Guerra de sexo

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Origin of love, la bella y emblemática canción de Hedwig and the Angry Inch (íd., John Cameron Mitchell, 2001) cuenta que en el origen del mundo los dioses castigaron a las criaturas por su comportamiento partiéndolas en dos y que desde entonces ambas mitades se buscan sin cesar.  Mis escenas de lucha (Mes séances de lutte, Jacques Doillon, 20139 seguiría hasta el extremo la letra de la canción. La singular propuesta de Doillon muestra cómo dos de estas mitades, hombre y mujer, pugnan por unirse.

Mis escenas de lucha nos presenta la historia (¿?) de “él” y ella”, dos antagonistas que se buscan y se desean. Ella aparece en la casa de campo que él está reparando, inicialmente pidiendo ayuda, posteriormente pidiendo guerra. Él, un puñado de años mayor, la contempla con prudencia, deseándola con disimulo pero manteniéndose a distancia. Ella se le acerca, retadora… Y aquí es donde la película presenta su singularidad. Porque esta obra no tiene parangón. No se asemeja, por supuesto, a sombras y medias semanas. Pero tampoco a otro tipo de cine con el que alguien pensaba encontrar similitudes como El último tango en Paris (Ultimo tango a Parigi, Bernardo Bertolucci, 1972), El imperio de los sentidos (Ai no korida, Nagisha Oshima, 1976) o Adios al macho (Ciao maschio, Marco Ferreri, 1978). Mis sesiones de lucha no busca justificaciones sociales o emocionales. Es una obra seca que recoge el enfrentamiento entre dos cuerpos, entre dos sexos, sin otra explicación, sin otro motivo, simplemente recogiendo los encuentros de los dos cuerpos, de troncos, extremidades, bocas y sexos.

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Mis escenas de lucha, mediante un impecable seguimiento de los encuentros de este curioso par de duelistas, traza un itinerario de una impresionante fisicidad. El trabajo actoral y la cámara, atenta a los movimientos envolventes de ambos personajes, construyen un impecable encuentro de lucha. Doillon consigue hacer sentir los cuerpos, la fuerza y el deseo, y permite ver cómo la razón deja paso a la pasión. Ella no quiere caer en la trampa del amor, en las redes de una relación. Él teme la actitud, impulsiva e irracional de la joven. Pero ambos se atraen irremediablemente. Ella, para conseguir su objetivo, se dedica a lanzar puyas verbales, inicialmente, y escaramuzas físicas, posteriormente, que van incrementando su agresividad en una auténtica escalada de violencia. Progresivamente los amantes, sus cuerpos, van lanzándose uno sobre el otro, pasando del roce a la colisión, de la proximidad al golpe, hasta alcanzar el clímax. Clímax que tendrá lugar en un frenesí corporal, en una explosión de deseo, en salvaje comunión con la naturaleza, un retorno a los instintos, un brutal polvo en el barro primordial. A partir de allí ya no hay contención, no hay disimulo del deseo, y los cuerpos, liberados de ataduras emocionales, dan rienda suelta a su ardor, consumiéndose placenteramente. Un proceso que Doillon sigue mediante una cámara, atenta a todo movimiento de los cuerpos, y a un registro de sonido que identifica también el sexo en los miméticos gemidos de las ramas rotas, de las salpicaduras del barro o de los tablones de madera del piso.

Mis escenas de lucha es en definitiva una exaltación de la pasión. Pero también el triunfo de un cine capaz de recoger, sonidos y sudor mediante, la fisicidad, la corporeidad del ser humano, su animalidad y hacer llegar al espectador la imagen del cuerpo desatado que a menudo nos resistimos a reconocer en nuestro interior.