Dios y el Diablo en la tierra del vodka

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Incompetencia profesional, corrupción, presidentes que se perpetúan saltando desde el comité central a un partido supuestamente democrático, abuso de poder, censura y violación repetida de derechos humanos, infiltración de mafias en cuerpos del estado, connivencia de gobierno con lobbies, estados fallidos… la evolución es desesperanzadora y escalofriante y parece ser una realidad en buena parte de los países de la órbita soviética (o en buena parte del territorio de muchos de ellos), de países “europeos” a Asia Central. No somos el mejor modelo a seguir (gracias a políticas abanderadas desde el Gobierno y el Ministerio del Interior, con la ley mordaza, la falta de transparencia en los centros de extranjería y las devoluciones en caliente); pero como mínimo, hasta ahora, podemos escribir estas líneas, tuitear o manifestarnos sin miedo a que alguien nos espere frente a nuestra casa, nos meta en un coche y nos haga desaparecer…  En los últimos meses el cine nos ha dado la oportunidad de contemplar esta realidad en no menos terribles historias de diversa nacionalidad. La kazaka Harmony Lessons (Uroki garmonii, E. Balgazin, 2013), la ucraniana The Tribe (Plemya, M.Slaboshpitsky, 2014) o la rusa The Major (Mayor, Y. Bykov, 2013). En todas ellas se mostraban diversos aspectos de lo citada anteriormente. Harmony Lessons ponía en evidencia cómo las mafias se infiltraban en los institutos y modelaban a los jóvenes, a la futura sociedad, según sus intereses, rompiendo el alma de quienes se quisieran oponer. Con algún pasaje de desconcertante poesía, era un brutal muestra de una terrible realidad y para mi gusto superaba a la multipremiada The Tribe. Esta por su parte, reflejaba también cómo la corrupción y la maldad anidaban desde las edades más jóvenes en Rumanía. En este caso el protagonista se adapta pronto a la violencia y al patrón mafioso existente en un internado para sordomudos en el que impera la extorsión, el contrabando, el proxenetismo, la prostitución y, por encima de todo, la violencia. La rusa The Major sería un borrador de Leviathan, con el enfrentamiento entre un obrero contra el cuerpo policial y la ocultación por parte de alcalde y policía de los motivos del conflicto y del curso del mismo; desafortunadamente la cinta se hundía en su torpe intento de emular el estilo de thriller occidental.

Leviathan, con menos cadáveres y tiroteos, reproduce buena parte del esquema argumental de The Major, con mucho mejor fortuna gracias a una puesta en escena y una planificación exquisitas. Se abre con imágenes en penumbra de una costa rocosa antes del amanecer. Las olas rompen con fuerza y aquí y allí se nos permite observar restos de construcciones o estructuras de barcos. Si la Naturaleza es de una belleza amenazadora, la presencia humana es caduca. En este contexto se nos presenta a  Kolya, mecánico de automóviles, enfrentado al alcalde que maquina un proceso de desahucio ilegal para utilizar el terreno con fines lucrativos. Con calma, evitando subrayados, trabajando el fuera de campo y la elipsis, se nos presenta a los otros personajes del conflicto. A su actual esposa, obrera de la conservera local, harta de conflicto y rechazada abiertamente por el hijo de Kolya; a Dimitri, amigo de Kolya, abogado moscovita que viene confiado de su poder para derrotar al corrupto alcalde mediante un chantaje; y, por fin, al propio alcalde, un alcohólico obeso, despótico e inseguro de sus métodos mafiosos ante los ojos de Dios pero prepotente ante los conciudadanos o trabajadores a los que trata de súbditos. La implacable dirección nos presenta a todos y cada uno de los personajes de modo certero, sin una palabra o un plano de más, con la suficiente precisión para entender, progresivamente, los motivos que les mueven.

Si durante unos instantes creemos en que el plan de Dimitri va a funcionar no tardamos en entender que  están pidiendo un imposible. Kolya reivindica sus derechos sobre una casa y un terreno que son ancestralmente suyos; pero es, simplemente, un pobre diablo, tan dado al vodka como todos los demás y que no atiende a razones. Su pareja es el nudo del conflicto dramático, atrapada entre la lealtad a su marido y su deseo de huir de la pesadilla en que están sumidos. Dimitri, tras su capa de eficiencia, demuestra vanidad y un gran desconocimiento de la realidad rusa, más allá de las calles y la modernidad moscovitas. El alcalde, ogro implacable, es presentado en sus conversaciones con el Pope, no sólo como un hipócrita sino realmente como un personaje monstruoso al que sin embargo otros poderes superiores pueden manipular. Si Harmony Lessons impactaba por su denuncia  del sistema mediante las escenas de violencia, Leviathan va mucho más allá porque describe perfectamente cómo el sistema puede pervivir, puede crecer, con la combinación de ignorantes, personajes que parecen ajenos a la realidad, poderosos y débiles. Leviathan es el sistema y es, como cita un pope, una criatura a la que no se puede vencer o frenar.

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Sin embargo, Zvyagintsev no se limita a tan detallada descripción de personajes y va afortunadamente más allá de lo que hacen numerosas obras de denuncia. La puesta en escena mantiene la tensión del primer al último plano con una sensación de inminente catástrofe, de arranque de violencia, que no tendrá lugar más que en dos o tres situaciones y que es narrado fuera de campo o a cierta distancia. La tensa conversación entre los dos contendientes, totalmente borrachos, en el patio de Kolya, el picnic que sigue la tradición bañado en vodka y  en el que se reparten subfusiles o el ataque a Dimitri, contemplado desde el exterior del vehículo, son excelentes ejemplos de ello.

Con la tragedia cerca de su final, el alcalde, el personaje más siniestro pero también el más complejo, comenta “Dios lo ve todo”. Como Vito Corleone, se aferra a la tradición, a la familia y a la religión, pese a desarrollar sus oscuras y bárbaras maquinaciones. Quizás estaría más tranquilo si recibiera algún castigo. Pero esta desazón forma parte de él y del mundo en el que vive, dónde un diablo como él ha podido medrar y campar a sus anchas. Es cierto, Dios lo ve todo pero no hace nada por evitarlo. La religión ya no es el opio del pueblo. El vodka es más accesible.

Cerrando un círculo, Leviathan concluye en lúgubre tranquilidad. Los restos de barcos, el esqueleto de la ballena, siguen en su lugar, varados, como toda esperanza de cambio…

P.S. En el momento de escribir estas líneas, el rublo se devalúa y numerosos analistas dan a entender que la crisis del petróleo se orienta a la caída de Putin. Este, por su parte, alerta de las injerencias exteriores a la par que asegura la cárcel para sus rivales políticos. Tomemos nota.