Los vivos y los muertos

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A diferencia de otros colegas de generación, James Wan siempre ha entendido el cine de horror con ánimo revisionista. En lugar de trasladar al presente discursos añejos, estética de la nostalgia, Wan cuestiona su eficacia y discute si todavía se puede poner en escena a la manera de Bava; si queda margen para la exuberancia victoriana de la Hammer o si se puede reformular la historia de fantasmas en un entorno familiar. En cierto modo, la saga Insidious se ha convertido en un laboratorio de ideas en el que la inventiva visual de su director se ha movido con soltura por el género. No en vano, al realizador de Saw (íd., 2004) se le reconoce por ese aire juguetón que imprime al terror, a medio camino entre el tren de la bruja y el horror metafísico, en el que el gesto sutil convive con el instante grotesco. Una travesía creativa que Wan ha acometido, casi en su totalidad, junto a Leigh Whannell. De ahí que sea Insidious: Capítulo 3 (Insidious: Chapter 3, 2015), dirigida por este último, una película en la que su incógnita descanse en saber hasta qué punto Whannell ha sido capaz de inyectar su personalidad en las imágenes; algo, por cierto, que emparenta a este filme con otra ramificación reciente del cine de Wan: Annabelle (íd., Jonh R. Leonetti, 2014).

Lo primero que llama la atención de Insidious: Capítulo 3 es que es una película mucho menos barroca que la anterior secuela, en la que Wan y Whannell mezclaban diferentes tramas y tiempos para narrar el acoso sobrenatural a la familia Lambert. En esta, en cambio, Whannell opta por un relato de construcción más sencilla en el que el tono granguiñolesco de las anteriores cede terreno al estudio dramático de uno de los personajes protagonistas de la saga: la médium Elise Rainier. De hecho, durante sus primeros minutos el filme juega con una atmósfera ominosa como si se tratase de un rayo latente, desde la acumulación de detalles que desembocarán en la primera aparición fantasmal. Una estrategia narrativa que la separa del primer capítulo, en el que antes de los títulos reconocíamos a través de la ventana el perturbador rostro de la mujer de negro. Insidious nos ha acostumbrado a esperar un determinado susto, cada vez que la cámara acompaña el movimiento a un lado y otro de la pantalla de alguno de sus personajes y presenta, con brusquedad, al fantasma allí donde hace un segundo no había nadie. De ahí que durante esos primeros minutos el espectador se sienta un poco a merced del suspense que se acumula entre escenas, con los ojos puestos en cada rincón del plano para amortiguar el golpe de efecto —véase, por ejemplo, la aparición de la silueta del hombre que no puede respirar y el uso eficaz de ese recurso, en el teatro y a continuación en la calle, que deviene una de las escenas más potentes de la película.  

Insidious: Capítulo 3 pone el acento dramático en la pérdida reciente de los seres queridos. En el caso de Elise, a la que la saga nos ha presentado como un personaje decidido y fuerte, encontramos a una anciana marcada por el suicidio de su marido y el acecho de ese más allá al que ha quedado irremediablemente conectada. En ese sentido, Whannell inclina el peso del relato sobre sus dudas, que insinúan el temor a dejarse llevar por esa oscuridad que presiente, vencida por una melancolía que no es capaz de superar. Algo que la une con los Brenner, la familia protagonista de esta entrega, marcada por la muerte de una madre cuya ausencia ha dejado una herida silenciosa en la convivencia entre el padre y sus dos hijos. Precisamente, lo que marca la presencia del parásito empeñado en matar a Quinn, la hija adolescente. Si las dos anteriores películas hablaban del rol de explorador del más allá que manifestaba Josh Lambert (Patrick Wilson), en esta precuela el más allá es un lugar al que solo puede acceder Elise. Un territorio hostil de gritos y lamentos que Whannell pone en escena de forma austera, sin la exuberancia de Wan. Con la sensación de que esta vez busca un horror más material, doméstico, en el que el trazo grueso queda convenientemente difuminado tras el violentísimo acoso sobre la protagonista. Aquí es el cuerpo de Quinn, roto y magullado, el territorio del miedo, donde se expresa ese horror que nadie, excepto ella, ve.

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Con todo, en Insidious: Capítulo 3 se echa de menos la mordiente de Wan en las escenas de tensión. Es cierto que Whannell saca bastante partido a algunas escenas. Tal es el caso de aquella en la que Quinn, minutos antes de sufrir el atropello, se apoya sobre el cabecero de la cama para escuchar la voz que proviene del conducto de ventilación. Whannell juega muy bien a la insinuación y provoca en el espectador la expectativa de una tensión que explotará un poco más tarde, pero además subraya de forma sutil la vulnerabilidad que mantendrá desprotegida a Quinn durante el filme. Sin embargo, se echa en falta más movilidad en las secuencias; eso que tan bien se le da a Wan a la hora de pasearnos por el escenario hasta desorientarnos, como quien juega a la gallinita ciega, para conseguir que todo lo que aparece en plano sea un potencial detonante del terror. Whannell, en ese sentido, es más sobrio, menos imaginativo, pese a lo inspirado de algunos momentos —esa escena que arranca con la criatura tras la cortina de la habitación; esa otra en la que las pisadas conducen hasta el techo del piso. Algo, quizá, que la sitúa varios peldaños por debajo de la mencionada Annabelle, en la que su director era capaz de construir una tensión a varias bandas —con la escena de la máquina de coser— o un verdadero túnel del terror —con la escena del ascensor y el trastero.

Sin el impacto de la original ni el barroquismo de su secuela, este tercer capítulo de Insidious fía su interés a nutrir con un poco más de fondo a la mitología construida en los dos filmes anteriores; abona una visión más clásica, en la que la claridad se impone sobre la exuberancia. De ahí que, pese a la violencia sobre el cuerpo de la adolescente Quinn, Whannell se muestre más interesado por la acción que encabeza Elise en el más allá; su encuentro con la mujer de negro, pero sobre todo el duelo por su marido suicidado. Es en esos pasajes, acaso poéticos, donde mejor pulso demuestra, los que filman con entusiasmo ese espacio negro en el que la luz azulada ilumina los cuerpos de las almas errantes. Si como precuela cumple con solvencia, como ejercicio de estilo se echa un poco de menos la presencia de gestos más arrebatadores —ese ojo que acecha al final de la garganta de Quinn a sus protagonistas—, no tan domesticados. Whannell ha optado por la contención, alejándose de demonios multicolor en gabinetes surgidos de la iconografía de un Argento. Y tal vez, aunque esa apuesta convierte a Insidious: Capítulo 3 en una película menor, es la manera de encauzar una serie que había alcanzado con su segunda parte el punto omega. Ponerse del lado de los vivos, como sugiere la resolución del clímax en el hogar de los Brenner. Ese en el que los fantasmas siguen siendo pr
esencias ominosas, siluetas que nos saludan entre bastidores y nos susurran al oído que todo está bien. Una coda, tal vez conformista, que invita a revisar el capítulo original para recuperar ese miedo primitivo al que toda serie nos acaba acostumbrando.