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Hubo un tiempo remoto, tiempo más allá de lo que la novedad inmediata y la mala memoria para la historia del medio nos permiten recordar, en que el found footage era un terreno reservado a la experimentación estética, cuando no ideológica, de autores más próximos a la esfera política o artística que a la industria del cine. Todo eso cambió con la llegada de El proyecto de la bruja de Blair (The Blair Witch Project, Eduardo Sánchez y Daniel Myrick, 1999). Inundados de subproductos de terror con las limitaciones presupuestarias por bandera, convirtiendo el found footage en el nuevo DIY —debido, en parte, a la inevitable decadencia de las producciones de presupuesto medio, antiguo hogar del cine de género—, la temática del «material encontrado» ha acabado convirtiéndose en subgénero en sí mismo con el paso del tiempo. El problema es que, a la luz de La pirámide (The Pyramid, Grégory Levasseur, 2014) no parece que hayamos avanzando demasiado, si es que hemos avanzado algo, desde el éxito de El proyecto de la bruja de Blair.

Todo comienza con un equipo de arqueólogos estadounidenses con tecnología punta decididos a investigar una antigua pirámide hasta entonces desconocida en medio del desierto egipcio. Desoyendo a las autoridades competentes y al sentido común, deciden adentrarse en ella para descubrir horrorizados la verdad que contiene dentro de sí: el interior es un complejo laberinto que lleva siglos sellado, pero no por ello significa que estén allí solos. A partir de esa premisa, La pirámide explota punto por punto los rasgos del cine de terror post-Blair: la atmósfera de terror como preludio para el susto fácil, la cámara en perpetuo movimiento y la primera persona como principal recurso de tensión —cosa que también ha explotado en los últimos años el videojuego, con mucha más fortuna— para desgranar la búsqueda de una salida que, en primera instancia, nunca estuvo ahí. Ni narrativa ni cinematográficamente hablando.

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El problema es que, de entrada, es imposible entrar en La pirámide. Como producto de entretenimiento, ya que sólo pretende funcionar en ese nivel, es confuso, extraño, torpe: intenta satisfacer el morbo, el interés de lo que habrá detrás de cada esquina, pero fracasa miserablemente al darnos un calco exacto de nuestras expectativas sin saber meternos en tensión o sorprendernos en lo más mínimo; está hecha con tiralíneas, sin atender siquiera a la posibilidad de hacer algo diferente. Ni los personajes son interesantes ni los villanos tienen personalidad ni el found footage hace más verosímil o real el resultado, haciendo que cualquier interés que pudiéramos tener por el interior de la pirámide se diluya lentamente.

Incluso si hiciéramos un tremendo esfuerzo de abstracción para pasar todos sus problemas por alto, nos encontraríamos con un hecho incontestable: la película nos resulta demasiado familiar. No es que copie a nadie, pero todo en ella nos resulta demasiado cercano. Como exploit menos encubierto de The Descent (id., Neil Marshall, 2005) de lo que él mismo desearía, encontramos varios paralelismos: los mismos puntos de giro, la misma carga dramática, la misma atmósfera opresiva; la diferencia entre ambas películas es que donde Marshall hace un elegante trabajo de orfebrería jugando con pequeños tintes de drama en un contexto hostil, desquiciado, haciendo tan oscuras las estancias por las que se mueven como las extrañas criaturas a las que se enfrentan; Levasseur intenta hacer lo mismo, pero se queda en dar palos de ciegos a través de una narrativa inconsistente y decisiones de cámara carentes de sentido. Donde el original estaba cargado de metáforas, decisiones arriesgadas y un pulso bien medido, la copia es un quiero y no puedo de sus virtudes.

Tomar como base creativa obras anteriores no tiene nada de malo, no cuando se mejora o se varía el resultado con respecto del original, pero resulta problemático cuando la obra de referencia hace lo mismo que la copia de un modo mucho más refinado. Entonces la copia resulta injustificable. ¿Podríamos achacar, en este caso en particular, que la mayoría de sus problemas vienen dados por su evidente ausencia de presupuesto? Sólo hasta cierto punto. Los problemas narrativos no son dependientes del presupuesto, ni el montaje creativo, siendo amables, puede justificar el hecho de que, en ocasiones, haya planos que sea imposible que nada ni nadie haya registrado dentro de la pirámide. Y si hablamos de un found footage, lo mínimo es mantenernos dentro de las reglas del juego.

Perezosa, formulaica, deslavazada. Si no existiera el trabajo de Neil Marshall podría pasar por un entretenimiento veraniego para jóvenes poco exigentes que quieran un chute de terror de digestión rápida, pero sus fisuras se antojan grietas estructurales a la luz de mamá The Descent. Ni experimentación ni riesgos, sólo el bostezo de un Egipto que se merecía más.