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No es fácil crear un mundo. No es sólo que imaginar una realidad que no tiene por qué tener fuertes anclajes con la nuestra sea francamente difícil, sino que su realización tiene problemas particulares que sólo somos capaces de apreciar una vez nos hemos puesto a ello; tenemos que empezar por algún lado e, incluso una vez decidido por donde hacerlo —si por lo más general o lo más concreto, si asumimos una imagen general de lo que queremos o hacemos que todo germine a partir de un dato específico—, cuanto más crece más difícil resulta mantener la coherencia sin perder aquello que lo hace único. Eso es a lo que llamamos estilo. Lograr dotar de sentido unitario al conjunto de todas las cosas, no incurrir en contradicciones y expandir el mundo para hacerlo más amplio, más rico, más vivo, es la dificultad esencial de cualquier creación artística. Incluso aquellas que se pretenden fuertemente ancladas a nuestra propia realidad.

Ningún mundo audiovisual actual en construcción genera mayor interés entre el público que el de Marvel Studios. Eso les pone en una situación delicada. Después del éxito de Guardianes de la Galaxia (Guardians of the Galaxy, James Gunn, 2014), que expandió su mundo hacia el espacio, volver sobre las historias mundanas, siempre que no fuera con Los Vengadores o alguno de sus miembros, parecía un riesgo tremendo: nos han presentado todo un nuevo terreno casi virgen, sin explotar, y redundar en lo ya conocido podría ser contraproducente. En ese sentido, hacer una película protagonizada por Ant-Man era un paso lógico para cerrar la fase dos: un personaje básicamente desconocido para el gran público, aunque una figura icónica para los fans del cómic, que no venía con prejuicios dados de antemano. Nadie sabía qué esperar del personaje. Y eso lo han aprovechado para adentrarnos tanto en una nueva dimensión del mundo Marvel, el ambiente microscópico —abriendo paso, al mismo tiempo, al microverso—, como en un género que todavía no habían tocado, el las películas de robos.

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Película de robos, aunque también película de Edgar Wright. Si bien es cierto que el director de Bienvenidos al fin del mundo (The World’s End, 2013) o Scott Pilgrim contra el mundo (Scott Pilgrim vs. the World, 2010) fue alejado de la producción por diferencias creativas, sustituido en el proceso por un Peyton Reed que no deja mayor impronta sobre el trabajo, todo en la película tiene su estilo característico. Ant-Man (id., 2015) es la perfecta combinación de sense of wonder con el choque abrupto con la realidad cotidiana que es, en esencia, el estilo característica de Wright; si, además, sumamos su querencia por la construcción de un humor eminentemente visual, algo nos queda claro tras ver la película: una película (menor) de Edgar Wright firmada con otro nombre.

Incluso si obviamos los claros rasgos de autor, todavía nos queda la mejor película de robos de los últimos años. No es sólo que los poderes de Ant-Man tengan una vis cómica evidente o que hayan conseguido convertirlo en un héroe de acción más que competente, incluso cuando era completamente innecesario hacerlo —sin excepción alguna, todas las peleas del protagonista funcionan mejor cuando se pretenden coreografías de tintes cómicos que escenas de acción más o menos ortodoxas—, sino también que le rodea un excelente plantel de secundarios. Hank Pym, encarnado por Michael Douglas, y los compañeros ladrones del protagonista, son la auténtica salsa de una película que, sin sus golpes cómicos o sus momentos dramáticos, estaría claramente descompensado. En ese sentido, Marvel parece tenerlo claro: ningún superhéroe lo es por los poderes que tiene, sino por aquellas personas que le rodean.

El problema es cuando quiere ser una película de Marvel a toda costa. Ya sea combatiendo contra otros superhéroes para un preparativo de última hora metido en el guion con calzador, lastrando el ritmo de la película de forma grotesca, teniendo que adentrarse en la dimensión cuántica, que no deja de ser la visión distorsionada del director del microverso —emparentando a la película, en el proceso, con Interstellar (id., Christopher Nolan, 2014) con catastróficos resultados: Nolan demostró saber resolver con mayor elegancia narrativa un mismo problema común. Lo cual es problemático, siendo amables— o introduciendo sin orden ni concierto una reconciliación paternofilial entre Hank Pym y su hija Hope, la película pierde el rumbo cuando se obceca en ser marvelita hasta extremos extenuantes. Los Vengadores, el clímax dramático de autosacrificio que finalmente no es tal, la trama secundaria de ruptura y reconciliación: los tres elementos que deben salir en toda película de Marvel Studios, encajen o no.

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Eso no significa que Ant-Man sea una mala película, o que no sea la mejor película del estudio hasta la fecha. Valga de ejemplo el combate final. La combinación de momentos larger than life puramente heroicos en el mundo micro tiene como consecuencia resultados mundanos en el mundo macro: Ant-Man puede coger un tren y lanzárselo a Chaqueta Amarilla en un acto asombroso y vibrante, pero cuando lo vemos en nuestra dimensión sólo es un juguete cayendo al suelo. Esa es la inteligencia detrás de la película. Lo que es espectacular, salvaje y repleto de CGI en el entorno micro, es mínimo, cotidiano y extremadamente sencillo en el entorno macro: crea dos dimensiones muy claras, la del heroísmo y la del robo/el humor, conjugándose a la perfección a través de un montaje ágil y juguetón. Crea su propio estilo personal, incluso si ni siquiera es, en último término, el estilo de ninguno de los involucrados.

Ant-Man aspira al oro de mejor película de Marvel Studios hasta la fecha, lo cual no es poco decir tras Iron Man 3 (id., Shane Black, 2013) o Guardianes de la Galaxia. Pero, al final, se siente una oportunidad desaprovechada. Da la sensación de que con Edgar Wright tras la cámara, de no haber interferencias creativas en el proceso, ahora estaríamos hablando de un nuevo nivel dentro de las películas de superhéroes. Al fin y al cabo, Ant-Man es la receta de un chef con estrellas Michelín realizada por un chef competente: puede que el plato sea delicioso, pero seguramente hubiera sido mejor si lo hubiera preparado su autor original. O si el maître no hubiera querido aportar «el toque especial de la casa».