Versión andaluza

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En esta España nuestra aquejada cíclicamente de pulsiones centrífugas y borracheras identitarias el establecimiento de diversos ecosistemas culturales ha devenido consecuencia lógica y, ni que decir tiene, sumamente estimulante de una identidad nacional enriquecedora y heterogénea; toda vez que la tendencia a adulterar el producto cultural con perversos fines propagandísticos constituye, hoy como ayer, un lugar común en la manera que tienen nuestros gobernantes de entender el ejercicio de la política corresponde al ciudadano la labor de ponderar aquellas obras merecedoras de reconocimiento por, entre otros méritos, aprehender una realidad determinada sin verse aquejadas de la temible, por normalizadora, exaltación de la diferencia.

Pese al carácter codificado que se presupone al cine de género, un buen puñado de directores inquietos ha sabido insuflar a esas convenciones particularidades propias, merced al retrato de tipos y ambientes derivado de una mirada personal, definitoria, sobre el territorio de nacimiento o acogida: pienso en cineastas como Bigas Luna y Jaume Balagueró, Pedro Almodóvar y Alejandro Amenábar, Enrique Urbizu y Alex de la Iglesia, entre otros; con independencia del grado de subjetividad de lo narrado, la contextualización de sus ficciones remite a ámbitos reconocibles de Cataluña, Madrid o el País Vasco. A esta ilustre nómina cabe sumar, con todos los honores, a Alberto Rodríguez, que merced a la relevancia alcanzada por sus más recientes trabajos ha conseguido situar el foco sobre una realidad sociocultural ciertamente desconocida allende Despeñaperros.

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El éxito de público y crítica de la excelente Grupo 7 (2012), título bisagra de su filmografía, revelaba un envidiable manejo de los rudimentos del policiaco a los que venía a sumarse, dotándoles de autenticidad, un verosímil retrato de personajes que no escatima profundidad de análisis y suciedad visual, sin regodearse en la degradación física y moral pero tampoco escamoteándola en aras de no espantar a determinado perfil de espectador —lo que tiene su mérito apelando a los condicionantes de producción. Característica esta por lo demás definitoria de la obra de Rodríguez, presente en diversos gradientes en títulos previos como Siete vírgenes (2005) o After (2009), que en Grupo 7 termina por decantar la película, que coquetea en diversos pasajes con el gran espectáculo de vibrante factura, del lado del áspero docudrama.

La resaca de la Movida llenó las ciudades españolas de drogadictos y trapicheos, y en la maltrecha Sevilla que se preparaba para la Expo del 92 tocaba limpiar las calles de rateros y putas: el hiperrealista retrato de la ciudad que no sale en las postales, sus desvencijados barrios y polígonos, la suciedad ambiental apoyada en las veristas caracterizaciones —con mención especial para dos excepcionales Joaquín Núñez y Julián Villagrán— y las excelencias del apartado artístico, todo ello posibilita un progresivo enrarecimiento de la atmósfera del relato que acaba afectando a los integrantes de la brigada policial, en especial al bisoño chavalote encarnado por Mario Casas, que por su incorporación a una realidad que le es ajena constituye los ojos, y con ellos la conciencia, del espectador; lo que eran convicciones profundas y amor conyugal termina por convertirse, conforme avanza el metraje y con este la década, en relativismo moral y obsesión, rayana en la neurosis, por el caché que aporta el dinero. Y las cabeceras de los periódicos.

En el profundo Sur

A escasos 100 kilómetros de la capital andaluza el ancho Guadalquivir culebrea entre marismas, cañaverales y pequeñas islas. La onmipresencia de agua y sol castiga a los lugareños con calor húmedo, sofocante. Ambientada en un arquetípico Sur profundo, que no es el del Mississippi River pero nos queda más cerca, La isla mínima (2014) se articula a partir de dos niveles de lectura: el primero, narrativo, recrea con suma atención por el detalle la investigación llevada a cabo por dos policías de Madrid —encarnados por Javier Gutiérrez y Raúl Arévalo— en pos de un sanguinario asesino de niñas, con el fantasma del tardofranquismo asomando tras cada nueva pesquisa. El segundo nivel, definámoslo como preternatural, se mantiene agazapado tras la niebla nocturna, espesa vegetación y puertas atrancadas de cortijos (aparentemente) abandonados, esperando para manifestarse en cuanto sea convocado. La subyugante plasmación de este magma ancestral, con el que conviven como buenamente pueden los habitantes de un ecosistema hostil con sus propios vástagos, termina por apoderarse del último filme de Alberto Rodríguez, convirtiendo su visionado en una experiencia sensitivoemocional, cinematográfica en la expresión más pura, vivencial, del término.

