El refugio

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A menudo nos faltan las palabras para explicarnos, el hilo del que tirar para desenrollar la madeja de pensamientos apelotonados en la cabeza. Balbuceamos apenas un murmullo, como si hablásemos en un idioma extranjero. O como si nos hubiésemos olvidado del propio. Las conversaciones son breves, cortantes, un entrechocar de frases que nunca parecen ir a ninguna parte. Las miradas se pierden y la confianza se ahoga. Queda un último refugio en el que mantenernos a salvo de todo aquello a lo que no sabemos si podremos enfrentarnos. Ese que construimos al juntar nuestras piernas y brazos. El escudo que nos sirve como parapeto para bregar con la frustración de la que tanto cuesta desembarazarse. Para tolerar la falta de respuestas, la falta de asideros a los que agarrarse. Para sentir cómo la tristeza avanza lentamente por dentro, como una hemorragia interna que no se puede detener. Para acompañar a ese momento de dolor al que nos negamos a poner nombre porque, de alguna manera, aún no estamos preparados para asumir lo que ha pasado. Lo que se ha acabado. Lo que no va a volver.

El camino más largo para volver a casa (El camí més llarg per tornar a casa, Sergi Pérez, 2015) explora ese momento de congelada inmovilidad en el que su protagonista, Joel, ve el vacío que tiene en su interior. La cólera antes del duelo. Los recuerdos cada vez más difusos. Los sonidos familiares que rebotan entre los muebles, en una casa demasiado silenciosa. La cámara lo filma desde la distancia, le concede un poco de privacidad. Todavía no sabe cómo acompañarle, tiene miedo de ser excesivamente invasiva, como cuando titubeamos, y amagamos una respuesta, ante el dolor de los demás. Por esa mezcla de pudor y de temor a equivocarnos. Por ese sentimiento de que en muy pocas ocasiones la intimidad queda tan sobreexpuesta. Por esa amargura. De ahí que en sus primeros compases Sergi Pérez siga varios pasos por detrás a su protagonista, preocupado por todo lo que dicen de él sus erráticos movimientos por la casa. En ese equilibrio tan precario que confiere la tristeza.

Joel encuentra a su perro, Elvis, deshidratado en el lavabo. No es capaz de recordar cuánto tiempo ha pasado sin beber ni alimentarse, sin beber ni alimentarle. Elvis es el último signo de vida, el eslabón final, que le mantiene atado al recuerdo de su mujer. Como ese bolso relleno de cosas que hablan de experiencias pasadas, de vivencias perdidas, que Joel se echa al brazo en busca de ayuda para su mascota. En busca de algo, de ese algo impronunciable que aligere su peso, su dolor, su intimidad. Que le proporcione otro refugio más eficaz que el que ha construido con su cuerpo porque con él ya no es capaz de resistir las embestidas de la tristeza. O los intentos de su familia para acompañarle en un sentimiento que no se deja guardar así como así, que le arrastra del pelo y se hunde en su pecho como el peor ataque de ansiedad. Para el que no tiene respuesta porque, tal vez, ni siquiera la haya. Solo silencio.

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A cada escena que pasa, El camino más largo para volver a casa no puede esconder la desazón que embarga a su protagonista, esa vida interrumpida que le lleva de un lugar a otro, de una persona a otra, de un encuentro al siguiente. De su hermano a un amigo, de un amigo a una chica con la no puede tener un polvo rápido, de esa chica a Elvis. A ese Elvis del que intenta olvidarse, al que preferiría no compadecer, porque la herida visible que muestra el animal es, precisamente, la que él tanto se afana en esconder. En negar. En ocultar a la vista de los demás. Esa herida que, ahora sí, la cámara filma en su desnudez, pegada a la espalda de un protagonista del que ya no se puede separar. Porque ha elegido recorrer el largo camino, porque es su compañía el último refugio que le queda a Joel; la última muestra de calor, antes de aceptar que una parte de su vida se ha descompuesto y hacen falta nuevas palabras, nuevas experiencias, para recomponerla.

La relación de Joel con su perro, al que abandona y veja, al que detesta pero sin embargo nunca deja de buscar, dibuja no solo la difícil tarea de lidiar con la pérdida sino también de aceptarla. La muerte ajena nos ha acostumbrado a perder a la fuerza, sin oponer una resistencia que iguale la pugna. Nos quita la palabra, nos obliga a recordar, a redecorar las vivencias, a maldecir, a aprender a echar en falta. El camino más largo para volver a casa es una exploración de ese sentimiento de dolor para el que nos empeñamos en dar muchas definiciones pero que, en cambio, solo comprendemos cuando nos sucede, cuando lo sentimos. Cuando no tenemos hilo del que tirar para desenrollar la madeja ni palabras para explicarnos. Cuando nos abrazamos, hasta casi hacernos daño, en ese refugio precario que hemos encontrado en nuestro cuerpo. Por eso, precisamente, resulta tan bella la coda de este filme. Porque, por esta vez, su protagonista puede tomar una decisión, nada se la arrebatará. Que viva. Que siga viviendo. Avanzar, lentamente, a través de la tristeza que forma parte de la mitad perdida de su vida. Escuchar el silencio. Probar la amargura. Curar la herida. Iniciar el duelo. Construir un nuevo refugio. Esperar sin saber qué va a suceder. Volver a empezar. Intentarlo. A ver qué pasa.