Todas las misiones del mundo

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La llegada a nuestros cines de una nueva entrega de Misión imposible —la quinta nada menos: ¡quién lo iba a decir!— supone, en pleno frenesí estival del cine de entretenimiento, una balsámica bocanada de aire fresco ante la monopolizadora égida de Walt Disney Pictures/Marvel Studios, cuya estrategia de acaparar pantallas mediante la sobrexplotación de sus figuras de cabecera —más alguna que otra traída del banquillo— comienza a dar, a la espera de lo que deparen tanto la inminente Fase 3 como el prometedor third coming de Star Wars, evidentes muestras de agotamiento. Si a ello añadimos la constatación de que la apelación elegíaca a los buenos viejos tiempos no resulta suficiente para dotar de entidad propia a un producto cinematográfico, como resulta bien patente en dos producciones del verano 2015 tan derivativas como Jurassic World (Id., Colin Trevorrow) y Terminator Génesis (Terminator Genisys, Alan Taylor), lo mínimo que cabe exigirle a Misión imposible: nación secreta (Mission: Impossible – Rogue Nation, Christopher McQuarrie, 2015) es ser fiel a sí misma, esto es, a las estimulantes esencias de una saga que en sus casi 20 años de andadura fílmica acumula ya unas cuantas reinvenciones.

De hecho, su inmediata predecesora —Misión imposible: protocolo fantasma (Mission: Impossible – Ghost Protocol, Brad Bird, 2011)— se erige en un vibrante, revitalizador acto de fe respecto de la vigencia de una franquicia en entredicho, pero sobretodo acerca de la credibilidad de su más firme valedor como action hero, en un momento de su carrera en que todo apuntaba a la inevitabilidad de ceder el testigo al inexpresivo veinteañero de turno. El éxito crítico y comercial con que se saldó la apuesta es la razón de que hoy estemos hablando de una nueva Misión imposible, de la misma manera que el espléndido recibimiento de la primera entrega ha posibilitado en último término la realización de todas las posteriores; en cierto modo, la necesidad de Tom Cruise de articular su filmografía en torno a una franquicia con la que rentabilizar su icónica figura, orquestando en el interín las consabidas operaciones de prestigio mediante la asunción de roles diferentes a los de reconocible estrella del cine de acción, o bien recuperándose financieramente de proyectos que no han obtenido la rentabilidad deseada, sigue siendo la misma en pleno 2015 que en 1996; por no hablar de otra motivación, menos crematística pero mucho más jugosa desde el prisma psicológico: la satisfacción puramente egóica de mantener el rumbo firme de su serie imprimiendo una velocidad de crucero que otros maduros compañeros de armas —véase Bruce Willis o Mel Gibson, sin ir más lejos—, no han podido/sabido/querido seguir.

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Una mirada al panorama cinematográfico de mediados de los noventa resulta sumamente clarificadora a este respecto: el regreso de 007 tras la (injusta) travesía en el desierto post Timothy Dalton con Goldeneye (Id., Martin Campbell, 1995) se saldó, pese a su irritante abuso del reciclaje —o quizá precisamente por ello— con un considerable éxito de taquilla, validando nuevas aproximaciones a ese subgénero de un subgénero que constituyen las Bond movies. Claro que a la hora de llevar a la gran pantalla, tirando de chequera, uno de los seriales televisivos por antonomasia se podía haber optado por lo acomodaticio —la opción Campbell— o bien arriesgarse a un choque de trenes sumando a la causa al mismísimo Brian de Palma; dice mucho de la amplitud de miras de los productores, Cruise entre ellos, que se optara finalmente por esta segunda opción: Misión imposible (Mission: Impossible, 1996) sale triunfadora en todos y cada uno de los retos que se plantea como entretenimiento de primer orden que no rehuye poso y enjundia, y la parte del león recae en un De Palma que galvaniza las idas y venidas de un guion trufado de recovecos argumentales ubicando la trama, faltaría más, en la estela del falso culpable, jugando a placer con el punto de vista —esas gafas con microcámara incorporada que revelan más de lo deben— y dándose el gustazo de contar con una constelación de intérpretes de la autoría europea para completar un reparto imbatible. En Misión Imposible convive armónicamente la proteica evocación del original, convirtiendo la Praga del prólogo en sesgada sinécdoque de las urbes de contornos grises e inhóspitos callejones atrapadas tras el Telón de Acero, con la sexualidad mórbida de la femme fatale —esa arrebatadora Claire (Enmanuelle Béart), vedado objeto de deseo, a la que Ethan Hunt (Tom Cruise) tan pronto acaricia los labios con delectación como cachea violentamente— sin renunciar a generosas dosis de delirio hitech vía robos imposibles y peleas a cientos de kilómetros de velocidad, en unos trepidantes 110 minutos que transcurren en un abrir y cerrar de ojos. Otro logro más para un título que sentó cátedra en lo que a cine comercial de calidad se refiere.

