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Hace algo más de un mes, una mañana de domingo, me hallaba en un lugar indeterminado cercano a Castle Moil, las ruinas de una fortaleza del siglo XV en la villa costera de Kyleakin, ubicada más o menos en la punta sur-oriental de la escocesa isla de Skye. Aunque en el hostal donde me alojaba te informaban acerca de varias excursiones que podían hacerse desde allí, me quedaban apenas dos horas en aquél pueblo y resolví que quizá no me daba tiempo de hacer ninguna de las que no había hecho, así que me limitaría a adentrarme un poco campo a través, por un sendero que había entrevisto el día anterior mientras subía a Castle Moil. Así, desviándome por un rato de los caminos señalizados, pensaba que dejaría de figurar, de estar presente, de formar parte de esta obra de teatro que llamamos realidad. Bueno, miento: en realidad, eso lo pensé a posteriori, o me convencí de que pensé algo así tras ver Adiós al lenguaje (Adieu au langage, 2014), la última película de Jean-Luc Godard. Algo que sí que me había ocurrido ya el día anterior, sentado en lo alto de Castle Moil y contemplando desde allí el pueblo, tratando de dilucidar la ubicación exacta de un restaurante llamado Harry’s sobre el que había leído horas antes en Google, era el haberme sentido inútil, derrotado, sometido. No importa cuánto te adentres en la jungla o en el desierto: ahí están tu teléfono móvil, tu correo electrónico, tus cuentas de Facebook, Twitter o Tumblr para recordarte que, si no te importa, quizá podrías contarle algo a tus centenares de amigos. Y, aunque no medie la tecnología, es prácticamente lo mismo: hoy, vivimos para contarlo. Cuando éramos niños, vivíamos, jugábamos. Ahora, a veces, nos descubrimos a nosotros mismos recordando, gozosos, sensaciones experimentadas cuando niños. Pero es un gozo que tiene algo triste, porque ya no volveremos a ser niños. Siempre hay una primera vez para todo, pero cada vez nos quedan menos.

Adiós al lenguaje

Aquella mañana de domingo, el sendero dejó pronto de ser sendero y se tornó mera hierba, cada vez más espesa, de una variedad que no sabría precisar. Mi plan, que era tan simple como ir más allá, ver si había otro camino tras la hierba, un prado donde sentarse fuera cómodo, me llevó a varias colinas desde las que el pueblo quedaba parcialmente oculto y podía tener la ilusión de encontrarme en medio de ninguna parte. El día anterior, llegando a Kyleakin en autobús, miraba las verdes montañas y pensaba en El Wendigo (The Wendigo, 1910) de Algernon Blackwood, o el poder enloquecedor de la naturaleza salvaje. De pie, en lo alto de una de las colinas giré trescientos sesenta grados dos veces: la segunda, para capturar el paisaje con mi teléfono móvil. Soy consciente de que este texto suena un poco como si estuviera lamentándome, pero es que a veces realmente jode eso de vivir siempre pensando en cómo narraremos lo vivido. Somos yonquis de la tecnología, me decía alguien el otro día, mientras yo le hablaba de una conferencia del investigador bielorruso Evgeny Morozov, a la que asistí poco antes de empezar el Festival de Sitges. Morozov es una de las voces más legítimas y autorizadas del momento en lo que respecta a los efectos de Internet en la política y en la sociedad. Durante el turno de preguntas, alguien le preguntó que qué podíamos hacer para defendernos de la progresiva intrusión de la tecnología en nuestras vidas, y él constató esa divertida paradoja del quiero y no puedo en la que caemos a menudo: pagamos, por ejemplo, para pasar unos días en un camping donde el acceso a Internet está restringido, pero a la que nos vamos de excursión y traspasamos los límites de la zona sin cobertura, rápidamente nos lanzamos a chequear el Whatsapp. La noche que vi Adiós al lenguaje, cuando llegué a casa, me conecté un momento a Facebook y vi que alguien se había hecho un selfie después de la proyección para mostrarle al mundo la expresión de su rostro tras ver la película. Y es una forma de expresión tan válida como cualquier otra para mostrar tu reacción ante el filme de Godard, lo sé, pero por alguna razón me deprimió. Quizá porque delataba que apenas es posible hablar o escribir sobre Adiós al lenguaje. Puedes describirla de una forma más o menos empírica u objetiva, hablar de lo que aparece en sus imágenes y de lo que crees que pretendía Godard, ponerla en el contexto de la obra del realizador francés o limitarte a dar un veredicto positivo o negativo. Pero las impresiones exactas, lo que te ha hecho pensar o sentir el filme, es algo de lo que es difícil hablar a la salida de un cine o en una conversación informal de colegas, siquiera escribir sobre ello, porque tienen que ver con lo más íntimo de tu ser; también con tus referentes culturales, que puedes compartir en mayor o menor medida con tus contertulios y con Godard; y, sobre todo, con tu forma de ver, pensar y vivir el mundo.

