¿Otra distopía Young Adult?

“You’re 18, you don’t know what you want. And you won’t know what you want ‘til you’re 45, and even if you get it, you’ll be too old to use it.”

 

10 razones para odiarte (10 Things I Hate About You, Gil Junger, 1999)

 

Del hermético aislamiento a la frenética búsqueda de los valores y el “yo”: ¿distopía reflexiva o pura descripción de la transición adolescencia-madurez?

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Por todos es sabido que en los últimos años el boom de las distopías young adult se ha visto acrecentado, e incluso se ha hecho llegar a un público mucho más variado, gracias a las adaptaciones cinematográficas de las sagas más recientes, del tipo Los juegos del hambre (The Hunger Games, Gary Ross, 2012), Divergente (Divergent, Neil Burger, 2014), y la que ahora nos ocupa, El corredor del laberinto (The Maze Runner, Wes Ball, 2014). La gran baza de estas novelas y filmes radica, precisamente, en el fresco acercamiento a las ¿paranoias? distópicas de grandes escritores a los más jóvenes. Al fin y al cabo, los aprendizajes sobre cómo no debería ser la sociedad del futuro (aunque parece que trabajemos a contrarreloj precisamente para hacer realidad aquellas atroces premoniciones) deben comenzar a enseñarse desde esta edad y en su idioma, cuando aún están decidiendo qué quieren ser, y cómo deben serlo. Cuando están a tiempo, en definitiva, de no comportarse (ni querer que otros lo hagan) como los monos de la cultura japonesa, tal y como comentaba hace unos meses en el artículo sobre moralidad distópica: no ver el mal, no escuchar el mal, no decir el mal[1].

No nos confundamos. Por grandes escritores me refiero, citando a clásicos archiconocidos y centrándonos en novelas sobre el control gubernamental y sociedades oprimidas, a Yevgueni Zamiatin y su abanderada Nosotros de 1921; a Aldous Huxley y Un mundo feliz (1932); a Alfred Bester y El hombre demolido (1952) o, cómo no, a 1984 de George Orwell o (1948). Los pioneros, en definitiva. Porque lo que encontramos en la trilogía de El corredor del laberinto de  James Dashner, o en las novelas de Veronica Roth (Divergente) y Suzanne Collins (Los juegos del hambre) son básicamente referencias a los de culto que, con más o menos acierto (ojo, no estoy diciendo en ningún momento que no sean de interés), retoman esas ideas —y también las de filmes distópicos que no beben de la literatura— y las empaquetan, habiendo creado productos diseñados para convertirse en best-sellers y, en consecuencia en su traslado a la gran pantalla, en blockbusters millonarios.

Productos, sí. Pero no. Me explico: ninguno de estos filmes aportan nada nuevo al panorama cinematográfico en cuanto al subgénero distópico y sus planteamientos, por mucho que alguna de sus interpretaciones sea muy destacable. Por ejemplo, encontramos paralelismos similares e igual de interesantes entre la saga Divergente y su propuesta de estratificación en facciones (cordialidad, abnegación, erudición, osadía, cordialidad, verdad) y la división de El corredor del laberinto (corredores, constructores, médicos…). Una misma idea tomada de la necesidad de sacar el mejor provecho del individuo: que se ponga a hacer lo que mejor sabe. Sí, lo hemos visto ya (y leído. ¿Una recomendación? Plop, de Rafael Pinedo). Valía profesional e identidad personal se funden para el bien de la sociedad, a veces de forma completamente aceptada, como en Divergente (aunque, naturaleza humana, la facción Erudición quiere sustituir a Abnegación en el Gobierno), y otras por pura supervivencia, al menos inicialmente… como los chicos encerrados en el laberinto, experimento monitorizado de CRUEL (curiosamente, no se habla de gobierno sino de Empresa… qué mejor forma de adaptarse a los nuevos tiempos capitalistas). Estas dos, y añadiendo también Los juegos del hambre,  como cualquier distopía que quiere romper con lo preestablecido [2] o hacernos despertar de nuestro letargo social, se centran en el cuestionamiento de uno de los individuos en cuanto a su situación personal dentro de ese sistema no escogido o que, simplemente, no entiende. Y, obviamente, el individuo, el héroe, se convertirá en nosotros mismos, en nuestras ganas de cambiarlo todo al traer a nuestro mundo real las metáforas de lo que significa “su” mundo: una futura Chicago, El Capitolio y Panem…  o El Claro, y La Quemadura.

