudiera parecer una contradicción, pero también podría verse como una forma más de demostrar la absurdidad en la que vivimos. Día a día, como decía Rambo.

Si en su última novela, El mapa y el territorio (Le carte et le territoire, 2010), el propio autor Michel Houellebecq era decapitado y descuartizado salvajemente, en la película de Guillaume Nicloux, como el título ya anuncia, sufre un secuestro cuyo desenlace intentaré no revelar. Tras varias escenas cotidianas en la vida del protagonista, que se limitan a mostrar conversaciones inanes con gente que se cruza por la calle, y con algún amigo o conocido, donde se dan los primeros apuntes sobre su excentricidad, se produce la abducción en sí, a cargo de tres individuos que perfectamente podrían ser los parientes franceses de los protagonistas de Dolor y dinero (Pain and Gain, Michael Bay, 2013), situación que se prolongará durante el resto de la película.

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Gran parte del valor del film reside principalmente en la espontaneidad de los diálogos que de un modo u otro apuntan a la comedia, aunque la comparación con el cine de Woody Allen de las frases promocionales no deje de ser traída por los pelos, entre otras cosas porque el cine del neoyorquino es movimiento continuo, con multitud de localizaciones, que nada tiene que ver con la componente teatral de la película francesa, y sus personajes encerrados en una casa de campo, reunidos dialogando casi todo el tiempo, en una u otra habitación. Coinciden, eso sí, en que los personajes montan sus frases unos sobre otros (haciendo probablemente un infierno de la labor de subtitulado de los diálogos), pero precisamente ahí se encuentra su naturalidad y su valor.

Lo que también aporta interés es su sentido del humor, que alcanza cotas surrealistas, con una prostituta o un médico realizando visitas al escritor, que convive con los secuestradores y los padres de uno de ellos, como si fuese un vecino del pueblo más. La temprana aparición del síndrome de Estocolmo, tras la natural inquietud inicial (el hecho de que los secuestradores vayan con el rostro descubierto no es buena señal, «según las novelas»), va abriendo el paso a la comedia física, en la que podemos ver al protagonista aprendiendo lucha libre de forma práctica, o los misterios del culturismo (el momento en que intenta, obligado, mover los músculos del pecho alternativamente desde luego es impagable), pero también dialéctica, porque efectivamente sus textos son a veces muy divertidos (por ejemplo aquél en que el secuestrador “culturista”, probablemente con inquietudes literarias, le comienza a interrogar sobre como se inspira y sus influencias y Houellebecq le despacha diciendo que eso da todo igual, que lo importante es «estar sin hacer nada, luego te aburres, y cuando llevas un rato aburrido, después se te ocurren cosas»). Y aún así, el director y guionista encuentra el espacio para realizar cambios de registro, permitiendo momentos más íntimos, o reflexivos (ese en que el escritor explica como descubrió que temía a la palabra “padre”) o directamente contestatarios, como cuando, casi al final del film, el autor de Ampliación del campo de batalla (Extension du domaine de la lutte, 1994) habla de las falsas democracias que encubren dictaduras y explica que espera de verdad que haya una insurrección para terminar afirmando que «Bruselas es el escenario perfecto para una guerra civil».

Temas recurrentes como el del mechero que no le quieren prestar (prefieren acudir a su llamada, aunque para él fumar sea casi como respirar) para que no provoque un incendio, cuanto queda para que le liberen, o quien pagará el rescate, refuerzan la sensación de encierro, del mismo modo que no parece haber una evolución en la historia ni un hilo narrativo claro más allá de las circunstancias que les unen a todos en esa casa de campo.  Y a medida que el tiempo avanza y la liberación parece una opción, esa salida tal vez podría revelar que es peor la vida que llevaba, y a la que retornaría, que ese microuniverso en el que ahora habita y donde casi podría decirse que es… feliz. A espectador y escritor, ambos presos en esa situación, no les queda sino esperar el desenlace. O escapar por la vía rápida, cada uno la suya (abandonar la sala / suicidarse). Pero la película está bien, y los secuestradores son majos. No se está mal en el fondo.