«Un niño en la obscuridad, preso del miedo, se tranquiliza canturreando. Camina  y se para de acuerdo con su canción. Perdido, se cobija como puede o se orienta a duras penas con su cancioncilla. Esa cancioncilla es como el esbozo de un centro estable y tranquilo, estable y tranquilizador, en el seno del caos. Es muy posible que el niño, al mismo tiempo que canta, salte, acelere o aminore su paso; pero la canción ya es en sí misma un salto: salta del caos a un principio de orden en el caos, pero también corre constantemente el riesgo de desintegrarse (…)» [1].

Rock my religion (1982-83) [2], el video del artista norteamericano Dan Graham, marcó un antes y un después en las relaciones entre el arte y el rock y, de alguna manera, entre la imagen en movimiento y la música. Frente al mero registro audiovisual o fotográfico, al diseño de portadas de discos o de fanzines hechos por artistas, Graham crea un complejo collage donde intenta «pasar el cepillo a contrapelo» a la historia del rock. Así no es casual que este ensayo en video diera nombre a una reciente muestra realizada en Salamanca [3], en que, con la excusa de trazar una genealogía de las relaciones entre el rock y las artes visuales, desde la década de los 50 hasta el presente, se reunieron autores como Kenneth Anger, John Baldessari, Janet Cardiff, Bruce Conner, J. L. Godard, Douglas Gordon, Derek Jarman, Nam June Paik, Christian Marclay, Andy Warhol o Jem Cohen, entre muchos otros. Precisamente el video de Graham era el eje central de la exposición, no solo porque fue hecho en los años 80, cuando en el mundo del arte el rock accede a un primer plano, sino también porque ahí se ensaya su genealogía.

Para contrarrestar el eslogan punk no future, que lleva implícito una negación de un pasado que ya no se reconocía como valor, Graham traza una teoría provocadora que relaciona el rock y el punk con el surgir remoto del movimiento religioso de los shakers. Trata así de hacer una historia del rock a contrapelo, no una reconstitución en el sentido historicista, en que el presente da una imagen eterna y separada del pasado, sino que parte de un pasado ‘real’, aunque soterrado, para pensar el presente y el futuro del rock y del punk a través de su arqueología. Vincula esta música de masas con la religión y analiza las condiciones y transformaciones sociales e históricas de la cultura americana de la posguerra, pues para Graham la música integra un conjunto de fuerzas silenciosas que el material sonoro vuelve perceptibles.

Antes de ser un video Rock my religion era un ensayo escrito, uno de los muchos que el autor dedica al rock y al punk, tales como The end of Liberalism, New wave rock and feminine o Punk as propaganda. Estos textos configuran una especie de historia secreta de las manifestaciones culturales y sociales vinculadas a la música popular, en un momento en que el rock parece dinamitar las fronteras entre la alta y la baja cultura y en que el arte, la performance, la música experimental y popular, el video y el cine se mezclaron de manera natural. Graham pertenecía a la generación art punk y no wave donde no era necesario saber tocar un instrumento para hacer música; colaboró en sus trabajos con músicos de esta generación y llegó a producir algunos de los álbumes de The Static y de Theoretical Girls. Tony Oursler lo llega a integrar en su trabajo en video Synesthesia (1997- 2001), un conjunto de doce entrevistas que configuran una historia oral del movimiento de la no wave a partir de algunos de sus protagonistas: John Cale, Glenn Branca, Kim Gordon, Lydia Lunch, Genesis P-Orridge, Laurie Anderson, Thurston Moore…

El interés de Dan Graham por el rock está ligado a la performance, tal como ocurre con Christian Marclay, que encuentra proximidades estéticas y políticas en la implicación física y, por veces, muy agresiva y destructora del cuerpo tanto en los conciertos punk como en el accionismo vienés. A través del video Guitar Drag (2000), Marclay explicita esta relación. Una guitarra eléctrica, conectada a un amplificador, es arrastrada por un camión a lo largo de campos y carreteras desérticas de Texas. En cuestión de minutos se rompen todas las cuerdas y el cuerpo de la guitarra vibra, creando diferentes texturas sonoras. El cuerpo contusionado de la Fender reenvía a los cuerpos en furia de Jimi Hendrix, de The Who o The Clash destrozando los instrumentos y evoca también los linchamientos de negros en el Sur americano. La crudeza del video, tanto la imagen de la desintegración del instrumento, como la violencia sonora, enlaza el punk con la rudeza del blues y, a la vez, convierte la guitarra eléctrica en una prolongación del cuerpo humano.

