Memorias del ángel caído

A Syd Barrett le pasó tanta factura el abuso de LSD que al final de su vida ni siquiera recordaba quién era. Daniel Johnston no ha llegado hasta los límites del artífice del maravilloso primer disco de Pink Floyd, The piper at the gates of dawn, pero desde hace muchos años vive atrapado en su propia realidad. Por eso, y cerca de los 50 años, sigue escribiendo sobre Laurie, esa chica que le volvía loco en sus tiempos de estudiante y que acabó casada con un enterrador; Casper, el inmortal fantasma inocente y bueno; y el Capitán América, un héroe de la Segunda Guerra Mundial que se pasó décadas congelado y luego le tocó lidiar con un sistema de valores que no era el suyo.

De joven, el californiano Daniel Johnston quería ser al menos tan grande como The Beatles, pero sólo en su cabeza. En realidad, prefería esconderse en el sótano de la casa  de sus padres para dibujar ojos oculares y marcianos y registrar desafinadas canciones que acaba regalando a sus amigos.  Dos de sus cintas más famosas de la época, Hi, how are you (en cuya portada figuraba ese alien tan icónico de ojos saltones que lució orgulloso Kurt Cobain en una de sus celebradas camisetas) y Yip/jump music, fueron registradas con una grabadora Sanyo de apenas 60 dólares.

Daniel Johnston alcanzó bien pronto la categoría de músico de culto. Sus autobiográficas canciones eran tan descarnadas, tan inocentes y frágiles, que pronto despertaron la curiosidad de celebridades como el citado Kurt Cobain, que le definió como el mejor compositor vivo, el creador de Los Simpson Matt Groening y algunos de los miembros más destacados de la comunidad indie de la época, como Sonic Youth.

Sin embargo, la sobreexposición pública con la que siempre había soñado, y que creó un mito alrededor de su figura a principios de los 90, agravó los problemas mentales con los que Jonston lididaba desde principios de la década anterior, y que acabaron degenerando en una psicosis maníaco-depresiva.

En 1994 tuvo la gran oportunidad, de la mano del poderoso sello Atlantic Records, de convertirse en un artista de masas. La discográfica trató de barnizar sus desnudas y frágiles canciones con el barniz alternativo que en aquellos años arrasaba en las listas de éxitos. El experimento, plasmado en los surcos de Fun (1994), vendió cerca de 12.000 copias, pero agravó la salud mental de su creador, que no fue capaz de grabar un disco de estudio hasta siete años después (Rejected unknown, 2001), de nuevo en las filas de un sello indie.

The sun would shine [1]
The candy bars
Kool Aid flowing like wine
The comic books

The TV shows
The bubble gum
The kitty cat

I was a time traveller
Listening to the heavenly laughter
Laurie was always with me
Ever after for ever, ever, ever, ever, ever, ever, ever, ever»

Viaje al fondo de la mente

Jeff Feuerzeig, que también es responsable del reputado y formidable documental musical Half Japanese: The Band That Would Be King, supo de la existencia de Daniel Johnston a finales de los 80, y se pasó diez años recopilando toda la información en prensa que encontró sobre el genio maldito. Su intención al filmar El diablo y Daniel Johnston no era sólo que el resto del mundo tuviera acceso a la mágica obra de este carismático cantante de folk Lo-Fi, sino poder explicarse a sí mismo la belleza, a ratos naif, a tratos trágica y fantasmal, que se desprende de las deshilachadas composiciones de Johnston, que nunca aprendió a tocar bien la guitarra ni el piano, ni puta falta que le hace.

«Daniel había preparado un especial radiofónico de una hora de duración para los oyentes de la New York / New Jersey WFMU que retransmitió por teléfono desde el Hospital Psiquiátrico de West Virginia. En este especial se daban cita todas las obsesiones de Daniel: interpretaba numerosas parodias en las que hacía gala de un sentido del humor muy mordaz y ponía voz a numerosos personajes, se autoentrevistaba de un modo muy divertido empleando distintas voces. Las parodias giraban en torno a su obsesión con la fama. Promocionaba su nuevo album de gospel llamado 1990, cantó en directo a través del teléfono y atendía llamadas de los oyentes». Uno de los oyentes que llamó fue, precisamente Jeff Feuerzeig. «Le pregunté si su tema Funeral Home era del album Cadillac Ranch de Bruce Springsteen y lo reconoció. Esta retransmisión se convirtió en mi llave para llegar a Daniel Johnston y en el detonante para hacer esta película»

«The picture drawing
The pretend heroes
My favorite was Captain America
The little girl
The flowers in the yard
The dog and cat
The welcome mat

God told me to go out
Singing my songs and what not
Led me to the hoy river baptism
Holy, holy, holy, holy, holy, holy, holy, holy»

