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Algunas personas nacen sin alma alguna. Incapaces de dotar de significado a sus vidas, pasan el tiempo esperando que llegue un día cualquiera que tenga alguna significación particular —un cumpleaños, una festividad, un evento especial— para, una vez sumergidos en él, comenzar a pensar de forma indefectible en el siguiente; esos muertos en vida atraviesan su existencia como la sombra de los días que deshojan sin pensar en la posibilidad de que haya algo más profundo que la pura subsistencia. No debería extrañarnos su existencia. Aquellos que nacen sin alma, que nacen muertos aunque vivan ochenta años, deambulan por el mundo sin ver la belleza de cuanto les rodea, consumiendo y defecando y jodiendo en una rutina que en nada se diferencia de la de un animal cualquiera, con la diferencia que a éstos no podemos adoptarlos como mascotas. Se ofenderían si lo hiciéramos. Se ofenderían incluso siendo zombis, muertos andantes, cuyos ojos no esconden más que el vacío primordial de la total ausencia de aquello que les hace humanos: lo llamemos alma, consciencia o existencia.

No sólo ocurre con las personas. Algunas películas nacen muertas no porque sean fallidas o estén tan mal formadas que su nacimiento sea inviable, sino por el simple hecho de que carecen de cualquier clase de alma. En el caso de Big Eyes (id., Tim Burton, 2014) resulta evidente que lucha por respirar, por encontrar un motivo para estar viva, pero al final le puede la más abrumadora de las perezas: como si su propósito fueran como las promesas de año nuevo, que se emprenden con una convicción que no somos capaces de mantener durante el resto del año. Quiere tener una razón para vivir, pero su motivación se pierde por el camino.

Big Eyes narra la historia de Margaret Keane, una pintora que en los años 50 logró un gran éxito pintando personajes de ojos voluptuosamente grandes —lo cual es excepcional porque, en aquella época, el arte figurativa estaba visto como algo demodé entre la crítica especializada— gracias al trabajo de marketing de su marido, Walter Keane. El problema es que, al firmar como Keane, Walter se encargó de hacer saber que en realidad los cuadros eran suyos y no de su mujer. Es, por tanto, la historia de una mujer encerrada en la pesadilla patriarcal. Las chicas de ojos grandes son la creación de Margaret, una mirada hacia el interior de su alma, pero son violadas de forma constante a través de la mercantilización de las mismas: primero, negándole a ella su autoría «porque la obra de una mujer no vende»; después, reproduciendo su obra en masa para generar más beneficios. Aunque con ello se pierda su aura. Pérdida que Burton nos hace saber a través de relacionar de forma constante las chicas de ojos grandes, de ojos infinitamente tristes, con Margaret —interpretada por una fabulosa Amy Adams, la única persona que está realmente fabulosa haciendo su trabajo en esta película— a través de un montaje repetitivo, torpe y poco arriesgado.

Repetitivo, torpe y poco arriesgado, pero con un trasfondo evidente. Aunque el papel de Walter Keane está mal resuelto por un Christoph Waltz histérico e irritante de forma innecesaria —demostrando, en el proceso, la confusión que tiene Tim Burton en la actualidad al confundir entre «estilo personal» y «burda caricatura de sí mismo» en la dirección de actores—, los guionistas evitan en todo momento cargar tintas sobre el recurso fácil, hacerlo ver como un monstruo machista unidimensional, para darle una vuelta de tuerca interesante: es un sociópata narcisista incapaz de comprender la realidad, pero también es un vendedor excepcional. El monstruo de la historia no es ninguno de los Keane, es el mercado. Lo único que hace Walter es poner en circulación la obra de su mujer, apropiándosela por ego, y poner en relación todos los mecanismos clásicos del mercado: crear necesidad del producto, darle publicidad y reproducirlo de forma mecánica. Nada nuevo, nada que no conozcamos desde Walter Benjamin o Guy Debord, pero perfectamente representado en el drama de una mujer aplastada por una presencia patriarcal que no es machista, sino mercantil.

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Como crítica a la industria artística Big Eyes es un ejercicio brillante. ¿Cómo nos lo demuestra? A través de su ejemplificación: primero, convierte las niñas de ojos grandes en productos de deseo a través de hacerlos ver como objetos cotizados —bien sea por un conflicto con su expositor, bien sea regalando cuadros a celebridades de toda clase—, para después dar publicidad al producto —primero a través de crear la necesidad en sí, después abriendo su propia galería de arte— y, finalmente, aprovechando la reproducción mecánica para vender más —porque los cuadros son tan únicos como caros, pero una postal o un póster siempre será una mínima inversión por algo que creemos cotizado. Todo ello cimentado sobre el espíritu de Margaret Keane.

Es evidente que Tim Burton se siente identificado con ella. Con su espíritu aplastado por un mercado que ha reproducido en masa su obra, parece no percatarse de la ironía que la propia película expresa con brillantez: las obras de Keane son naïf, burdas, malas. Carece de técnica y su alma es escasa, porque nunca hizo nada salvo reproducir el escaso mundo que conocía: su hija, su tristeza, su vacío mundo de los suburbios americanos. Las obras de Keane fueron populares no porque fueran buenas, sino porque se ajustaron a la perfección a la lógica de mercado.

De algún modo, Big Eyes hace de su subtexto la crítica perfecta sobre sí misma. Y sobra la carrera de su director. Cualquier otro que no fuera Tim Burton no hubiera podido sentirse identificado de una forma tan profunda con Margaret Keane, la mujer que con un talento menor consiguió convertir material de derribo en algo considerado por la mayoría como arte auténtico. O al menos lo consiguió durante la década y media durante la cual logró ser popular para, después, producir lo que son consideradas sólo repeticiones y obras menores. A lo cual Big Eyes no es una excepción. Técnicamente la película es digna de sobremesa de domingo, salvo por los tics histéricos de un Tim Burton que ya parece incapaz de formular una película sin imitarse a sí mismo, sin acabar haciendo el ridículo pareciéndose más a los jóvenes indies que le imitaban en los 00’s que al joven talento que una vez fue. O que una vez nos prometieron que era, creándonos una necesidad muy bien publicitada y, después, reproducida de forma mecánica.

Hubo un tiempo en que nadie se hubiera atrevido a decir que Tim Burton carece de alma. Tiempo lejano, indómito, extraño, incluso cuando nos es mucho más cercano de lo que nos gusta recordar, porque para algunas cosas nos conviene hacer como que no tenemos alma para no sufrir de más, para no caer derrotados ante la decepción de aquel que o nunca tuvo alma o permitió que la aniquilara la época de la reproducción mecánica. La fuerza del patriarcado en forma de la lógica de mercado.

Hubo un tiempo en que nadie se hubiera atrevido a decir que Tim Burton carece de alma, pero ese tiempo no es el nuestro.