Saltar sobre un colchón raído

«La gente se debía entre sí ciertas lealtades aunque no estuviese casada»
–Charles Bukowski

Baja marea (cartel)En Stop the Pounding Heart (2013), el que es su último largometraje hasta la fecha, la cámara de Roberto Minervini se colocaba a una distancia prudencial de Sara, una joven educada en unas férreas convicciones religiosas, que ella misma empezaba a cuestionarse. El cineasta italiano afincado en EE.UU. urdía una ficción mínima, apenas insinuada, con personas reales en un escenario real: una granja familiar en Texas, en la que crecen Sara y sus once hermanos, cuidadosamente resguardados de influencias externas por unos padres devotos que los educan allí mismo, prescindiendo de escuelas. Lo que hacía valiosa la película era la mirada franca y calma con la que Minervini observaba a esas personas, sin juzgarlas, permitiendo que se expresaran y ofrecieran al espectador unas pinceladas de su vida en esa granja.

El pasado viernes (28-11-2014), el cine Zumzeig de Barcelona estrenó Baja marea (Low Tide, 2012), la película anterior de Minervini, segunda entrega de una trilogía tejana que se completaría con Stop the pounding heart y que empezó en 2011 con The passage. También en Baja marea, el director emplea actores no profesionales y persiste esa forma de mirar, de corte algo antropológico, que sigue a los personajes en sus quehaceres cotidianos para revelarnos cómo son y a qué clase de problemas se enfrentan. Es un filme más pautado que Stop the Pounding Heart, casi una película de cámara que bascula alrededor de dos personajes, una madre y un hijo, que tratan de sobrevivir a una realidad inhóspita. La madre, en verdad, parece más allí que aquí, más muerta que persona. Y será el chaval quien nos guíe a nosotros a través de una película que arranca algo hermética, como un túnel del terror de estar vivo o un sótano oscuro y sin electricidad ni teología alguna. Sin esperanza ni desvíos inesperados: por ejemplo, Minervini filma siempre de la misma forma al niño yendo en el coche de su madre, a ayudarla en el trabajo. Minervini filma la rutina, la cotidianidad, en tomas de duración justa. Algunas de ellas hermosas, de gran fuerza visual. Nos familiarizamos con los paisajes de ese lugar, con la casa en la que viven, con algunos cielos cuya inmensidad no siempre aporta consuelo. Nos familiarizamos también con una relación madre/hijo que parece más bien la que tendrías con un compañero de piso al que no ves mucho. Una relación parecida a la que se describía en Sister (L’enfant d’en haut; Ursula Meier, 2012), película con la que Baja marea guarda más de un paralelismo.

Es sencillo explicar lo que hace esta película, lo que cuenta. Lo hizo, en muy pocas palabras, el amigo con el que fui a verla: no lo dijo con las palabras que usaré yo, pero dijo que Baja marea es la historia de un niño tratando de encontrarle, o de darle, un sentido y una moral a todo esto. Y cuando digo todo esto, me refiero a todo esto: a este páramo mísero y mezquino en el que nos obligan a vivir. El chico del filme, que no tiene nombre porque su nombre no importa, es sólo un chico, no se resigna a bajar la cabeza y languidecer, sino que trata de crecer, de jugar, de sentirse libre, de ser comprensivo, de apoyar a su madre aunque esta no lo merezca en absoluto, de dibujar una sombra de dignidad en su pequeño infierno. Hubo algún momento en el que la película de Minervini se me hizo algo antipática, en el que parecía querer ensañarse en lo crudo y lo decadente (¿qué aporta, pienso, filmar a ese señor que chochea en el bingo del hospital?), pero luego me topaba con instantes de insólita ternura, siendo el más insólito de todos el final de la película, uno de esos momentos de calma entre tormenta y tormenta. Es en esos momentos y en aquellos en los que el chico se las ingenia para divertirse un poco, saltando sobre un colchón raído o remojándose rodeado de pequeños peces, donde cabe hallar el corazón de una película que observa y se pregunta si no deberíamos intentar entendernos y tratarnos un poco mejor los unos a los otros. Aunque el mundo sea el que es.