Para poder comprender totalmente el sentido de una película como Instrument, más que conocer la figura de Jem Cohen, quien desde mediados de los ochenta  viene desarrollando una carrera singular y muy relacionada con el mundo de la música —ha realizado clips para REM, Patti Smith, y films sobre músicos como Vic Chesnutt o el desaparecido Elliott Smith, entre otros—, hay que saber qué clase de banda eran Fugazi y qué tipo de propuesta desarrollaban.

A finales de los años ochenta Ian MacKaye, Guy Picciotto, Joe Lally y Brendan Canty forman Fugazi —término slang utilizado por los soldados norteamericanos en Vietnam que hace referencia a una situación bélica confusa— llegando desde diversas formaciones de la escena hardcore como Minor Threat, grupo seminal al que pertenecía Ian MacKaye alma mater de la banda. El espíritu de la escena hardcore tenía su germen en los grupos de adolescentes que se unían para formar una banda y autoeditar sus álbumes mostrando un absoluto desinterés por cualquier tipo de provecho económico o relacionado con la industria musical. En este mismo sentido, Fugazi será por su posicionamiento extremo una banda modélica e irrepetible, aunando de modo ejemplar ética y estética. En primer lugar la banda basaba su fuerza en las actuaciones en directo, casi exclusivamente, por norma general, como se refleja en el film, en beneficio de pequeñas  causas sociales locales (lejos de los grandes estadios y los Live Aids, tan gratos a las estrellas del negocio musical por esa época): actuaciones en correccionales, en apoyo a los sin techo, etc. El directo se articulaba para Fugazi como un acto casi litúrgico, al modo del reggae o de la música soul,  en el que la comunión entre el flujo de la música, la banda y el público era lo primordial. Nunca realizaban set lists de las actuaciones, sino que estas se conformaban con el propio ritmo interno de la actuación. Su objetivo era la comunicación total con el oyente. Si a estos elementos sumamos que Fugazi no realizaron jamás videoclips promocionales (en plena década de los noventa!) rechazando incluso  salir en la MTV o en los grandes medios de la prensa y la televisión (tan sólo concedían entrevistas a Tv locales o fanzines), renunciaban a vender camisetas con el logo del grupo estampadas en ella, y optaban por la autoproducción y la autoedición (llegando a fijar incluso, una única tarifa predeterminada para sus actuaciones) consiguiendo, pese a todo, gran éxito y reputación a nivel internacional, todo ello nos da la medida de qué significaron Fugazi para la música rock de los noventa.

En consonancia, Instrument nos ofrece un recorrido por los diez años de existencia del grupo de Washington acorde con estas premisas. Se recogen imágenes de actuaciones desde sus inicios hasta finales de su carrera, filmadas o no, por Cohen, que dan muestra de lo anteriormente expuesto: la vibración casi tribal de una guitarra eléctrica y sus reverberaciones éticas trasladándose de un lado a otro del auditorio. Unos pasos más allá de la utopía de la canción protesta, ahora, el mensaje no está —al menos, no exclusivamente—, en el qué se dice, en las letras de las canciones, sino en el cómo se dice y el cómo se hace. Fugazi trasladaron la eterna lucha del fondo contra la forma a los escenarios del post hardcore.

La mirada de Jem Cohen, de común acuerdo con la propia banda, que firma conjuntamente el film,  es la encargada de organizar el material existente y la de filmar, con su cámara de 16 u 8 mm, algunas de las actuaciones. No asistiremos a las tradicionales entrevistas falsamente confesionales de estrellas del rock, ni siquiera satisfará la curiosidad voyeurista del que espera el mínimo gesto de su cantante preferido. Las escenas se suceden con naturalidad, sin grandes descubrimientos, repletas de tiempos muertos en moteles sin glamour o observando el concienzudo trabajo de unos tipos en su música.

Cohen de manera magistral, como ya hiciera en su película sobre otro cometa llegado desde la constelación del hardcore, Elliott Smith, dota de una profunda carga poética todo aquello que recoge con su cámara, ya sea el cielo atravesado por un avión, un paisaje urbano tomado desde la ventanilla de un coche en movimiento o los desarticulados, sensuales y violentos, bailes de Picciotto sobre el escenario. En reflejo de la austeridad de la banda, es ejemplar observar como Cohen responde, imbuido de su propia fuerza, con una precisa filmación  del grupo en directo. En un solo plano, sin cortes, buscando en cada momento el encuadre más adecuado para expresar y recoger toda la energía de la banda  pese a disponer, como podemos comprobar en algún otro momento, de más de una cámara. Estamos muy lejos aquí de esos conciertos filmados para televisión, de edición vertiginosa y rimo mareante. Lo que importa son la música y los cuerpos hablando por si mismos, y cuando son los miembros de Fugazi quienes tienen que hacerlo, el mensaje es conciso, políticamente activo, sin pretensiones ni subterfugios de ningún tipo.

Un último detalle —esta vez sí, marca de la casa Cohen— habla de manera clara sobre las intenciones de cineasta y músicos. El modo, delicado y directo, en que se filman los rostros de aquellos que esperan para entrar en un concierto de Fugazi. La cámara recorre la cola en dos ocasiones, retratando amorosamente a unos cuantos jóvenes primero, no tan jóvenes casi diez años después, y dando fe de la pureza de la mirada de gente como Jem Cohen y Fugazi.