El ventrílocuo de sí mismo

Si David Lynch intenta plasmar en fotogramas sus propios sueños para poder explicar(se)los, Johnston siempre ha perseguido exteriorizar de forma compulsiva toda la belleza que le ronda por su cabeza. Quizá por ello, desde muy pequeño registró su arte y su vida en grabaciones de casette y cintas de Super 8, creando así un diario audiovisual que resulta clave para entenderle. Esta lógica psicópata y ególatra permitió a Feuerzeig disponer para el documental de infinidad de imágenes y grabaciones de los años de adolescencia de Johnston. Entre las mismas se incluyen infinidad de discusiones con su madre, charlas en los pasillos del instituto, conversaciones telefónicas privadas e incluso grabaciones furtivas de Laurie, su eterno amor. El diablo y daniel johnston balancea el material con entrevistas con el entorno más cercano de Johnston, alternando con ritmo y eficacia el mundo imaginado del artista con bofetones de realidad. En las imágenes de la cinta se entremezclan declaraciones de su entorno más cercano (su mejor amigo, David Thornberry), artistas como Matt Groening, productores como Brian Beattie y periodistas como Ken Lieck y Louis Black.

La cinta de Feuerzeig celebra el arte de Daniel Johnston, pero esquiva cualquier tentación hagiográfica sobre su persona. No presenciamos aquí una vida de santos, ni existe el sacrosanto arco de ascenso a la fama, caida a los infiernos y redención al que se adscriben en Hollywood cuando documentan la carrera de ángeles caídos como Johnny Cash. La locura de Johnston no es nada lírica, es dolorosa; sus demonios no son imaginarios, son bastante reales.

El diablo y Daniel Johnston no nos escatima los detalles más escabrosos de su biografía, como el pasote de ácidos en un concierto de los Butthole Surfers, el incidente en el que provocó que una anciana se tirara de un segundo piso o aquel mítico viaje en avioneta con su padre después de un concierto, que acabó con la areonave hecha trizas después de que Daniel, convencido de que era el mismo Lucifer quien pilotaba el aparato, intentara arrebatarle los mandos de la avioneta a su padre, un experto piloto.

Tampoco se elude su problemática relación con la industria discográfica (rechazó una oferta de Elektra porque consideraba que era el sello del mismo demonio) ni el tragicómico episodio vivido con los miembros de Sonic Youth. Johnston tenía que desplazarse a Nueva Jersey para grabar un disco con el grupo, pero acabó perdido y desorientado por las calles de Hoboken en plena noche, para desesperación de Lee Ranaldo y Thurston Moore, que se pasaron horas buscándole.

Daniel es el hijo menor de una familia ultraconservadora y católica, pero en ningún momento el documental cae en la tentación del fácil retrato freudiano ni convierte a sus padres en chivos expiatorios. Tampoco se trata, como se ha insistido con frecuencia, de un ensayo de American Gothic a lo Capturing the friedmans (Andrew Jarecki, 2003), ni pretende escarbar en lo más podrido de la sociedad norteamericana. Es cierto que su madre, alarmada por la imaginación desbordante de su niño, llega a considerarle como un «poco rentable sirviente del Señor» (a lo que él responde que en realidad es un inservible profeta de Dios), pero en uno de los momentos finales de la cinta los padres confiesan desolados que «se les está acabando el tiempo» para cuidar de Daniel, en uno de los planos más emotivos y trágicos de la cinta.

La historia de Daniel Johnston tiene un final agridulce. A sus 48 años, el uso y abuso de medicamentos han hinchado su cuerpo y devastado su mente. Continua siendo un adolescente perdido atrapado en la telaraña de sus obsesiones, pero desde principios de los 90 incluso ha renunciado a los altos registros de voz con los que grababa sus primeras canciones. Probablemente se haya resignado a tener que convivir con el demonio.

Al menos, su figura se ha reinvidicado con justicia en los últimos años. Pudimos verle sobre el escenario en la edición de 2003 del Festival de Benicássim. Allí, con la única compañía de su guitarra, interpretó sus espectrales antihimnos a lo Brian Wilson, totalmente ajeno a los comentarios del público. Sobre las tablas, parecía poseido por la carismática estrella del rock que siempre quiso ser, y sólo con los años hemos podido entender su enajenada sonrisa cuando entonaba los versos de su entrañable Casper, the friendly ghost. Daniel Johnston se ha convertido, por fin, en un inmortal fantasma inocente y feliz.

«The GI Joes
The plastic monsters
My dad’s model airplanes
Life magazines
The Bible stories
Kimba the Lion
The King Kong

I was a cosmic child wlaking the second mile
I had to defeat the aliens
Bloody battle, fight to the finish
Fight, fight, fight, fight, fight»


[1] La letra pertenece a la canción Happy Time.