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Llegamos, pues, a ese momento en el que nos ponemos las gafas tridimensionales y se deshace la luz en el Auditori de Sitges para, segundos después, empezar la última película de Godard. Setenta minutos durante los cuales nos las arreglamos como podemos, cada uno navegando a su manera por el mar de sensaciones e ideas que el cineasta francés despliega, en un imperfecto 3D, jugando con el color y la textura, jugando con nosotros, con los que aceptamos jugar. Que, de entrada, quiero pensar que éramos prácticamente todos los que allí estábamos. Durante el visionado, habría quienes sucumbieron al oleaje y se hundieron en el océano; otros se agarraron a un roído madero como si fuera un amigo o un amante muy querido, y habría quienes hallaran su islote o incluso llegaran a verse a sí mismos en la cresta de una ola, deslumbrados por la luz, haciendo surf con los significados. La situación de cada uno de nosotros, al menos la mía, osciló entre varias de estas posiciones a lo largo del visionado, pero algo que se dio en casi todos los casos, y me atrevo a generalizar a partir de la reducida muestra de personas con las que hablé, es que a la salida no hablamos tanto de la película en sí como de la recepción de la misma: el cómo nos había llegado la información, por así decirlo. Había quienes se sentían derrotados, intimidados, declarándose incapaces de captar las referencias culturales y, en fin, de entender la película. Una amiga me dijo que le habría gustado poder pararla cada cinco minutos para ir asimilándolo todo; probablemente en ese momento ella no caía en la cuenta de que eso ya no sería ver una película sino otra cosa bien distinta. Aquellos a los que nos había gustado tampoco es que nos prodigáramos demasiado: nos asentíamos los unos a los otros, ligeramente orgullosos, pero más felices que orgullosos, porque el buen cine tiene que hacerte feliz, y comentábamos eso, que no se trataba tanto de entenderla ni de procesarla ni de analizar su sintaxis, no estábamos allí para eso sino para verla y oírla y quedarnos con las partes que nos llegaran y nos hicieran sentir. En definitiva, para disfrutarla. Luego, unos cuantos, entre los que el sí a Godard creo que era mayoritario, nos fuimos a cenar, pero la película quedó ya en un segundo término, en los salones interiores de cada uno, y la conversación viró hacia asuntos más terrenales, como las series de televisión o la forma en que Marcel Proust describe a las mujeres en el tomo segundo de En busca del tiempo perdido (À la recherche du temps perdu, 1913-1927).

