El arte de dejar marchar las vidas no vividas

Para Sara

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El arte de dejar marchar las vidas no vividas. Al final casi todo se reduce a eso. Dejar escapar el tiempo no vivido, el tiempo fantaseado y todos los rostros que uno ya no es.

Si lo han pensado alguna vez, estarán de acuerdo conmigo en que la gente tiene la mala costumbre de envejecer muy mal. Se compran coches gigantescos para adelantarte por la derecha a 180 kilómetros por hora. Piden créditos para comprarse teléfonos móviles que no pueden pagar y, una vez cada seis meses, salen a emborracharse como si no hubiera un mañana. En el otro registro del espectro, algunos/as llegan a los treinta y comienzan a perseguir por todas las aceras la adolescencia perdida. Si mi adolescencia volviera, si mi juventud volviera, probablemente me dispararía en la cabeza sin pensármelo dos veces.

Lo indudable es que no hemos experimentado un auténtico aprendizaje del paso del tiempo. Algunos se fingen escandalizados ante la generación que viene detrás de nosotros y su barahúnda enfurecida. Escandalizarse ante la juventud es una manera muy sincera de odiarla. De ahí que a nadie de menos de treinta palos le pueda gustar gran cosa la última película de Noah Baumbach, ni mucho menos lo que yo tenga que decir sobre ella. La acusarán de su defensa de la paternidad, por ejemplo. O de la falta de realismo y verosimilitud con la que supuestamente les retrata a ellos, los jóvenes, que sin duda, en buena lógica, son lo único que les interesa en el mundo. Todo se resume de manera sencilla: ellos todavía no tienen que aprender el arte de dejar marchar la vidas no vividas, así que guardemos nuestra paz y miremos, con dulce envidia y cómplice satisfacción, cómo ellos acarician todas las posibilidades de su horizonte de sucesos.

Sin embargo, ustedes me permitirán hoy sincerarme, hay dos datos en la cinta de Baumbach que me parecen exquisitos y a los que, quizá, no se les ha prestado suficiente atención. El primero de ellos es la idea de que todavía quedan seres humanos que siguen pensando que puede existir una Verdad detrás de las imágenes. Cuesta creer en la lucha de Josh (Ben Stiller), con toda esa panoplia de documentalista amargo que no pudo superar los tics post-Pennebacker y post-Mekas y que se negó a escuchar nada menos que a Errol Morris, cuando llegó a afirmar: “La verdad no viene garantizada por el estilo o por la expresión. No viene garantizada por nada”. Pero cuidado, si leen la cita de Morris con cuidado verán que en ningún momento afirmó que la verdad no existiera, o mucho más allá, que no pudiera ser mostrada.

Hay una verdad en las imágenes, pero para llegar a la auténtica creencia de la misma es necesario paladear el fracaso tal y como lo hace el propio Josh. Y todavía diré más: para creer en ella es necesario experimentar íntimamente el paso del tiempo, ser consciente de la finitud propia y atreverse a convivir, en lo más íntimo, con la inevitable idea de la muerte de uno. Ahí están Bazin y su ontología. Ahí están Didi-Huberman y sus máscaras funerarias. La imagen puede desvelar muchas verdades, pero una de ellas es indudable y no puede negarse: la imagen desvela el paso del tiempo. Su tiempo y el nuestro.

Josh se ha quedado, como tantos otros, anclado en la trampa política. Al contrario que, pongamos por caso, un realizador como Nanni Moretti, es incapaz de comprender que la política no puede sustentar todo el aparataje estético, sino que es la muerte la que llega. Es la melancolía sobre el propio rostro la que finalmente acaba sujetando su cámara. De ahí que, mientras colecciona imágenes, la vida a su alrededor fluye y escribe con tristeza lánguida sobre los objetos que utiliza: la copa de vino, el ordenador portátil. Todas las verdades en las que creer —y muy especialmente las políticas— no empiezan ni en la duda cartesiana ni en la más rigurosa de las éticas. Todas las verdades en las que creer empiezan y acaban en la propia muerte. En saber que uno va morir y, por lo tanto, debe actuar en consecuencia. Escuchen, sin no me creen, a los iluminados neocon de la CEOE y aledaños: hablan como si no fueran a morirse jamás, los muy faltos de espíritu.

Lo que me lleva al segundo punto que quería rescatar de la cinta de Baumbach. El arte de dejar marchar las vidas no vividas pasa directamente por dejarse acompañar, cuidadosamente, por otros hacia la muerte. Cuidar a esos otros que nos acompañan y aceptar conjuntamente la presencia de la muerte, aceptar también como una celebración que las vidas no vividas se marchitan pero queda, a cambio, la pequeña suma de elecciones y riesgos que uno cosecha.

¿Por qué funciona tan bien el tándem Ben Stiller/Naomi Watts a lo largo de todo el metraje? Sin duda, porque el espectador puede casi respirar cómo ambos personajes han aprendido a amarse y a envejecer juntos. Es un tópico, pero quizá deberíamos prestar atención a los tópicos en un mundo en el que cada semana la angustia cotiza más y más alto en los zocos farmacéuticos. Cuando antes decía que no sabemos envejecer también quería decir que no sabemos mirarnos cara a cara. Nadie lo vio con tanta claridad como el Ingmar Bergman de Fresas salvajes (Smulltronstället, 1957): para practicar el arte de dejar marchar las vidas no vividas hay que aprender a asumir el perdón, a pedir perdón y a derrocharlo desde la entraña.

El uso del primer plano, pongamos por caso. Envejecer junto a alguien es un primer plano en el que el tiempo escribe con precisión los miedos compartidos, los triunfos, los planes no cumplidos y las risas que no hemos conseguido sofocar. Envejecer entre la cálida conversación de los amigos que nos han perdonado o entre las sábanas que hemos subido a tender durante años, de tal manera que al final es la piel y la palabra la que seca el sol de las ciudades.

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¿Por qué no hay más películas como Mientras seamos jóvenes que nos hablen claramente del arte de dejar marchar las vidas no vividas? ¿Las verían, acaso, los tipos que esta noche de miércoles se han dejado a la mujer y al niño en casa y andan hinchándose de Mahous mientras la muerte, con el rostro de Cristiano Ronaldo-y-olé les deposita una aceituna con hueso en la boca ansiosa del sexo no besado? ¿Las verían los torpes cuerpos del extrarradio que planchan ropa deshilvanada mirando de reojo el resumen de Gran Hermano y hace ya años que no se masturban con alegría? ¿Nos permitirán los jóvenes no querer verles en la pantalla, disfrutar de su caricatura y volver a casa mientras el penúltimo otoño se desprecinta como antes nosotros desprecintábamos cajetillas de tabaco?

Dejamos de fumar, pero ahora ya sabemos que aprender el arte de dejar marchar las vidas no vividas es irremediable y sólo puede combatirse con una cosa. Con la mirada hacia un rostro que nos salve del tiempo mismo. El rostro del amigo, de la pareja, del hijo. El rostro que se proyecta en la pantalla cuando el cine, de alguna manera, asume la muerte y la desliza, disfrazada de luz y alegría, sobre nuestras pupilas. Lo escribió Cesare Pavese, vendrá la muerte y tendrá sus ojos.

Y de ahí, el amor. Y el cine. Y la Verd
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