Carta breve para un largo adiós

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En el arranque de Joe (id., David Gordon Green, 2013), la mirada adolescente de Gary barre el escaso horizonte que dibujan las afueras de Austin. Con miedo, porque ha pasado los primeros años de su vida entre casas deshabitadas y sangre vagabunda. Allí, ante un paisaje industrial que despierta tanta indiferencia, se pregunta si podrá alcanzar ese anhelo de vivir como cualquier otra persona. Fuera del entorno de violencia y desarraigo que ha marcado su infancia. En otro punto de la ciudad, A.J. Manglehorn aparca su camioneta frente a la cerrajería que regenta. Contrahecho, casi un Ricardo III de arrabal, enciende las luces del establecimiento y se acomoda en su silla delante de un interminable panel de llaves. Frente al realismo que proyecta la primera escena de Joe, David Gordon Green refleja en el comienzo de El señor Manglehorn la metáfora que definirá a su protagonista: esa dificultad de dar con la llave maestra para penetrar en su cascarón. Para, tal vez, proporcionarle un modesto horizonte que le devuelva esa vieja aspiración de tener una vida como la de cualquier otra persona.

A David Gordon Green le sucede lo mismo que a Richard Linklater. A fuerza de rodar sus películas en el territorio delimitado entre Texas y Arkansas, uno tiene la sensación de que los personajes de sus historias se conectan unos con otros, comparten sus preocupaciones y esa soledad que su director localiza en entornos microscópicos: en el tramo de carretera de Prince Avalanche (id., 2013) o en el círculo de casas prefabricadas, cadenas de comida rápida y salas de bronceado de El señor Manglehorn. Una soledad que, día tras día, les lleva a redactar y corregir mentalmente la carta en la que explican qué es de su vida. Quiénes fueron y qué han acabado siendo. En un largo monólogo interior que los aísla un poco más de ese mundo, tal vez banal pero también auténtico, que se encuentra a apenas un palmo de distancia. La misma que media entre la tienda de campaña de Alvin y la carretera de Prince Avalanche o entre la casa ocupada de la familia de Gary y el bosque en el que trabaja Joe.

El señor Manglehorn es una película de pequeños gestos, en la que su director aprovecha la silenciosa presencia de su protagonista para mostrarnos aquellos fragmentos del pasado que guarda con celo: las cartas que envía a un amor perdido, devueltas una y otra vez en el correo; el bote encallado en la parte trasera de la casa, una invitación a poner otro rumbo para una vida que se resiste a dejar marchar; o la maña que tiene para abrir cualquier cerradura, excepto la de su propio vehículo. Una de las imágenes del filme, acaso la más preciosa, es aquella que enseña un avispero colgando en los bajos del buzón de cartas de Manglehorn. Cada vez que regresa a casa, su mano abre y cierra el buzón con el miedo a recibir un picotazo. O lo que es lo mismo, la misiva que, a fuerza de reescribir una y otra vez, tiene miedo de que sea finalmente respondida. Quizá porque ya se ha acostumbrado a no esperarla, a dejarse llevar por su vida interior y lanzar diariamente una botella que, tarde o temprano, le devolverá la marea. ¿Cómo mantener con vida unos recuerdos que ya solo quedan en lo más profundo? A veces, escribir es otra manera de evitar enfrentarnos a la verdad, tanto a las alegrías como a las decepciones, mientras fabricamos una alternativa mejor. Apartarse, como hacen Manglehorn o el Alvin de Prince Avalanche, para seguir creyendo que es posible hacer vida en medio de ese terreno yermo. Entre viejas fotos de personas irreconocibles y palabras bonitas que ya solo resuenan en su interior.

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Los personajes de David Gordon Green son como esos pájaros que se quedan, que no echan a volar porque han perdido su horizonte y, por tanto, piensan que no vale la pena intentarlo. Y, sin embargo, cuánta ternura hay en el dibujo de Manglehorn. En ese anciano que entra a la sucursal de banco a ingresar los ahorros sin pensar que, tal vez, quizá, es posible, su cajera se sienta atraída por él. Por esa vida entre llaves y cerraduras que no se abren, entre platos prefabricados y el sol de media tarde que se atisba desde el porche. Por esa vida que a veces no es necesario explicar, solo compartir. Paso a paso, para eliminar lentamente la distancia que se ha interpuesto y recuperar perspectiva. Para dejar de escribir en pasado o en pretérito, a un remitente desconocido, a una imagen amarilleada con el tiempo, a una persona que ha dejado de existir. Con esa dulzura tan tonta y sincera con la que Holly Hunter interpreta a su personaje, agradecida después de que Manglehorn le regale una salchicha de juguete para su perro. Con la mirada eternamente cansada de Al Pacino, que arrastra su cuerpo por la casa como si se moviese por un cementerio de elefantes, entre vestigios y ruinas de unos sentimientos que se han extinguido.

Promesas que nunca cumplimos, páginas que desearíamos arrancar de nuestros diarios personales, todas las cosas bellas que sentimos por primera vez, la vehemencia con que defendimos nuestras ideas o el temblor que sentimos al pisar aquellos lugares que todavía no conocíamos. Gestos, imágenes, palabras o sensaciones que nunca tienen la misma intensidad, pero que siempre queremos sentir. Película a película, David Gordon Green ha creado una ciudad de criaturas solitarias y cariñosas que, como el protagonista de Joe, parecen anhelar una vida que no es nada del otro mundo. Normal. Modesta. Llena de esas minúsculas alegrías que te hacen sentir menos solo, libre de esa prisión que has erigido en forma de recuerdos. Por eso, cada nuevo filme parece una carta que su personaje escribe para despedirse de su pasado. Un largo adiós escrito con pocas palabras, con letra apretada y un deje de melancolía. O, como en El señor Manglehorn, con esa sensación tan bonita cuando sientes que está a punto de comenzar otra vida. Una página en blanco, una voz diferente, con su fotografía a todo color. Con su miedo y con ese puñado de palabras vagas con las que empiezas a conocer a una persona. Es ahí donde reside su autenticidad.