Es desde otro lugar que Graham liga la performance con el rock. En Performance/Audience/Mirror (1977) parece calcar los mecanismos de un concierto punk-rock, donde el escenario es un espacio teatralizado que refleja el espectador. Para ello diseña un dispositivo que permite al publico verse a si mismo en un espejo situado detrás del performer, imponiendo a los espectadores su existencia como masa publica. El performer y la audiencia existen en una especie de estado de auto reflejo: espacio que introduce el proceso de percepción del espectador. Más tarde aplica este mecanismo a un concierto que hace con Glenn Branca, Musical performance and stage-set utilizing two away mirror and video time delay (1983), pero ahora los espectadores y los músicos están dispuestos lado a lado, con un espejo delante y otro detrás. Para mirar los músicos el público mira hacia el espejo y nunca los ven separados de si mismos, lo mismo ocurre con los músicos, que no se ven aislados del público. Músicos y espectadores están integrados en el reflejo del espejo, imagen que, a su vez, integra la proyección en video de lo que ocurre en la sala con 6 minutos de retraso, lo que hace estallar «el aquí y el ahora» del concierto al introducir un tiempo pasado.

Aunque muchos críticos consideren Rock my religion una obra alejada del trabajo anterior de Graham en realidad se trata de todo lo contrario. Es a partir del análisis sobre la visión y la percepción del espectador que hace en sus anteriores trabajos de video o performance y de su interés por la arquitectura vernácula americana y por la periferia urbana que crea su historia del rock. De ahí que se detenga en cómo el cantante ejecuta la performance, en cómo la percibe el público y en el análisis del espacio que reúne público y performer, haciendo también hincapié en cuestiones sociales y políticas, de clase y de género.

«(…) Se traza un círculo, pero sobre todo se camina alrededor del círculo como en un corro infantil (…)» [4].

De alguna forma detrás de este video-ensayo parece estar la noción de que la música es inseparable de una determinada distribución de espacio, de ahí que tenga poder de territorialización y, a la vez, de desterritorialización, noción que desarrolla Deleuze en su texto «Ritornelo». O sea, no solo engendra espacio a través del ritmo, sino que también tiene la capacidad de empurrar o arrastrar para fuera de ese espacio. Lo cual conduce no solo al aumento de la velocidad de los gestos de los que están a su alrededor, sino que hace que los integrantes de ese espacio sonoro, en un primer momento desvinculados, formen una masa compacta. De ahí que Dan Graham vincule el delirio y la embriaguez colectiva del público roquero con los cultos religiosos de los shakers (del verbo shake: temblar, sacudir, agitar), una primitiva comunidad religiosa fundada por Ann Lee, obrera analfabeta del Manchester industrial de mediados del siglo XVIII, que surge más tarde en América.

Los shakers practicaban la auto-negación a través de danzas extáticas que conducían al trance, se sacudían y daban vueltas para curarse el alma. Esas danzas parecían surgir como respuesta a la pérdida de los valores tradicionales ocasionados por la revolución industrial. En sus reuniones religiosas muchos se levantaban y empezaban a «hablar en todas las lenguas», ahí el piano y la guitarra habían reemplazado el órgano y la gente se balanceaba, mientras recitaba frases bíblicas. Graham asocia esta danza circular y también el baile en círculo de los Sioux con la música rock surgida en los años cincuenta y destinada a una «nueva clase»: el adolescente, para quien el rock and roll es su religión [5].

«Ahora, por fin, uno entreabre el círculo, uno abre, uno deja entrar a alguien, o bien uno mismo sale afuera, se lanza. Uno no abre el círculo por donde empujan las antiguas fuerzas del caos, sino por otra zona, creada por el propio círculo. Como sí el mismo tendiera a abrirse a un futuro, en función de las fuerzas activas que alberga. En este caso, es para abrirse a fuerzas del futuro, a fuerzas cósmicas. Uno se lanza, se arriesga a una improvisación. Improvisar es unirse al mundo, o confundirse con él. Uno sale de su casa al hilo de una cancioncilla (…)» [6].

Se muestra la analogía entre los shakers y el público adolescente de los conciertos rock no solo a través del retrato del público y de la comunidad religiosa en éxtasis, sino también a través de los espacios y de la arquitectura vinculada a las reuniones religiosas del pasado y a los conciertos. En la arquitectura funcional y austera de la comunidad shaker, estaba eliminado todo lo ornamental: sus salas de reuniones reflejaban la simetría bilateral de su organización socio-sexual, con dos auditorios cara a cara. Y Graham compara esta simetría y austeridad con la serialidad y repetición de la arquitectura suburbana de los Estados Unidos de la posguerra, tema de su obra anterior Homes for America (1966). Es esta arquitectura suburbana que ve nacer el rock como la religión de los adolescentes que se sacuden al sonido de la música de Elvis, tal como lo hacían los shakers, pero ahora con una danza más sexualizada.

