Fred Frith es música

No sé exactamente quién lo escribió por primera vez, pero cuando se dijo a Howe Gelb, el genio de Tucson, Arizona (Estados Unidos) detrás de Giant Sand y otros muchos otros proyectos paralelos, como un hombre que era música, así en abstracto, no podía encontrarse mejor definición. Porque no es un músico, es música. Todo él.  Su físico, su aspecto, su gestualidad, sus actos, sus pensamientos… Todo parece envuelto por una vibración especial y, obviamente, musical que él mismo genera.

Pues bien, viendo a Fred Frith, el genio de Heathfield, Sussex (Inglaterra) detrás de Henry Cow y de muchos otros proyectos paralelos, también es música. Al menos es la impresión que se tiene a los pocos segundos de verlo, incluso de descubrirlo no sabiendo nada de él, en Step across the border. Fred Frith es su propia obra. Ya puedes verlo comprando pequeños y extraños objetos en una cacharrería, jugando con un bebé o caminando por la calle. Es una persona que desprende armonía, ritmo, timbre, color y tantas otras cualidades estrictamente referidas a la musica. Y, por supuesto, también irradia creatividad, improvisación, vanguardia, libertad, riesgo y tantas otras cualidades  estrictamente referidas a su música.

De la manera cómo este peculiar individuo se relaciona con su entorno da buena cuenta el documental que entre 1988 y 1990 rodaron Nicolas Humbert y Werner Perzel. Una persona que parece alterar la realidad del contexto en el que se encuentre. El mundo se musicaliza con su presencia. Se fredfrithiza.

La realidad es música

La realidad se altera si incluye a Fred Frith, vale. Pero ¿cómo? Pues su presencia nos aporta y hace cómplice de un código de interpretación. Todo puede descifrarse en términos musicales.  Alí donde otros sólo perciben ruido, sonidos accidentales, murmuraciones cotidianas, estridencias paisajísticas o el runrún del día a día él descubre una magna orquestación. Y nosotros con él.

Y este pentagrama de dimensiones cósmicas es global, por supuesto. Basta pensar en el célebre efecto mariposa que  nos explica, ni más ni menos, que Jonas Mekas al principio del film (en funciones de ilustre padrino de esta película compartiendo honores con Robert Frank, que aparece al final del metraje)  para entender que una música descubierta en una esquina del mundo puede afectar a las sonoridades de la otra punta del planeta.

Dicho y hecho: Step across the border recorre casi los cinco continentes con Fred Frith tocando con quién sea (René Lussier, Joey Baron, Jean Derom, John Zorn, Eitetsu Hayashi, Cyro Baptista,  Arto Lindsay, Haco, Pavel Fajt…) y dónde sea. Él es el hilo musical que imprime sentido y unidad a todo lo que suena y se ve: sombras, luces, reflejos, contrastes, vacíos y formas.

‘Step Across The Border’ es música

Ni que decir tiene que la pareja Humbert-Penzel se dejaron contagiar por el espíritu creativo de Fred Frith para poner Step across the border en imágenes como si estuvieran vistas desde la misma lente que usa el músico.

Rodada en un precioso blanco y negro granulado y en 35 mm (este film es de cuando había que pensarse muy mucho qué filmar antes de filmar) , la película en cierta manera  recupera el espíritu de la mítica Berlín, sinfonía de una gran ciudad, pero respecto a un gran mundo, y a veces incluso a las abstracciones de la imagen de las animaciones de Oskar Fischinger (los títulos de crédito iniciales son delatores) . Su estructura narrativa es casi una partitura con tema (las humeantes conversaciones en un takeaway chino, Frith tarareando de memoria sus canciones…) y variaciones (las distintas colaboraciones con otros músicos, los pseudo-videoclips que brotan aquí y allá…)

Más conceptual que descriptiva y más vanguardista que explicativa, esta película busca cuanto hay de métrica, de armonía y, en definitiva, de musicalidad en la realidad capturada a 24 fotogramas por segundo.