Zoe ha estado aquí

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Hay una frase procedente de Las olas (1931) de Virginia Woolf, que me vino a la memoria durante el visionado de esta extraña y enigmática película: “Entonces mi libertad desplegará sus alas desprendiéndose de todas las restricciones que las tenían trabadas: de las horas de disciplina, de la rutina de los días, de la obligación de estar aquí y allá a horas determinadas”. A priori, nada más lejos del universo de la escritora británica que este documento de incómodo visionado, rodado con cámara al hombro, abruptas elipsis durante el transcurso de la narración, escenarios registrados a vuelapluma, flujo de acontecimientos no ordenados por un principio dramático y una concienzuda opacidad —el metraje, incluso, está provisto de muy pocos diálogos— en torno a los motivos que empujan a Zoe, la protagonista, a abandonar precipitadamente la ciudad donde vive y a aventurarse en una serie de experiencias que la conducirán, fruto del azar, bastante más lejos de lo que había imaginado.

Sin embargo, es posible detectar en este itinerario físico, jalonado, insisto, a base de imprevistos bandazos, una desesperada huida de uno mismo, de las circunstancias inmediatas, de, en definitiva, “las horas de disciplina, de la rutina de todos los días”…, y de las que se prevén en el horizonte. Porque lo poco que sabemos de Zoe, una joven que no debe superar los veinte años, es que está embarazada y que lleva una herida en la pierna que le propicia una visible cojera. El arranque del film no puede ser más elocuente: una nerviosa cámara persigue al personaje, que acaba de abandonar un edificio visiblemente indignada —entendemos que luego de una agria discusión o disturbio— y, con lo puesto, parece convencida a poner tierra de por medio. Nunca conoceremos con exactitud los detalles de lo sucedido, pero esta precipitada salida de Zoe genera una aureola inquietante a su alrededor.

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Con tan escasa información, es lógico que surjan las preguntas y que, a lo largo de la historia, tratemos de dar respuesta a todos esos interrogantes. Sin embargo, me parece que Cherry Pie (íd., Lorenz Merz, 2013) no pretende tanto dirigir nuestra atención hacia los antecedentes como enfatizar los rasgos y matices que configuran la travesía de la protagonista, auténtica metáfora de su propia vida. El desplazamiento emprendido no es, de este modo, una oportunidad de transformación o reinicio como con frecuencia sucede; sino un cruda plasmación del pasado del que Zoe está huyendo, lo que hace que se vaya dibujando una perspectiva cada más trágica en su horizonte. La forma en que el personaje empieza haciendo autostop, se oculta en el maletero de un coche, llega a introducirse en la casa de una pareja de ancianos, viaja en ferry hacia Brighton, donde termina estableciéndose…, componen una aventura de carácter disparatado que no es sino el equivalente, insisto, de las circunstancias personales de Zoe: los virajes narrativos hablan a las claras de alguien inestable, que ha estado inmersa en una relación intempestiva; sus pequeños hurtos y sus viajes clandestinos —sus ocultaciones— inducen a pensar en una forma de ganarse la vida fuera de la legalidad; la ausencia de interactuación con otros individuos a lo largo de su periplo pone de relieve su tremenda soledad y exclusión social. Y luego está el rostro de rabia y frustración permanente de Lolita Chammah, el de una chica que, a pesar de su juventud, proviene de un entorno desolador. Una interpretación veraz y estremecedora, que prescinde de esos aditivos cosméticos —refinamiento en el vestuario, maquillaje, peluquería, iluminación, etc.— con que algunas actrices de cierto relumbrón intentan hacer más digerible la oscuridad de su personaje. Aunque formalmente el film de Lorenz Merz está más próximo al magisterio social de los hermanos Luc y Jean-Pierre Dardenne —muy especialmente de Rosetta (id., 1999)—, toda la odisea de Zoe nos retrotrae a aquel lento y fantasmagórico paseo del pequeño Edmund por el Berlín devastado de Alemania, año cero (Germania anno zero, Roberto Rossellini, 1948) como antesala de su suicidio. Por tanto, pese al testimonio de rabiosa actualidad que en cierta manera transmite Cherry Pie, sus mecanismos expresivos tienen mucho que ver con el linaje del cine moderno.

En cualquier caso, el largometraje presenta momentos no tan sombríos, destellos de alegría de lo que parecen antiguos y efímeros recuerdos; y también fantasías e ilusiones de cambio que no dejan de ser eso, vanas fantasías e ilusiones, como la estrafalaria transformación del vestuario con la que Zoe desembarca en Brighton, planteado desde una perspectiva sarcástica. Pero es allí donde el dolor y las dolorosas heridas del pasado no tardan en recrudecerse. Una mano imaginaria entra en plano para agarrar el rostro de la protagonista, que mira a cámara en mitad de una fantasía sexual; la misma mano imaginaria que en otro momento del film hacía el mismo ademán cuando esta brincaba feliz en la cubierta del transporte hacia la desvencijada ciudad inglesa. Obra desasosegante, de incómodo desarrollo y de sutiles vías de expresión, constituye una experiencia que fascinará si el espectador se decide a apreciar la doble cara de este viaje sin retorno.