El surgir del punk y el uso de drogas en los conciertos, en los años 70, induce aún más a un estado de trance que disuelve la conciencia individual del público y lo conduce a un movimiento inconsciente de danza colectiva. El concierto punk-rock se vuelve una experiencia religiosa, con la capacidad de proyectar para el exterior el fondo de crueldad y violencia latente, revelando a las colectividades su poder sombrío y su fuerza oculta, como lo explica Artaud en El teatro y la peste. Al punto de que para Graham la verdadera acción de un concierto no está en el escenario sino en la audiencia. El público se encuentra justo dentro del grito, no solo necesita que la intensidad del choque lo sacuda o arrastre, a lo largo de potentes vibraciones, sino que también la voz que entona y despliega juega un papel central en esa puesta en escena, como en el coro de una tragedia clásica, es el que tiene la última palabra. Es partir de esta conciencia que Ben Russel filma, durante un concierto de la banda punk Lighting Bolt, Black and White trypps Lumber three (2007). Se trata de un retrato del público en delirio y en éxtasis, donde el sonido del grupo lo conduce a un trance del más alto orden espiritual. El filme solamente nos da a ver algunos elementos del público iluminados débilmente, en ningún momento se detiene en lo que ocurre en el escenario y incluso el sonido casi no se escucha, para incidir únicamente en la velocidad de los gestos de aquellos que integran la masa sonora.

Rock my religion no es el único trabajo en video de Dan Graham dedicado al rock tiene también Minor Threat (1983) un documental sobre el grupo hardcore de mismo nombre. Y no es bien aquello que se podría denominar como rock-video, aunque tenga algo que ver con ello. Lejos de la sofisticación de imagen y del uso de la alta tecnología asociados normalmente a este genero, Graham trabaja con pocos medios pues le interesa mostrar, a través de la imperfección de la imagen y de la fuerte presencia del grano, formas pobres que realzan los valores asociados al rock y al punk. Algo que viene reforzado igualmente por el uso del collage en video de múltiples materiales, una manera hábil de acercarse a este fenómeno tan complejo.

Dan Graham construye un complicado collage a partir de la yuxtaposición de documentos, textos, citas, entrevistas, metraje filmado, imágenes de archivo, de sus trabajos anteriores, de actuaciones rock o de performances, fragmentos de músicas rock y otras trabajadas especialmente para este video por Glenn Branca y Sonic Youth. Muchas veces hay sobreposición de extensos intertítulos con el discurso del narrador o con una compleja banda de sonido: los sonidos van por un lado y la imagen por otro. Otras veces se estampa literalmente el texto sobre la imagen, mostrando que el video es un medio que permite «que el pensamiento se pueda escribir directamente sobre la película» (Alexandre Astruc, Caméra-stylo, 1948). Se trata de un monumental found footage que nos remite tanto a los trabajos de Jean Luc-Godard como a los collages de John Heartfield, en el sentido en que la multiplicidad de asociaciones y de desplazamientos de contexto de los materiales apropiados hacen estallar sus acepciones y usos originales, para irradiar nuevos sentidos latentes.

Durante los años setenta y ochenta, la desactivación de los movimientos de la contracultura musical por la industria del rock y la configuración de una especie de star system llevó a muchos creadores a posicionarse con una mirada crítica frente al rock. Pensemos, por ejemplo, en la serie de fotografías Rock Star (Character Appropriation) (1974) de David Lamelas, en las que, él mismo al vestirse con piel de roquero, pone de manifiesto la imagen comercial que de éstos se daba en los años 70. Dan Graham en Rock my religion, a partir de los elementos críticos que introduce Patti Smith en su música, cuestiona la mística rock, la idea de estrella y los elementos fálicos generalmente asociados a este espectáculo. Pero Graham aún cree que, al integrar estos elementos autocríticos, el rock tenía aún la posibilidad de crear un nuevo idioma, que no seria ni masculino ni femenino, y de volverse una forma de arte que podría abarcar la poesía, la pintura y la escultura. En uno de sus últimos trabajos, Don’t Trust Anyone Over Thrirty (no confíes en nadie mayor de treinta, 2004) una ópera rock con marionetas, Graham parece continuar su análisis del rock a través de su retrato actual. En colaboración con Tony Oursler, Rodney Graham, Laurent P. Berger y el grupo post-punk Japanther, Graham creó una obra heterogénea que incluye la performance, el teatro, el concierto en directo y la instalación de video, no para dar cuenta de la posibilidad del rock crear un nuevo idioma que integraría otras artes, sino justamente para mostrar sus contradicciones: después de haber pasado por el lado más salvaje y devastador, el rock parece haber terminado completamente domesticado por la industria cultural que desactivó sus corrientes más incómodas.


[1] Deleuze, Giles, Ritornelo en Mil Mesetas.

[2] http://www.ubu.com/film/graham_rock.html

[3] Rock my Religion. Cruce de caminos entre el rock y  las artes visuales 1956 – 2006 fue un proyecto expositivo que reunió a más de 60 artistas (nacionales e internacionales) y se articuló a través de 20 exposiciones distribuidas por varios espacios de la ciudad de Salamanca, entre octubre de 2008 al enero de 2009.

[4] Deleuze, Giles, Ritornelo en Mil Mesetas

[5] Fue Patti Smith quien hizo explícito este tropo que constituye el centro de este trabajo.

[6] Ídem.