La sombra de Brian de Palma resultó ser tan alargada que la idea inicial de confiar a Oliver Stone la proverbial secuela —profundizando, suponemos, en la trastienda del poder que apuntaba el guion de Robert Towne y David Koepp— se enquistó de tal manera que, poniendo en valor el principio de los seis grados de separación, acabó en las inquietas manos de John Woo, cineasta de moda en Hollywood tras la exitosa Cara a cara (Face/Off, 1997). Cualquier acercamiento crítico a Misión imposible 2 (M:I–2, 2000) pasaría, en mi opinión, por no cebarse con sus chirriantes desequilibrios y salidas de tono —lo cual sería demasiado fácil: se suceden generosamente a lo largo del metraje— y ponderar su estimulante rareza, producto de renegar de los rasgos distintivos de su predecesora manteniendo, eso sí, la filiación hitckcockianaEncadenados (Notorious, 1946) o la malvada en peligro redimida por amor—, liviano banderín de enganche para un plot reducido a su mínima expresión: la confrontación Héroe vs Villano, trufada de resonancias míticas, devenida finalmente en pugna entre los machos alfa de la manada por gozar en exclusiva de los encantos de la bella Nyah (Thandie Newton) supone la entronización definitiva de Tom Cruise como arrebatado action hero —Ethan Hunt luce bello, seductor y expeditivo como un campeón de los dioses—, reafirmando además la apuesta por directores con una mirada propia; Woo sublima a través de las poderosas imágenes la cualidad hiperromántica de la historia de amor, fatalmente condicionada por las circunstancias, de Ethan y Nyah, al igual que el odio ancestral que se profesan el primero y Sean Ambrose (Dougray Scott), extrañando la atmósfera de un relato que eclosionará en un portentoso climax final, pura catarsis macerada en mascaradas, acrobacias imposibles y crujir de dientes. A Misión imposible 2 se le pueden afear sus considerables deméritos, pero resultaría injusto no valorar igualmente su arrojo y relevancia estética.

We living on the edge

Resulta difícil concebir, en el contexto pretendidamen
te homogéneo de una saga cinematográfica, dos títulos con menos similitudes entre sí que Misión imposible y Misión imposible 2; la primera orgullosamente apolínea, la segunda rabiosamente dionisíaca. Quizá por ello a la hora de producir una nueva entrega Cruise and company apostaran por la tangente encarnada en J.J. Abrams —a la sazón gran luminaria catódica de mediados de la década pasada, que con Alias (Id., 2001-06) había insuflado savia nueva al thriller televisivo. En los 126 minutos de duración de Misión imposible III (M:I-3, 2006) se esbozan los múltiples giros argumentales de una temporada tipo, con nuestro héroe bregando con las dificultades inherentes a compaginar esfera personal y profesional hasta que por acción del malvado de turno —un perturbador Owen Davian que borda el añorado Philip Seymour Hoffman— su última misión derive, mcguffin mediante, en agónica contrarreloj para salvar la vida de su encantadora esposa Julia (Michelle Monaghan). Partiendo de la premisa de no dar respiro al espectador Abrams y su equipo de guionistas de cabecera pergeñan una estructura que, sin apenas variaciones, será aplicada en los filmes venideros: comenzando por la secuencia en que los integrantes del equipo llevan a cabo la filigrana de turno —el secuestro de Davian en El Vaticano— sin olvidar ofrecer a Mr Hunt/Cruise la oportunidad de poner a prueba su integridad física —el robo de la pata de conejo del laboratorio ubicado en un rascacielos de Shanghai al que, por descontado, sólo puede accederse desde las alturas— pasando por el conglomerado de set pieces de acción a cual más festivamente desatada.

