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Si existe un tema agradecido para escribir, ese es la adolescencia. Todos hemos tenido que pasar por ella, todos vemos absurdos nuestros comportamientos de aquella época con la distancia que otorga la edad y rara vez alguien a quien se le da la posibilidad de subir al púlpito para decir algo al respecto no lo aprovecha para recalcar cómo los adolescentes de hoy son más incívicos e imbéciles que en su época; con el tiempo los problemas de la adolescencia se comprueban absurdos, sus comportamientos inaceptables y, por qué no, olvidamos también lo que es estar entre dos aguas: descubrir el mundo adulto al mismo tiempo que todavía somos niños.

Aunque en el cine el universo de la adolescencia ha sido retratado en sus puntos más sórdidos por gente como Larry Clark, cuando no desde la pura moralina en (casi) todo el cine de terror a partir de los años 80 en general y en el slasher en particular, rara vez se ha pretendido hacer un retrato que, sin caer en el costumbrismo de postín —con Boyhood (íd., Richard Linklater, 2014) como caso reciente más sangrante—, sea capaz de plasmar los miedos y las dudas de ese momento de la vida de toda persona sin pretender establecer un juicio basado en la experiencia. La carrera de David Robert Mitchell parece querer capturar ese retrato hasta ahora pocas veces conseguido. Su primera película, El mito de la adolescencia (The Myth of the American Sleepover, 2010), una irregular producción indie con mejores ideas que ejecución, ya nos daba una visión amable y ausente de conflicto de la adolescencia que, por candorosa, caía en el otro extremo posible de la representación: si la mayoría de cineastas que abordan en el tema lo hacen desde el cinismo o la moralidad, Robert Mitchell cae en la representación naïf e insustancial.

Con esos precedentes se hace evidente que su acercamiento hacia el terror en It Follows (íd., 2014) está lejos de ser una maniobra oportunista o un giro contracorriente, sino una continuación lógica de su trabajo anterior. Es imposible no pensar en El mito de la adolescencia mientras estamos viéndola. La obsesión por la adolescencia, la ausencia absoluta de adultos, el descubrimiento (o exploración) de la sexualidad; todo está aquí, nada falta. La diferencia es que ahora ha sido llevado al estimulante contexto de cine de terror post-El círculo (Ringu, Hideo Nakata, 2000) sin abandonar, en ningún momento, las lógicas inherentes al slasher; tener sexo es morir, sólo que esta vez la correlación es aún más clara: una maldición de transmisión sexual que es necesario pasar a otro desafortunado si no queremos que un ente invisible nos acabe matando por haber tenido una noche de pasión. Y aquí es donde se le empiezan a ver las costuras.

Si su primera película era eminentemente naïf, It Follows suma a la fórmula un conservadurismo que en su opera prima estaba mejor soterrado, aunque no mejor resuelto. No es sólo que el sexo sea sinónimo de muerte, sino también que las relaciones que se establecen en ese particular microcosmos dan continuidad a la idea. Nunca se nos aclara si la maldición sexual puede evitarse con el uso de profilácticos —lo cual convertiría un alegato contra la promiscuidad en una más interesante, y adolescente, metáfora sobre la irracionalidad y la inconsciencia—, su vecino muere al tener sexo con ella por amor e incluso la resolución final, resuelto con un considerable bajón en calidad estética y narrativa, parte del hecho de que el amor lo puede todo, salvo sobrevivir al pecado. Pura moral judeocristiana en forma de pecado y culpa en un contexto sexual. Tener sexo mata, pasar la maldición a prostitutas es inútil y no importa cuanto folles con otros porque el pecado ya está cometido: tu destino es morir independientemente de tus actos presentes o futuros.

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Aunque podríamos defender que esos son los principios del género, todavía nos quedaría el problema de que el conjunto es inconsistente. Los personajes no toman decisiones erróneas, no tienen conflictos internos, sólo el parco devenir de decisiones racionales que tienen consecuencias fuera de su control; no actúan como adolescentes, sino como individuos que evalúan en todo momento los costes-beneficios de cada una de sus acciones. La antítesis de lo que produce el cerril apasionamiento adolescente. Si a eso le sumamos el constante deus ex machina del que hace gala, menos ex machina en forma de ordenador del guionista del que sería deseable, su rancio conservadurismo se hace todavía más patente. Ninguno de sus actos son errores propios de la adolescencia, decisiones ingratas tomadas más con las tripas que con la cabeza, sino consecuencias cuasi-destinales de actos perniciosos por sí mismos. O como resulta evidente a estas alturas, escatología cristiana inconsciente.

Ese problema de inconsistencia podría seguirse a todos los niveles de la película. ¿Qué conforma la base de It Follows? New Aesthetic —en forma de glitch, tanto en lo musical, su mayor logro y aun así extremadamente limitado y poco interesante, como en lo visual—, John Carpenter, j-horror y existencialismo de secundaria —literalmente, ya que no es sólo que las citas de Dostoievski sean de carpeta de gótico adolescente, sino que toda la lectura que hace de El Idiota, además de simplista, no deja de afianzar todavía más su moralismo implícito— bajo las coordenadas de un mundo retrofuturista donde la tecnología se ha estancado y evolucionado según propio capricho, convirtiendo el sereno mundo adolescente de los slasher en un drama independiente sobre la sexualidad. La película podría haber sido al terror y a la eclosión de la sexualidad lo que Her (íd., Spike Jonze, 2014) supuso para la ciencia-ficción, la identidad y el amor romántico en la época del utilitarismo, pero se conforma con ser un conjunto irregular que nació deformado tanto por dentro, el subtexto, como por fuera, la forma.

It Follows como monstruo de Frankenstein es un equívoco, un intento de dar vida a lo que nunca debería haber existido, un pastiche que cojea (con gracia) ocultando aquello que, seguramente, ni siquiera su propio creador sospechaba sobre su propio pensamiento. En suma, puro conservadurismo posmoderno. Jugar con la novedad, la libertad y el «todo vale» para crear un mundo que justifique, de forma implícita, todos aquellos deseos y pulsiones heredados de nuestra cultura judeocristiana. Como si la libertad sólo sirviera para censurar la ajena por mor del libertinaje.