De hecho, sorprende que sus cabezas visibles hayan incidido fundamentalmente en las connotaciones políticas de la obra durante su promoción, cuando no deja de ser un elemento más del conjunto —ni mucho menos el más destacado— tan afinado como el preciso guion, las ajustadas interpretaciones o el sobresaliente apartado artístico; ¿Será que esta fascinante realidad está presente de algún modo en el inconsciente colectivo de Rodríguez y su equipo, y sin ser del todo conscientes del enorme logro que supone conferirle entidad fílmica se han limitado a atraparla, subjetivada a partir de la mirada de técnicos y director, dentro del encuadre? Sea como fuere, esta presencia galvanizadora que late tras una puesta en escena sutil, contemplativa de rostros y paisajes cuando no es abruptamente cortocircuitada por imágenes truculentas y viscerales estallidos de violencia, contribuye poderosamente con el fluir de los minutos a un extrañamiento de la atmósfera narrativa que, como en el mejor David Lynch, difumina sotto voce las barreras que separan nuestro mundo del otro, expandiendo por añadidura los márgenes de conciencia del espectador que se deje arrastrar a ese limbo de inciertos contornos, primero inesperado, progresivamente más perturbador.

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La logia a la que da acceso La isla mínima, prolongación natural de un microcosmos ajeno en su desconcertante irrealidad mora en la mirada abisal de Jesús Castro, turbadora e hipnótica como la de una Cobra dispuesta a abalanzarse sobre su acongojada presa; la muerte agarrada a las entrañas de Juan (Javier Gutiérrez) —¿penitencia por los pecados cometidos?— que la vidente de la barcaza del río atisba mientras destripa con destreza un pescado, secuencia de resolución tan portentosa como la prodigiosa persecución tras el Citroen blanco del asesino, que aparece y desaparece como si, literalmente, se lo hubiera tragado la noche. La grandeza de esta obra total estriba en su exquisita apropiación de los códigos del thriller policiaco como vía para profundizar en un universo atávico y cruel, donde la maldad emana de la propia tierra, anidando en los corazones de sus moradores, determinando comportamientos y actitudes. Toda una metáfora, al fin y al cabo, de la España que aún no había despertado plenamente de la pesadilla de la dictadura, cuyos lejanos ecos se perciben, de fondo, donde acaba la naturaleza y comienza la civilización. Como lejana es la mirada del demiurgo imperturbable que, en panorámicas aéreas de pictórica belleza, se diría que observa indolente el devenir de los acontecimientos.

Una historia de tan poderosas resonancias telúricas tenía que acabar con los protagonistas desamparados bajo la lluvia incesante, recibiendo disparos que no saben de dónde proceden, acosados por el ente devorador de niñas que oculta su rostro con un gran capuchón negro. De entre los incontables méritos de La isla mínima destacaría especialmente, en un tiempo en que el cine está perdiendo la batalla del prestigio respecto de las series de televisión, la síntesis propiciada por sus ajustados 105 minutos de duración, que dejan a la elección del espectador inquieto proseguir a su manera la narración, fabulando con aspectos del tapiz argumental que no se le han dado pormenorizadamente cocinados, masticados y deglutidos. Con su último trabajo, merecedor de todos los honores habidos y por haber en este 2014 especialmente potente en lo que respecta a la cinematografía nacional, Alberto Rodríguez eleva la apuesta de su filmografía hasta límites insospechados, prosiguiendo con la decidida exploración de un contexto sociocultural tan inequívocamente andaluz en sus múltiples particularidades como irrenunciablemente universal.