My name´s Craig, Daniel Craig

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Uno de los elementos que ha venido caracterizando a la serie Bond, tan permeable a los cánones genéricos vigentes en sus más de cinco décadas de existencia, ha sido la renuncia a plantear un ciclo heroico al uso para nuestro agente secreto, de los impetuosos inicios a la compleja, tensionada madurez del que se ve obligado, dada su profesión, a mirar a la muerte de frente. Si bien este pecado original nace ya de la cuestionable decisión —vista desde la óptica actual, claro está— de iniciarse con James Bond contra el Doctor No (Dr. No, Terence Young, 1962) en detrimento del primer relato de Ian Fleming, y perseverar en el empeño adaptando con escaso —cuando no nulo— rigor las novelas restantes, no puede hablarse, en puridad, de que las Bond movies no tengan un origen claramente identificable: el que le confieren sus tres primeros títulos, en los que se presenta tanto al icónico 007 encarnado por Sean Connery como su particular terreno de juego, y le catapultan al éxito masivo con el perfeccionamiento de la formula, lista para ser estandarizada, que supone James Bond contra Goldfinger (Goldfinger, Guy Hamilton, 1964). En los tres años transcurridos entre Doctor No y está última poca evolución del personaje veremos, mientras que los diversos elementos que conforman su reconocible universo ficcional irán progresivamente consolidándose, quintaesencia de una marca de fábrica que se verá rubricada por sucesivas oleadas de bondmania durante los años sesenta. Operación trueno (Thunderball, Terence Young, 1965), primera replicación de un modelo sólidamente establecido, será consecuencia directa de ello.

El paso del tiempo traerá nuevos aires a la geopolítica mundial y los roles de género —a los que los responsables de la serie, y es una de las claves que explica su vigencia actual, sabrán acomodarse con inteligencia— pero el único cambio realmente significativo será el de rostro e impronta de James Bond, asistiendo entrega tras entrega, recambio tras recambio, al (inevitable) envejecimiento de sus sucesivos intérpretes que en nada conllevará una, siquiera elemental, evolución personal; bien al contrario, las sucesivas encarnaciones de Sean Connery y Roger Moore, que continuaron haciéndose cargo del personaje durante bastante más tiempo del que recomendaría el sentido común, apostaban por negar el inevitable paso del tiempo, lo que de no ser así podría haber revestido sus caracterizaciones, y por ende a la franquicia, de un estimulante hálito crepuscular. Vista con la perspectiva que da el tiempo, la estimulante renovación de esquemas que supuso en su momento 007 al servicio secreto de su Majestad (On Her Majesty´s Secret Service, Peter Hunt, 1969), pese al carácter anecdótico de la etapa Lazenby, se concreta en una (temprana) humanización del arquetipo, cuyo postrero sufrimiento ante la trágica pérdida de su esposa resultaba creíble porque todo el proceso de enamoramiento previo tenía cabida, y relevancia dramática, en la narrativa de la película. Habrá que esperar nada menos que dos décadas para que un nuevo Bond, felizmente rejuvenecido en el circunspecto semblante de Timothy Dalton, se tome la justicia por su mano, desoyendo el mandato de sus sacrosantos superiores, en Licencia para matar (Licence to Kill, John Glen, 1989). ¿El motivo? Algo tan humano, y por ende ajeno a la conceptualización estereotípica del héroe, como saciar su sed de venganza.

