El Hombre es un Lobo para el Perro

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Pocas imágenes tan definitorias del miedo a dejar de ser que caracteriza nuestro tiempo como las calles de una ciudad desierta en la que se escucha, ¡horror!, el sonido de la nada. Convertidas en nicho ecológico primario, los espacios atestados de personas anónimas de nuestras urbes canalizan una atribución de normalidad, derivada de una incomodidad que hemos asumido como natural, lo que cabe esperar. Quizá por ello la plasmación verosímil de la desolación urbana se ha prodigado generosamente en el Fantástico de los últimos años, aunando carácter reflexivo y estremecimiento puramente sensorial, emotivo: observar el acongojado transitar de los protagonistas de títulos tan emblemáticos como Abre los ojos (Id., Alejandro Amenábar, 1997), 28 días después (28 Days Later, Danny Boyle, 2002) o Soy leyenda (I Am Legend, Francis Lawrence, 2007) a través del vacío en que se han convertido, respectivamente, Madrid, Londres o Nueva York perturba poderosamente al espectador, arrastrándole a un continuum de extrañamiento que llegará a su cenit con la visualización, sin escatimar por lo general en crudeza expositiva, del motivo último de dicha situación. No es de extrañar entones que ante substrato tan agradecido los responsables creativos de White God (Feher isten, Kornél Mundruczó, 2014) se apunten a la moda mostrándonos en sus primeros compases un Budapest en el que la única presencia humana, una adolescente que recorre sus calles abandonadas en bicicleta, no tardará en ser acosada por una manada de perros, miles de ellos, campando a sus anchas.

Es en este punto que la película se pliega sobre sí misma, narrativa y conceptualmente, retrotrayéndose en el tiempo para mostrar, desde una óptica tan concisa como austera, las razones que han propiciado este remedo de apocalipsis canino, abandonando el gran angular del caos y la destrucción —al que se volverá, hasta donde permite la evidente escasez de medios, hacia la conclusión de su metraje— situado el foco a la altura del vínculo emocional, insoportablemente tensionado por su entorno inmediato, entre Lili (Zsófia Psotta) y su perro Hagen. El tenue aliento distópico derivado de la concreción de una sociedad europea al uso en la que la autoridad competente ha determinado que los dueños de los canes mestizos paguen un tributo desmesurado por ellos —y a partir de aquí, que cada cual establezca las analogías geopolíticas que le permita su conciencia— no adultera dado su sutil tono metafórico el recurso a una mirada sobria, en no pocas ocasiones dolorosamente verista, a un país arrasado tras su penoso arrastrar por el siglo XX, que a lo que muestran los medidos encuadres de White God se perpetúa en el XXI: partiendo de un microcosmos familiar tremendamente disfuncional, con un padre más habilidoso sajando carne muerta que interactuando con su hija de 13 años, por lo demás todo repliegue interior y desafío a una autoridad pésimamente ejercida, la sociedad húngara configurada a partir de la red de relaciones de los dos personajes centrales deviene alienante supraestructura, cruel y anuladora de voluntades individuales.

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Ante el trato que se dispensan entre sí los humanos, ¿qué barbaridades no se cometerán contra unos animales siempre dispuestos a poner la otra mejilla? A partir del momento en que, mediado el metraje, la cámara se pegue al lomo de Hagen, escudriñando con malsana delectación en el calvario que terminará por convertirle en una sanguinaria máquina de matar, la truculencia de algunas imágenes difícilmente podrá resultarnos excesiva y/o gratuita, pues hemos asistido previamente a un inapelable muestrario de la deshumanización inherente a los habitantes con dos patas de la ciudad. Es por ello que cuando la estancia en la perrera municipal aliente en Hagen algo parecido a la conciencia de clase, la rebelión de los perros que amenaza con llevarse por delante a toda la población será recibida por el patio de butacas como una balsámica muestra de justicia poética, con no pocas concesiones a la vendetta pura y dura: el ajuste de cuentas con todos aquellos que maltrataron física y psicológicamente al protagonista canino adopta sin rubor los tropos del cine de terror al uso, abundando en escenarios lóbregos, sangre a raudales y golpes de efecto.

En líneas generales todo el tercer acto de White God se pliega a las concesiones del gran espectáculo made in Hollywood, y si bien no puede negarse que la sucesión de secuencias en las que asistimos a como las manadas de perros se enseñorean de Budapest, forzando a su población a refugiarse aterrorizada, no están exentas de belleza, en su conjunto este adolece de la contundencia de los dos precedentes. Por ello resulta conveniente que, ante la inconsistencia de algunos personajes —el padre de Lili, Dániel (Sándor Zsótér), sin ir más lejos— por mor de las proverbiales convenciones genéricas hagamos el esfuerzo como espectadores de no olvidar lo mucho que han sufrido, en paralelo, muchacha y mascota hasta reencontrarse de nuevo. Sólo así aprehenderemos el significado último del espléndido plano final, abierto a múltiples interpretaciones: mucho más allá del consabido “la música amansa a las fieras”, el melancólico sonido de una trompeta permite restablecer el vínculo emocional pese a todo intacto, el entendimiento entre dos especies llamadas a coexistir. De los indudables méritos del último trabajo de Kornél Mundruczó —un cineasta a seguir con detenimiento— sobresale uno que rebasa los propios intereses temáticos y formales de la obra: el de permitirnos atisbar la realidad de un país hermético y áspero, cuyo epidérmico lavado de cara capitalista no ha atemperado los fantasmas que, hoy como ayer, continúan atemorizando Europa; la vieja, y la nueva.