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De esta forma, en estas distopías Young Adult sí encontramos un punto de partida que permite ese paralelismo distopía-ficción/realidad,hallando un trasfondo más ético que moral en el apoyo incondicional al héroe (en cuanto, en definitiva, lo que se quiere del lector/espectador es que sus decisiones afecten al conjunto de la sociedad).

Pero.

Sociedades estratificadas. Anteponer al amigo, al igual, antes que a la familia, a la sangre. Adultos que traicionan. Objetivos imposibles…

Ya adentrándonos en El corredor del laberinto específicamente: si dejamos de lado el análisis distópico, e incluso el de reflexionar acerca de si la experimentación con seres de nuestra especie es o no defendible para un bien mayor, y común, la verdad es que la interpretación de esta saga se amolda perfectamente a una lectura mucho menos filosófica, futurista, o alternativa. En verdad (y para las tres sagas mencionadas), podríamos pensar que la distopía es simplemente un esqueleto presuntuoso que sirve de envoltorio a una historia menos glamurosa (aunque exquisitamente rentable, seguro), pero igual de traumática y con posible trágico final:

¿Es El corredor del laberinto el despertar del adolescente a la vida adulta? ¿Una guía práctica para tomar las riendas del “yo”, para enfrentarse a los problemas con compañeros, familia y amigos, y salir airoso? ¿Es una forma de querer que estas nuevas generaciones piensen por ellos mismos, que se independicen del pasado y sus reglas, o es puro negocio estandarizado? Y, lo más importante, ¿qué es lo que atrae al adolescente de El corredor del laberinto? ¿Con qué se identifica?

Thomas, la figura del héroe. Escapar, encontrar una misión: La vida adulta

Recordemos la primera parte, El corredor del laberinto. El Claro, allá donde se encuentran todos los recién llegados. Todos chicos, todos sin saber quiénes son. ¿Cómo han llegado ahí?

Entorno e identidad. Perdidos y encerrados tras los muros del desconocido mundo adulto, pero felices, adaptándose a él… hasta cierta edad.

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A partir de entonces, o se cuestionan el entorno, como Thomas, o les da miedo salir, como Gally… El peligro conocido, los laceradores, los problemas de la vida adulta que, una vez enfrentados, son mucho menos feroces de lo que parece o, como mínimo, se descubre que es posible llegar a superarlos (o imitarlos). Así que intentar saber qué hay más allá de El Claro se nos antoja como la necesidad de madurar, de entrar en el mundo adulto, superando las propias dudas y conociendo algunas verdades mitificadas cu
ando se es un niño. Y el descubrimiento de CRUEL no es más que sumergirse en la sociedad “de los mayores” con sus estúpidas reglas y, sobre todo, con sus ansias de poder… pero a este nivel los chicos aún no saben hasta qué punto deberán o no colaborar, y fiarse, de ella. Que no haya chicas supone un mayor indicio a que El Claro representa el submundo del adolescente (masculino). Las chicas les gustan, sí. Pero aún están en una edad en la que prefieren establecer fuertes lazos con los amigos. Cuando aparece la chica… algunos ya le harán caso, otros aún no. Simplemente, un tema hormonal, si pensamos en adolescentes.

¿Y qué pasa cuando consiguen salir del laberinto, cuando se deciden a enfrentarse al mundo adulto? Pues que se confunden, que encuentran aliados donde no los hay. Ya descubrirán que la vida no es tan sencilla como para pensar en dos únicos bandos… por mucho que parezca que los mayores, sí o sí, vamos en contra de las necesidades de estos adolescentes.

Desde la perspectiva “producto”, esta primera adaptación sorprendía por prescindir de una acción desmesurada, o de romances, convirtiéndose en la adaptación más interesante de toda la hornada.  Se centraba en presentar a los personajes y su principal problema, el agobio de vivir encerrado sin saber muy bien por qué, y la necesidad de escapar. La intriga y claustrofobia conseguida en la primera parte se desata, encontrando un filme en el que el verdadero laberinto es el argumento, con  El corredor del laberinto: Las pruebas.