¡Qué sorpresa! 007 tenía emociones, y las vehiculaba a través de una sanguinaria vendetta en la que no dejaba títere con cabeza. Este cambio de registro, por lo demás perfectamente coherente con los estilemas del cine de justicieros que a finales de los ochenta seguía teniendo su público, espantó a los guardianes de las esencias, a los que se les debió indigestar la sobredosis de truculencia. No sorprende entonces que, tras varios años en el dique seco, el retorno de Mr. Bond persiguiera a toda costa reverdecer laureles apelando al escapismo amable de antaño pero con un ojo puesto en la rabiosa actualidad, la del nuevo orden mundial surgido tras el derrumbe del telón de acero. El esfuerzo fue bendecido por la taquilla, pero los títulos que siguieron a Goldeneye (Id., Martin Campbell, 1995) abundaron en el Martini y las féminas esculturales en detrimento de una exploración verista en el background del personaje, pese a los evidentes esfuerzos de Pierce Brosnan por sobreponerse, infructuosamente, a su propio rictus de autosuficiencia. Tuvo que llegar el siglo XXI —y con este la inoculación masiva de la Doctrina del Shock post 11S, que todavía padecemos— para que la compleja realidad de nuestro tiempo elicitara de manera natural una renovación en profundidad del icono, que por lo demás han seguido igualmente sus correligionarios más exitosos, los antiguos y los nuevos. A este respecto los productores de la franquicia —haciendo gala de su proverbial clarividencia— optaron por recuperar, esta vez de verdad, a Ian Fleming otorgando pátina refundacional al capítulo inaugural de este nuevo ciclo: Casino Royale (Id., Martin Campbell, 2006) adapta, transcurridos la friolera de 46 años desde Doctor No, la primera misión del agente secreto.

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Y sus responsables se esmeran tanto en la tarea que dedican la mitad de su generoso metraje a presentarnos un matón patibulario y vigoréxico, al que no le tiembla el pulso a la hora de arrasar una embajada a golpe de testosterona — coda final de la que constituye, sin exagerar, la mejor set piece de acción en lo que llevamos de siglo— o bien sonreír, con malsana delectación, observando a un enemigo saltar por los aires. El nuevo Bond había reventado ya a estas alturas todas las costuras del esmoquin, pero los guionistas del filme, con Paul Haggis a la cabeza, aún tenían guardado otro conejo en la chistera: hacernos creer que es capaz de enamorarse de verdad. Y sufrir por ello; el nudo temático de Casino Royale amalgama con maestría una partida de poker con una delicada love story que, merced al calado emocional que le insuflan Daniel Craig y Eva Green, termina por difuminar los límites entre lo personal y lo profesional, máxime cuando en el arrebatado final ambas facetas confluyen en una muerte traumática, equidistante entre la (imposible) asimilación de la traición y la pérdida propiamente dicha. Por mucho que 007 trate de convencerse de que <<the bitch is dead>>, quedaba claro que en su torturada psique no era cierto, convirtiendo Quantum of Solace (Id., Marc Forster, 2008) en un epílogo sincopado, expiatorio, salpicado de cadáveres. Será abrazado a otra mujer tan herida como él, a punto de arder en la hoguera del hotel Perla de las Dunas, que consiga finalmente perdonar la traición de Vesper. Y a sí mismo.

Aquilatando el legado

Si hay una palabra que define la esencia de este díptico fundacional es intensidad: el James Bond encarnado por Daniel Craig (sobre)vive, ama y mata como si cada día fuera el último, impregnando de frenesí los diversos apartados de producción. Con la llegada del 50 aniversario, y sin renunciar a la progresión lógica del ciclo heroico del agente secreto se impone la pausa, det
eniendo la mirada en un legado al que se pretende, y consigue, conferir una pulida relevancia: Skyfall (Id., Sam Mendes, 2012) profundiza aún más que sus precedentes en el psicodrama, convirtiendo a 007 en un revenant regresado de entre los muertos para salvar su hogar —el M.I.6— y, en último término, a su madre —M (Judi Dench)— de la venganza de otro hijo —Silva (Javier Bardem)—, díscolo y resentido, que en el pasado ocupo su lugar. Pese al esmero con que son recreados diversos elementos reconocibles, la apuesta narrativa del equipo de guionistas, encabezado por John Logan, se concreta en potenciar el duelo de voluntades Bond vs Silva que, conforme progresa la trama se enrosca más y más sobre sí mismo, situando todo lo demás en un discreto segundo plano. Spectre (Id., Sam Mendes, 2015) es, en muchos aspectos, una prolongación de su exitoso precedente, y en su decicida apuesta por revitalizar el espíritu de la bondmania, sin por ello dejar de lado la trastienda emocional del personaje, se erige en la verdadera entrega 50 aniversario (+3). Si en acertada definición de Jordi Costa Skyfall era una catedral bondiana, Spectre constituye, por encima de todo, un memorial.