A la vista del resultado final carecería de sentido dudar de lo exitoso de la operación, pero el estimable espectáculo ofrecido no eliminaba cierto regusto amargo, quizá porque en el empeño de humanizar al protagonista —peaje obligado en pleno fragor de la era Bourne— la saga había renunciado a una parte importante de su propia naturaleza. Toda vez que los resultados en taquilla no fueron ni mucho menos los deseados, el evocador epílogo de Misión imposible III, con nuestro héroe integrando por fin sus dos vidas en una sola al son de la bellísima melodía compuesta por Michael Giacchino, apuntaba al descanso del guerrero tras una década de misiones imposibles… claro que los que rubricamos su retiro, y fuimos legión, no conocemos cómo las gasta Tom Cruise, lo mucho de sí mismo que ha depositado en la franquicia de sus desvelos. Y es que transcurrida prácticamente otra década de aquel final nos encontramos con el hecho, tan inesperado como irrefutable, de que Misión imposible: nación secreta no sólo viene a redundar en el espléndido renacimiento del concepto que supuso Misión imposible: protocolo fantasma sino que, partiendo de similares coordenadas temático-estilísticas las desborda generosamente, erigiéndose en la mejor entrega junto a la fundacional Misión imposible, o lo que es lo mismo, uno de los mejores ententainment de los últimos años. La receta es sencilla, siempre y cuando se disponga de los ingredientes adecuados: cocer a fuego lento virtuosismo técnico y pulso narrativo, espíritu de equipo con sentido del humor, exaltación del heroísmo y delirio visual. También ayuda tener a los fogones a un chef tan habilidoso como ha demostrado ser Christopher McQuarrie.

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Definitivamente superado el tiempo del director-estrella, los últimos realizadores en sumarse a la causa han asumido sin aparentes estridencias el esquema Abrams al que aludíamos más arriba, dotándole en todo caso de una acusada personalidad propia; así, mientras Brad Bird convertía Misión imposible: protocolo fantasma es una vertiginosa sucesión de situaciones límite aliñadas con generosas dosis de comicidad y tensiones de diversa índole entre los miembros del equipo —convertidos de la noche a la mañana en fugitivos por su propio gobierno— el firmante de Jack Reacher (Id., 2012) saca a relucir sus galones como guionista, otorgando un mayor espesor dramático a unos personajes que el espectador conoce, y aprecia —es el caso de Luther Stickell (Ving Rhames), devenido entrega tras entrega en una suerte de referente moral— tirando además de cinefilia para, de manera tan desprejuiciada como meritoria, integrar en un todo coherente la ideosincracia más reconocible de Misión imposible con la de las Bond movies más significadas, potenciando exponencialmente las virtudes de ambas aproximaciones al cine de espías. Producto de esta bendita síntesis en Misión imposible: nación secreta emergen dos roles que brillaban por su ausencia en su inmediata precedente, y que estructuran a partir de ellos una trama febril, sumamente adictiva: por una parte un villano total, Solomon Lane (Sean Harris), que con su desestabilizadora mezcla de mesianismo y psicopatía electriza cada plano en que aparece —la partida de ajedrez, a vida o muerte, que obliga a jugar a un atribulado Ethan Hunt pondrá a prueba, hasta extremos nunca vistos, la salud mental del susodicho. Por otro lado, y no menos importante, la seductora Ilsa Faust (Rebecca Ferguson), quintaesencia estilizada y sugestiva de la agente doble de la que, hasta bien avanzado el metraje, no sabremos si es aliada o enemiga.

Sobreviviendo a duras penas al letal abrazo del oso de dos fuerzas de semejante calibre nuestro héroe, que pese a seguir realizando las proezas de antaño parece acusar en esta ocasión los embates de vivir permanentemente en el filo de la navaja, la incomprensión gubernamental, el acoso de una organización que avanza en todo momento varios pasos por delante; que el traje de Hunt le sienta a Cruise como un guante resulta una obviedad tras todas las misiones del mundo, pero entre correría y correría aflora a través de sus deshilachadas costuras la persona que se oculta tras el superagente secreto, dejando sus debilidades al descubierto: la imposible love story entre Ethan e Ilsa, atrapados por sus circunstancias respectivas, teñida de una serena, emotiva melancolía. Pero que no se asusten los amantes de las emociones fuertes ante la atención prestada a los diversos conflictos de los personajes en liza durante los (escasos) momentos de pausa, pues cuando toca ponerse a la faena el equipo técnico de la película ofrece una lección de cómo rodar, fotografiar y montar la acción, ya sea jugando a placer con la incredulidad del respetable —la prodigiosa sucesión de secuencias ambientadas en Casablanca, que culmina en una memorable persecución de motos— ya sea revisitando a Alfred Hitckcock, como vimos inscrito a fuego en el ADN de la saga —la representación del Turandot de Puccini en la Opera de Viena, y todo lo que en este marco incomparable acontece entre bambalinas, constituye un arrebatador homenaje al maestro del suspense y, en último término, el buen gusto cinematográfico. Si Misión imposible: nación secreta  se erige en incontestable triunfo creativo es, en resumidas cuentas, por hacer suyos los postulados de Skyfall (Id., Sam Mendes, 2012): aquilatar el legado propio, erigido a partir de la exquisita asimilación de influencias de diversa índole, para encarar el futuro, una vez superadas las zozobras de antaño, con la suficiencia de conocer el camino a seguir.