Desde una introducción que se nos antoja descolocada pero que seguramente acabe teniendo relevancia en entregas posteriores, la acción toma el relevo en esta segunda parte, cambiando notablemente el tempo del filme pero haciéndolo de forma muy coherente con respecto a la predecesora, que nos confirma que fue todo un acierto que Wes Ball haya continuado con la realización de la saga.

Pero, centrándonos en El corredor del laberinto: Las pruebas, y volviendo con la ¿extraña? interpretación acerca de la representación en imágenes “metafóricas” sobre la entrada en la madurez, lo que encontramos es un camino lleno de impedimentos…

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Descubrir que no se es el único que está atravesando por esa situación, que decenas, cientos, miles de niños están sintiendo lo mismo que ellos en el mismo momento, y que cada uno reacciona según su propio carácter (esta parte inicial de la película es una muy buena transición desde el laberinto hasta la huida por la ciudad, ayuda a enlazar el cambio de ritmo comentado antes).

Cruzarse con personas iguales a ellos que ya han desistido, que se han integrado en una sociedad que les dice qué deben hacer. También con personas que, al no hacerlo, se convierten en proscritos, en “gente tóxica” para el establecimiento de las reglas sociales (con la aparición de “los raros” la saga nos sumerge inesperadamente en un nuevo subgénero,  pasando del pseudo-thriller psicológico que podía ser la primera a un filme de ciencia ficción post-apocalíptico —conocemos La Quemadura y las consecuencias del cambio en el Sol— y de acción con tintes, además, de terror zombie, muy a lo Infectados [Carriers, David y Alex Pastor, 2009]).

Ser consciente de que se utiliza con engaños al joven adolescente para retroalimentar una sociedad corrupta (un pasaje muy a lo Matrix [The Matrix, 1999]  o El destino de Júpiter  [Jupiter Ascending, 2015], las dos de los hermanos Wachowski, y también a lo Cuando el Destino nos alcance [Soylent Green, Richard Fleischer, 1973], por cierto).

Darse cuenta de que no se puede confiar ciegamente en las personas, ya que muchos te ayudarán sólo si va a favor de sus intereses (la figura de Marcus, por ejemplo), pero también todo lo contrario: que puedes encontrar aliados en sitios insospechados (Jorge)…

… pasar por todos ellos es el aprendizaje necesario para alcanzar una madurez sana, una identidad propia. Pasar las pruebas del mundo real, sin la protección materna, familiar, que se nos introducía al inicio.

Y, una vez se alcanza la lucidez, superados (teóricamente) todos los obstáculos… ¿qué es lo que debe hacer el adolescente?

Tomar decisiones.

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Afortunada y sorprendentemente los adolescentes encuentran en esta distopía un posible camino hacia su liberación personal, y social. Son ellos los que deben despertar, siendo conscientes del laberinto emocional que supone el darse cuenta de quién es uno mismo y qué quiere hacer para poder seguir siéndolo. Los adultos, quizá, somos los que ya hemos tirado la toalla y los que ya no vamos a poder hacer gran cosa para ayudarles. En cualquier caso, al menos nos queda la esperanza de ver a través de la ficción propuesta si lo consiguen, es decir, cómo avanza la saga en la siguiente entrega: qué pasa con la resistencia y Brazo Derecho; si Thomas consigue recuperar a su amigo, tal y como le prometió; si convencerá a su posible novia de la necesidad de no seguir las reglas… ¿La verdad? Muchas ganas de ver cómo sigue (y esperamos salga airosa) esta transición adolescencia/madurez, distopía/ciencia ficción/terror.

 

1. Para conocer más sobre moralidad distópica, enlazamos el artículo publicado en Mayo 2014: No ver el mal, no escuchar el mal, no decir el mal.

2. Ejemplos, muchos, y ninguno de ellos adaptaciones: desde la serie Mad Max de George Miller, incluido Mad Max: Fury Road (Íd., 2014); Equilibrium (Íd., Kurt Wimmer, 2002); La isla (The Island, Michael Bay, 2005); In Time (Íd., Andrew Niccol, 2011), Carré blanc (Íd., Jean-Baptiste Léonetti, 2011)… incluso (estos sí previamente novelas) El planeta de los Simios (Planet of The Apes, Franklin J. Schaffner, 1968) o Cuando el Destino nos alcance (Soylent Green, Richard Fleischer, 1973) hasta la pendiente de estreno y también distopía Young Adult, Equals (Íd., Drake Doremus, 2015), toda una grata sorpresa