Apropiada apropiación y famosos parlanchines

Todo aquel que conozca un poco la historia de la música popular debe ser consciente de que el punk no fue un movimiento revolucionario surgido en las calles londinenses de forma espontánea sino más bien todo lo contrario. Aunque nos duela, el punk nació como un producto prefabricado por mentes oportunistas para ganar dinero a costa del malestar social que se mascaba en el Reino Unido de mediados de los setenta. De esta manera, Sex Pistols y The Clash, los dos grandes baluartes de la primera ola de punk británico, fueron grupos creados por sus respectivos managers, Malcolm McLaren y Bernie Rhodes, para satisfacer la demanda de rabia e inmundicia que exigía la desencantada juventud de la época y, de paso, llenarse los bolsillos de libras. Pese a quien pese, el punk no hubiera sido posible sin la interesada labor de dos tipos tan ególatras y antipáticos como estos mad doctors que supieron juntar las piezas exactas en el momento adecuado, para construir sendas criaturas que sobreviven al paso del tiempo con tanta fuerza como el moderno Prometeo de Mary Shelley.

Sin duda, Julián Temple, autor de excelentes documentales sobre música y de algunas insufribles películas de ficción, es un auténtico connoisseur del mundo del punk-rock. Por tanto no es de extrañar que haya sido él y no otro quien ha sabido trasladar al celuloide los entresijos que condujeron a la gestación de estás dos bandas míticas en películas tan vigorosas como The Great Rock ‘n’ Roll Swindle (1980), La mugre y la furia (The Filth and the Fury, 2000) y, la que aquí nos ocupa, Joe Strummer: Vida y muerte de un cantante (Joe Strummer: The Future is Unwritten, 2007), a partir de ahora Joe Strummer a secas.

Estructuralmente el documental de Temple adopta un formato clásico que aborda cronológicamente la biografía del que fuera cantante de The Clash desde su infancia hasta su muerte, de ahí el poco imaginativo título español de la cinta. Una de las principales bazas del film es que, gracias a las numerosas declaraciones grabadas que existen de Strummer, es él mismo quien va desgranando, de forma tan anárquica como anecdótica, su apasionante historia. Temple consigue eludir así, muy sabiamente a mi juicio, la utilización de esas farragosas voces en off omniscientes más características del reportaje televisivo que de un documental plenamente cinematográfico como éste. Evidentemente este recurso aporta una mayor sensación de proximidad a la figura biografiada, ya que permiten al espectador conocer de primera mano los hechos narrados y, lo que es más importante, como dichos acontecimientos modificaron la actitud vital de Joe Strummer para enseñarle que, cómo reza el atinado título original, el futuro no está escrito. Esto da alas a Temple para elaborar un retrato poliédrico que no se limita a repetir los tópicos fraguados en torno al Strummer más mediático, sino que analiza en profundidad las diversas facetas de este autoproclamado caudillo del punk rock.

Julian Temple es consciente de que en este tipo de films el resultado final vendrá marcado por la buena utilización que el director haya hecho del abundante material de archivo que maneja (antiguas bobinas familiares de Super 8, fotografías, fragmentos de películas ajenas, entrevistas y actuaciones de The Clash y The Mescaleros, extractos de audio del programa de radio que Strummer tenía en la BBC, etc.). Por tanto, es bien cierto que los segmentos más interesantes que componen el metraje de Joe Strummer no han sido filmados por quien firma el documental, aunque no lo es menos que mediante su impecable labor de montaje Temple se ha apropiado de este material preexistente para integrarlo en su discurso fílmico con tal pericia que resulta imposible negar su plena autoría. Por poner un ejemplo de lo fino que hila Temple en esta labor de apropiación citaremos aquí la excelente utilización que hace de las imágenes finales de If (1968, Lindsay Anderson) para plasmar la fuerte oposición al sistema que Strummer manifestó desde su más temprana adolescencia o el paralelismo que establece entre el desesperado personaje que interpretó en Mystery Train (1989, Jim Jarmusch) y la difícil situación personal que atravesaba durante aquellos años.

Por el contrario, el material propio, compuesto principalmente por testimonios de celebridades y de antiguos colaboradores, es bastante menos interesante y, en ocasiones, llega a ralentizar el, pese a todo, buen ritmo de la cinta. Entre otros famosos que acuden a la cita convocada por Temple para dar color al film están Bono (¡que se apunta a todas aunque no vaya con él!), Johnny Deep, Flea (bajista de Red Hot Chili Peppers), Steve Buscemi y Jim Jarmusch (que trabajaron con él en la citada Mystery Train), Martin Scorsese, Mick Jones y Topper Headow (en representación de The Clash. No podemos dejar de echar de menos aquí al bajista Paul Simonon), Bobby Gillespie (cantante de Primal Scream), John Cusack, etc.

En definitiva, Joe Strummer… es un documento que se revela imprescindible para adentrarse de lleno en una de las personalidades más complejas de la historia del punk-rock. Posiblemente, de no haber sido por la saturación de bustos parlantes (algunos de ellos con muy poco que decir) y de canciones en torno a la hoguera estaríamos ante una obra redonda sobre un personaje fascinante.