Adiós al lenguaje

Aquella noche me metí en la cama con ganas de escribir, pero confieso que no soy demasiado dado a hacerlo pasadas las doce de la madrugada, así que me limité a apuntar en una libreta tres frases que recordaba de la película y que, en cierto modo, indicaban algunos de los puntos de dolor que Godard había logrado pulsar en mi alma. Una de las frases era «convénceme de que me oyes»; no recuerdo las otras dos, y ahora no tengo a mano aquella libreta. No sé si lo que me habría puesto a escribir entonces sería distinto a lo que estáis leyendo ahora, pero sí hay una conclusión a la que sólo llegué días después, escribiendo sobre la película para un artículo en Numerocero, y es que no acababa de estar de acuerdo con que Adiós al lenguaje fuera un ensayo, como había leído en unos cuantos sitios. Si es un ensayo, lo es en la acepción de prueba, de experimento con las posibilidades expresivas de las tres dimensiones, pero el género al que yo adscribiría la obra es más bien la poesía. Quizá una poesía ensayística, si es que algo así existe, pero poesía de los pies a la cabeza: Godard no diserta sino que arroja ante nuestros ojos un encadenado de imágenes y citas literarias que se disuelven como gotas de lluvia en nuestra retina poco acostumbrada a las tres dimensiones. Late en dichas imágenes el anhelo de una mirada pura e imposible, como la del perro Roxy, que ama incondicionalmente sin preguntarse ni pedir nada a cambio, y también una nostalgia triste por algo que pudo ser y no sabemos si fue, por las palabras no dichas y las sopladas al viento sin encontrar el oído del otro, por las palabras que no se entendieron y las que no se quisieron comprender.

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Pienso que hay películas para las que la crítica de cine tiende a estorbar: su propia naturaleza las hace intraducibles, incluso intolerantes a una descripción escrita. Y si decir intolerancia es decir mucho, digamos que será difícil que el texto que pueda urdir el crítico añada algo a la película o la complemente de una manera relevante. Quizá eso ocurra con muchas buenas películas, pero se note en algunas más que en otras. Sin embargo, la mayoría de películas existen dentro de un circuito: se hacen para llegar a proyectarse en alguna que otra pantalla y, una vez proyectadas, alguien debe dar cuenta de ellas para aconsejar y guiar a quienes quieran verlas. Ante esa responsabilidad, a veces tenemos crisis de fe o nos sentimos muy accesorios: ¿qué os puedo decir yo sobre la última película de Godard? Que me ha gustado, bien poca cosa más. Las palabras que escribo pueden ayudarme a mí a tener una especie de registro de cómo experimenté el filme, pero no sé si os ayudarán a vosotros.

Adiós al lenguaje

Estos días siento una extrañeza similar ante el aluvión de gritos de entusiasmo, textos, estados y tuits que lleva semanas generando Magical Girl (2014), el segundo y estupendo largometraje de Carlos Vermut, que se llevó los premios a mejor película y mejor director en el pasado Festival de San Sebastián. También Diamond Flash (2011), su debut, poseía esa cualidad inextricable, un poderoso sentido del misterio y de la atracción por las zonas oscuras. En Magical Girl esta cualidad aparece más depurada y controlada, aunque persiste una tensión que eriza la piel porque sospechamos que aquello que no sabemos, y que no vemos, es más estremecedor de lo que jamás llegaremos a imaginar. No pretendo establecer paralelismo alguno entre las películas de Vermut y Godard, que no tienen nada que ver; si algo las une es que ambas, cada una desde su intransferible particularidad, no se prestan en absoluto a la parrafada crítica de rigor. Todo intento de reproducir, analizar o exponer su misterio por escrito será insuficiente, palidecerá ante el misterio propiamente dicho, ante la experiencia de ver la película. Sobre Adiós al lenguaje vamos a escribir cuatro gatos, qué más da, pero alrededor de Magical Girl se ha invocado ya una tupida arboleda de nombres y referencias e hiperbólicas aseveraciones que apenas dejan ver y disfrutar el bosque, aunque el bosque sea un laberinto o un puzle al que siempre le faltará una pieza. Aunque a nuestros ojos el puzle parezca completo. Mi consejo es que no miréis demasiado a los árboles: si es posible, que alguien de confianza os vende los ojos y no retire la venda hasta que empiece la película.

Godard enuncia en su película la gran disyuntiva de nuestro tiempo: vivir o contar. Antes que nada, como cantaba Serrat, diría que la gran mayoría somos partidarios de vivir. Pero qué le vamos a hacer, a algunos nos gusta demasiado contar historias, sean las nuestras o las de los demás.