Forjar un mundo

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El blockbuster contemporáneo parece dividirse en dos líneas: de un lado, el deseo de crear una serie de cosmogonías que permitan expandir durante años el potencial de las franquicias más rentables comercialmente; del otro, la voluntad de forjar un mundo, un lugar, la experiencia de una realidad. De la primera veta dan fe los ambiciosos planes de producción trazados alrededor de Marvel, Star Wars o los personajes de DC, cuyas fases de explotación cuentan con una estrategia de estrenos a medio plazo. En cambio, esa idea de forjar un mundo es, fundamentalmente, el canon que ha impuesto Disney a la revisión de su propio acervo cultural, que tiene en Tomorrowland. El mundo del mañana (Tomorrowland, Brad Bird, 2015) su versión más definida.

Durante estos últimos años, Disney no solo ha actualizado su fondo clásico, con revisiones de Alicia en el país de las maravillas, La bella durmiente o Cenicienta, sino que ha cimentado un sentimiento de inmersión en ese universo: ahí quedan la llegada del joven Flynn al universo de Tron: Legacy (id., Joseph Kosinski, 2011), la extraordinaria secuencia que precede al desembarco en Oz, un mundo de fantasía (Oz the Great and Powerful, Sam Raimi, 2013) o el amuleto que permite al protagonista de John Carter (id., Andrew Stanton, 2012) viajar hasta Barsoom. Momentos, todos ellos, no solo iniciáticos, sino también visualmente poderosos, en los que se remarca la sensación de haber traspasado una frontera para penetrar en un espacio único. Momentos que Tomorrowland plasma de manera bellísima, con la llegada del pequeño Frank Walker al mundo del mañana. Una experiencia visual, visceral, arquitectónica y emocional en la que Brad Bird pone la cámara a la altura de los ojos de su personaje para capturar hasta el último detalle de ese mundo insólito de elipses, líneas suaves, ingenios voladores e inocencia recuperada.

Tomorrowland transforma la utopía digital que reflejaban los universos sintéticos de Tron o las evocaciones fantasiosas de Oz en una utopía urbanística. Un mundo del mañana construido como refugio ante el cataclismo de la tierra, colonizado por niños robot que han aprendido a vivir en el país de Nunca Jamás. Como una extensión refinada del parque de atracciones, en el que el cemento y el cristal, el lago artificial y la zona ajardinada, sustituyen al píxel y al cartón piedra para proponer un escenario en el que la fantasía encuentre dónde echar raíces. La experiencia de esa realidad que los ojos de Frank Walker recorren después de subirse a una de las atracciones de la exposición universal. La experiencia de esa realidad que, años después, Casey vive como una ilusión, como un teaser de bienvenida a otro mundo que visiona tras entrar en contacto con el pin. La experiencia de otra realidad que Brad Bird pone en escena de manera ambivalente, con esa diferencia entre el candor —del Frank niño— y el escepticismo —de la Casey adolescente— que solo parece posible romper con la recuperación del encanto perdido de la fantasía. Como un mundo (el de Disney) que solo podemos vivir si aceptamos sus propias reglas, sus propios raíles, en el que la fantasía pierde su carácter individual para asimilarse a una experiencia colectiva.

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Uno de los puntos más interesantes de la película radica en la reflexión que esboza sobre el control mental, como si el colapso de la humanidad fuese el resultado de una estrategia de comunicación dirigida a fomentar la naturaleza destructiva de las personas. No en vano, la sociedad de control aparece retratada con esos agentes de sonrisa artificial destinados a mantener en secreto la existencia de Tomorrowland; las cámaras de vigilancia que surcan la casa del Frank maduro al que interpreta George Clooney; o los drones y los ataques informáticos que lleva a cabo Casey para evitar el cierre del último proyecto en Cabo Cañaveral. Frente a todos ellos, el mundo del mañana representa una arcadia en la que el tiempo es, más que nunca, relativo y la imaginación proyecta un ideal de progreso a través de las abigarradas construcciones arquitectónicas que lo presiden. Imagen fabulosa de ese futuro que ya no crece hacia arriba, sino que se esparce, disemina y entremezcla para dibujar otro horizonte posible. Sin embargo, cuesta creer que en la crítica del filme no haya también un poso de autorreflexión, un discurso sobre los mecanismos que Disney ha empleado para asentarse en el imaginario y en la iconografía de la inocencia y la fantasía infantil. Una crítica en la que la insistencia por recuperar el sentido de la maravilla, que baña cada escena de la película de Bird, parece, más que nunca, la necesidad por emancipar a ese Tomorrowland de las ficciones que lo han precedido. A presentarlo como modelo para una futura planificación urbana en la que el parque de atracciones se convierta en un espacio en el que vivir, no solo en el que disfrutar. El proyecto de una ciudad alternativa.

Las nuevas ficciones de Disney tienen en común esa especie de pacto fáustico que establecen a varias bandas, entre su propio legado, el acervo cultural popular y el público. En Tomorrowland, el mundo del mañana nace del sueño compartido entre Edison, Tesla, Eiffel y Julio Verne —el diseño, la comunicación, la energía y la fantasía—, mientras que en John Carter era la criatura de ficción creada por Edgar Rice Burroughs la que demandaba a su autor que recogiese sus aventuras. Si Tron: Legacy nos decía que los personajes de un primitivo arcade aprenden a leer con los libros de Jules Verne, Brad Bird nos dice que el mundo del mañana se forja como un sueño que nuestros padres nos cuentan antes de dormir; la prolongación de esa atracción de feria, la realidad detrás del vídeo corporativo, el diseño urbano radical que se describe como una experiencia única. Frente a la cosmogonía que Marvel ha planteado para llevar a la pantalla a sus personajes de cómic, Disney apuesta por un camino alternativo. Convertida en Wonka, en Oz, en Walt o en Albert Speer, nos invita a rastrear en las ruinas de lo real, en este presente abocado al colapso, la semilla de un mundo del mañana que ha devenido una utopía urbanística. La experiencia de la ciudad del futuro. Una experiencia que las imágenes de Tomorrowland forjan bajo la añoranza del encanto perdido de la fantasía.