El cuarto Lip y sus amigos

Una mirada. Un chasquido. Un encuadre. Un plano. Una sonrisa. El cine, a veces, no es más que eso. Breves instantes reveladores que te golpean y se adhieren para siempre a tu memoria. Todas las joyas cinéfilas de nuestro Olimpo los tienen y por ello nunca nos cansamos de mirarlas. Pero si buscamos, si indagamos en el inagotable contenedor del audiovisual, podemos dar repentinamente con uno de esos momentos irrepetibles que bien justifican la cinefagia y que elevan piezas discretas a otra dimensión. Es lo que sucede con una secuencia inaudita que surge, repentinamente, en el tramo final de Fearless Freaks, el apreciable documental  musical (pensado para el mercado dvd) que da pie a este texto. El más bien rutinario y laudatorio universo de los rockumentaries —una palabreja, por cierto, odiada por la mayoría de realizadores que se dedican a este digno género— no suele dar estas sorpresas, pero existen las excepciones. Una sería la célebre puñalada que un miembro de Los Ángeles del Infierno le asestó a un espectador en un concierto de los Rolling Stones, registrada en Gimme Shelter (Albert y David Maysles, 1970). Otra sería la que nos ocupa, el íntimo monólogo de Steven Drozd (baterista de The Flaming Lips) que mientras se prepara meticulosamente una dosis de heroína va confesando a la cámara las nefastas consecuencias de su adicción a las drogas [1].

No conviene destripar al lector los detalles de esta turbadora secuencia en blanco y negro, pero sí preguntarse lo que hay detrás de ella. El porqué el reputado grupo de rock lisérgico de Oklahoma permite que se exhiban sus más turbios asuntos privados en lugares públicos. Sin paños calientes ni eufemismos. La respuesta cabe hallarla, seguramente, en el papel jugado por Bradley Beesley, director de la película y amigo íntimo de los tres miembros centrales de la banda: Wayne Coyne, Michael Ivins y el citado Steven. Sin él, Fearless Freaks hubiese sido otra cosa. Completamente diferente y mucho menos interesante. Poco después de descubrir el grupo en uno de sus primeros conciertos, Beesley entró en contacto con ellos (eran vecinos) y en 1991 empezó a filmarlos. Ahí arrancó un ejercicio auténtico de work in progress que llegó a su fin en 2005 con el arduo proceso de montaje de las más de 400 horas rodadas. Una vez editado, el filme acabó resultando algo más que un recorrido convencional por la exitosa  trayectoria artística de los Flaming Lips y se reveló también como un reflejo sutil de la progresiva amistad que con los años fue surgiendo entre el realizador y los músicos. Beesley se había transformado, por tanto, en una suerte de cuarto Lip invisible; en un privilegiado biógrafo audiovisual que no rodaba desde la lejanía del extraño sino desde la cercanía de quien se encuentra en el mismo corazón de la cuadrilla.

Ese contexto de confianza —que me lleva a pensar, salvando las enormes distancias, en el que consiguió Robert Flaherty con su Nanook— es el que quizá permitió un instante compartido tan doloroso como el que citábamos anteriormente y el que, asimismo, ayudó a que este documental fuese más un retrato personal y cotidiano de las vidas de Wayne y Steven (Michael aparece, en proporción, mucho menos que sus dos compañeros) que otra cosa. Así, más allá de las fotos, los vídeoclips, las canciones, los fans y las entrevistas, lo más atractivo de esta Fearless Freaks acaban siendo las jugosas digresiones familiares que nos permiten descubrir el variopinto entorno humano donde se criaron los protagonistas y que, sobre todo, nos dan un valioso fresco privado de un lugar y una época muy determinadas.

Menos interesantes son, en cambio, otros apuntes que traza sutilmente el filme como aquél que versa sobre la condición mesiánica de Coyne como líder intachable del grupo. Las referencias a la religiosidad del fenómeno musical tienen su interés, pero Beesley acaba pagando el peaje de la mística del rock y, por momentos, adopta una mirada hagiográfica que en nada se adecua al tono cercano y sincero que consigue durante la mayor parte de su película. Un pequeño desliz que no resta puntos a una pieza cinematográfica modesta que tiene, sin embargo, suficientes puntos de interés como para convencer tanto a los seguidores de los Lips —que basculan irreconciliables entre la etapa punk y la sinfónica— como al espectador ocasional. Eso sí, esta es una película sobre las hazañas de una pandilla de frikis de un barrio de Oklahoma que acabaron, entre otros vicios, dedicándose a la música. Ténganlo en cuenta si deciden verla. Quedan avisados.


[1] Aunque use ambas películas como ejemplo, es importante remarcar que se trata de dos propuestas muy diferentes entre sí. Mientras Gimme Shelter es un documental musical enmarcado dentro del direct cinema estadounidense, Fearless Freaks es más bien un rockumentary tradicional que, eso sí, cuenta con detalles ciertamente singulares.