Traspaso de poderes

Apreciación muy subjetiva: películas como No es país para viejos y El caballero oscuro nunca habrían liderado rankings críticos si antes David Fincher no nos hubiese familiarizado en Se7en o El club de la lucha con la idea de que el único relator íntegro, fiable, de nuestra contemporaneidad ha pasado a ser nuestro reverso tenebroso. Ambas, hitos mayores de su breve filmografía, siguen sin embargo bajo sospecha: fueron estrenadas antes de que se concibiese la jerga transnacional que consagró Zodiac como su obra magna, y de que Fincher ingresase en Virtuosos Anónimos para rendirse a una sobriedad no exenta de “trazas clásicas” que le procuró los parabienes que muchos le habían negado hasta entonces.

No pretendemos con esta opinión enfrentar Se7en a Zodiac, como se ha hecho con frecuencia soslayando que las separan doce años de trayectoria vital y artística, lo que debiera bastar para disculpar sus muy diferentes enfoques a partir de una premisa similar. Nos limitaremos a sugerir que la segunda es una versión políticamente correcta de la primera; una película comprensible en el contexto de un ecosistema cinematográfico determinado, cuyos referentes y propósitos formales pueden aprehenderse sin quemarnos las pestañas. Mientras que Se7en es una anomalía que trasciende los talentos de Fincher y los demás implicados en su producción, un film tocado por una Gracia mefítica y presciente (no coetánea a coyunturas ya definidas): si en noviembre de 2008 “Total Film” argüía con razón que todas las películas de Fincher son susceptibles de una interpretación en clave de «comentario sobre Norteamérica», Se7en —en mayor grado incluso que El club de la lucha— presenta un admirable carácter anticipatorio en lo relativo a la «desintegración psíquica de una sociedad sometida a eventos incontrolables que han desestructurado las instituciones y propiciado nuevas formas de relación cimentadas sobre estrategias individuales» (Manuel Castells).

La gran constante en Fincher es el aprendizaje de tales estrategias por parte de sus personajes; «el objetivo del juego es conocer el objetivo del juego» (The Game). Bien que involuntariamente, forzadas sus criaturas de manera cruel y doliente por lo Unheimlich freudiano, ese perturbador atributo «propio de la vida psíquica y extraño sólo en virtud de su represión» que emerge cuando lo Heimlich o acostumbrado desvela su fragilidad. El pulso entre tales conceptos se manifiesta en su cine como contraste de extremos: luz/oscuridad, realismo/infografía, edad lineal/invertida, poder/anonimato, orden/anarquía, cuyo resultado suele decidirse a favor de lo Unheimlich en forma insospechada de sacrificio que otorga la victoria.

Nunca como en Se7en ha estado tan clara esta polaridad, común por otro lado al cine de terror: «el monstruo representa partes erradicadas, no toleradas por el hombre o la cultura; actúa como metáfora del retorno de lo extirpado» (Robin Wood). Y nunca ha concluido de modo más explícito con triunfo para quien se ha desvelado gestor más diestro de lo real… el monstruo. En su crítica de la película publicada en la sección “Cult Movies” de esta misma revista, J.A. Souto Pacheco acertaba al calificar de opuestas las miradas sobre la humanidad de John Doe (Kevin Spacey), el resuelto psicópata que asesina para vengar la infracción continua en nuestro entorno de los siete pecados capitales, y de William Somerset (Morgan Freeman), el hastiado investigador que sigue su rastro. PPero cuando añade que el policía casi comulga con los postulados del criminal parece no advertir —y es una chocante omisión generalizada— que uno es reflejo del otro y que, por tanto, constituyen figuras equidistantes de magisterio en la formación del joven e inexperto detective David Mills (Brad Pitt), quien había solicitado voluntariamente, sin tasar las consecuencias, ser transferido a la ciudad en la que sus mayores ejercen complementariamente..

El juego de relaciones simbólicas a tres bandas establecido entre Somerset, Doe y Mills se explicita en la secuencia del trayecto automovilístico final hasta el «punto de entrega»: lo Unheimlich sale literalmente a la luz, subvirtiendo cualesquiera certidumbres que pudiéramos albergar sobre el orden vigente de las cosas y tomando el relevo en cuanto a su regulación. Somerset se ha rendido: «la gente no quiere héroes. Quiere jugar a la loto y ver la televisión». Doe no: «Ya no basta con darle a la gente un golpecito en el hombro. Tienes que golpearles con un martillo para obtener su atención […] el Señor trabaja de maneras misteriosas».