Visto el resultado final, llama poderosamente la atención que tanto el tono como la estética del relato resulten tan diferentes, pese a venir firmada por el mismo director y guionistas. Apelando a una decidida vocación enciclopédica, Mendes embarca de nuevo a nuestro agente secreto en una odisea personal que se pretende recapituladora, en pos del ajuste de cuentas definitivo con un pasado poblado de espectros que se resisten a morir. El problema radica en que en no pocos momentos el vértigo resulta sepultado por la cita culterana, las emociones límite ceden al distanciamiento de una réplica ingeniosa. Lo que en Skyfall generaba poderosa alquimia a traves de la retroalimentación positiva, en Spectre avanza en paralelo, siendo escasas las ocasiones en que confluye de modo armónico; claro que el encargado de articular alrededor de su figura el agregado de elementos de diversa índole que conforman toda Bond movie deviene, insensatamente, un espectador más de los acontecimientos: en la medida en que ha perdido perímetro torácico, Craig ha renunciado a su carismática encarnación del rebelde con causa reciclándose en eficaz profesional que, más que madurar, se ha aburgesado. El piloto automático con que encara los avatares de su aventura más retadora, como si la cosa no fuera con él, le emparentan con el Connery de Sólo se vive dos veces (You Only Live Twice, Lewis Gilbert, 1967), lo cual no constituye precisamente un logro del que presumir.

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Seguramente hastiado de rodajes accidentados y acosos mediáticos, Daniel Craig da abundantes muestras de haberse cansado de 007, lo que repercute tanto en su partenaire femenina (Léa Seydoux) como en el villano de la función (Christoph Waltz), que orbitan a su alrededor sin acabar de converger en el mismo plano. Menos mal que con anterioridad a que el demiurgo que mueve los hilos desde las sombras se descubra como un Ernst Stavro Blofeld más deudor de Donald Pleasence que de Telly Savalas, sus tentáculos políticos han posibilitado un entonado discurso que, alertando de los riesgos derivados de la renuncia a la más elemental privacidad, parte de Edward Snowden para desembocar, sin paños calientes, en George Orwell; la denuncia de que, en pos de la sacrosanta seguridad de occidente, el fin justificará siempre los medios otorga un substrato de plena actualidad a la trama, sin desentonar en exceso con un apartado visual que apuesta por una estética decidicamente retro.  A este respecto, si bien la versatilidad de Dennis Gassner —que repite como diseñador de producción tras Quantum of Solace y Skyfall— es digna de elogiar, la parte del león se la lleva la dirección de fotografía en 35 mm a cargo de Hoyte van Hoytema, que en las antípodas del luminoso cromatismo digital de Roger Deakins espesa las atmósferas de las magníficas localizaciones trufándolas de claroscuros, contribuyendo poderosamente a convertir las espléndidas secuencias ambientadas en México D.F. y Roma en auténticas filigranas visuales. Trascendiendo las insuficiencias dramáticas y narrativas, la labor del equipo técnico y artístico de Spectre convierte su visionado en un verdadero festín para los sentidos.

Haciendo gala de una honestidad que le honra, Sam Mendes ha reconocido en numerosas ocasiones el ascendente de Christopher Nolan en la renovación de esquemas que insufla carácter propio a su aportación a la etapa Craig, profundizando en las diversas aristas de Bond sin por ello renunciar a su ideosincrática, definitoria iconografía. No es de entrañar entonces que en el encadenado de clímax finales que clausura Spectre se perciba la alargada sombra de El caballero oscuro: la leyenda renace (The Dark Knight Rises, 2012), ya que su finalidad es igualmente poner el broche de oro, de manera tan espectacular como recapituladora, a toda una saga; sin negar la brillantez resolutiva de la disyuntiva final planteada por Blofeld, que permite a nuestro héroe enterrar definitivamente los fantasmas que le acosan desde Casino Royale, conviene detenerse en el evocador epílogo, poseedor de una serena melancolía: el 007 más humano e irreverente de todos, una vez saldadas las cuentas con su pasado, puede al fin retirarse junto a la bella Madeleine, y a lomos de su flamante Aston Martin DB5 cruzar como un rayo las calles desiertas de Londres, en pos de un futuro que sólo al hombre, y no a su alter ego con licencia para matar, le corresponde protagonizar.