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No es absurdo considerar la racionalidad como una de las cualidades más profundamente humanas. Al fin y al cabo, tiene sentido. Somos capaces de conocer nuestro entorno, las leyes de la física, lo que nos es más adecuado en cada momento, pero, por otra parte, no es menos cierto que la irracionalidad nos es, en algún grado, constitutiva: ningún animal actúa contra sus propios intereses inmediatos, incluso si esos intereses resultan poco intuitivos. Somos seres racionales porque tenemos la capacidad de ser irracionales, de atentar contra nosotros mismos. El ser humano se define en sus contradicciones. Por eso el amor —aquel rasgo puramente racional, porque permite la perpetuación de la especie, que resulta el más irracional de todos, ya que nos lleva a atentar contra nuestros intereses propios en favor de los del otro— es otra de las cualidades que mejor nos definen como especie. Aquello que se hace por amor jamás se haría por necesidad o por instinto.

Horns (íd., Alexandre Aja, 2013) es una rareza, una contradicción, un sinsentido. Es un drama fantástico dirigido por un director de cine de terror, un thriller con fuertes rasgos de comedia, una historia de simbolismos religiosos que no trata de religión en absoluto; sus contradicciones son sólo aparentes, porque todas ellas constituyen un fondo coherente que tiene sentido por sí mismo. Son contradicciones sólo en tanto las tomamos como tal. Al ver la película es natural pasar de la sorpresa a la estupefacción y de allí a la incredulidad y la aceptación. Como pasar por las diferentes fases del duelo propias de cualquier acontecimiento inesperado, que es lo que debería ser cualquier obra que se pretenda algo más que mero entretenimiento vacío.

No existe contradicción, decíamos. Aunque es cierto que Alexandre Aja es conocido por sus obras de género, especialmente Alta tensión (Haute tension, 2003) y el remake de Las colinas tienen ojos (The Hills Have Eyes, 2006), también ha tocado la comedia como director en Piraña 3D (Piranha 3D, Alexandre Aja, 2010) o los rasgos próximos al fantástico como productor en La pirámide (The Pyramid, Grégory Levasseur, 2014). Es un autor polifacético, aunque nunca salga del género. Horns está plagada de detalles autorales, de destellos propios de esa ensalada de referencias: los elementos de fantasía son el núcleo central de la narrativa, las pinceladas de terror añaden tensión al conjunto y el humor sirve para desengrasar la constante acumulación de tensión de una película que podría pecar con demasiada facilidad de tomarse demasiado en serio a sí misma. Si Aja es un autor polifacético, Horns es una película polivalente. Es una caja de arena, un lugar donde todo es posible, siempre y cuando guarde coherencia y esté hecho con el mismo material base: arena. Y aquí todo está hecho de la misma arena.

¿Qué arena es esa? La mitología cristiana. No la religión, ya que ni transmite ni pretende transmitir valores religiosos, sino su mitología. Hace uso de ángeles y demonios, de amor y pecado, de iluminación y desvelamiento, para desgranar lo que en el fondo es un thriller clásico, sin mayores complejidades, al llevarlo hacia el campo de la alegoría metafísica; si puede introducir cualquier elemento sin que parezca una disonancia absurda, si todo encaja como un puzzle perfectamente ejecutado, es porque todo remite, sin excepción, hacia una paleta común que configura el mundo. No nos sorprende que Ig, el protagonista, sea un ángel caído o que las escenas románticas tengan colores saturados rozando la ñoñería pastoral, ya que remite al Et in Arcadia ego. Su coherencia interna es absoluta, incluso cuando en primera instancia nos puede parecer disonante.

He ahí que los caminos del amor sean inescrutables. Lo que la película nos quiere contar no es una épica historia de venganza o revelación divina, sigo algo infinitamente más humano en relación con el memento mori que representan sus escenas románticas: el amor como la única fuerza capaz de hacernos trascender en un mundo cuyo Dios ha muerto. Por amor vivimos, por amor morimos. Ig cae, se eleva y se reconcilia consigo mismo por amor. No por el amor abstracto de Dios, sino por el amor de una mujer, Merrin, que sentía algo tan sincero y profundo por él que prefirió sacrificarse antes que hacerle sufrir una vida de tormentos por su culpa.

A veces la decisión más racional parece ser inmolarnos para que la persona amada pueda ser feliz algún día, como si el amor no determinara per se que ya somos felices al lado de esa persona. Ese es el problema de ser entes racionales, que podemos equivocarnos. El amor nos hace irracionales, nos hace humanos, y la felicidad es siempre la felicidad del otro, incluso cuando no estamos en su mente y no podemos saber qué es lo que le hará feliz. De ahí la inescrutabilidad del amor. También de la propia película. La historia de un chico que en el peor momento de su vida se descubre perseguido por algo que nadie en su entorno puede creer que nunca pudiera haber hecho y que, en el proceso, es capaz de conocer lo que los demás sienten realmente; sólo el amor, la aceptación en apariencia irracional de aquel otro que no podemos comprender porque no somos nosotros mismos, nos permite comprender el mundo. Y cuando decimos mundo, también queremos decir Horns.