Parece imprescindible, a pesar de lo obvio que pueda resultar, empezar estas líneas dando cuenta de la estrechísima relación de Jim Jarmush (y por extensión de su cine) con la música, y más concretamente con el rock. Una cita del propio Jarmush para abrir boca: «De no haber existido The Ramones probablemente no habría hecho ninguna película».  Una exageración seguramente, pero que da cuenta de la profunda vinculación entre imagen y música en sus películas: sólo hay que pensar en cómo se funden ambas para generar y apuntalar estados de ánimo que en otras circunstancias sólo podrían explicarse con palabras. En Jarmush, casi siempre, la música (la fusión entre música e imagen) es más explícita y lúcida que las palabras; tal vez no tanto como los silencios, pero sí más que la palabras. También deberíamos hablar aquí de la relación personal de Jarmush con determinados músicos y de la aportación de estos a sus películas, por las que, indistintamente,  van pasando como actores o como autores de algunas de las bandas sonoras. A saber: John Lurie, autor de las bandas sonoras de Permanent Vacation, Down by Law, Strangers Than Paradise y Mistery Train, es también actor en las dos primeras; Tom Waits es uno de los protagonistas de Down by Law y autor de la banda sonora de Night on Hearth; Iggy Pop aparece en Dead man; Joe Strummer, Screamin’ Jay Hawkins y Rufus Thomas en Mistery Train, por poner algunos ejemplos.  Un último apunte al respecto: el mismo Jarmusch ha sido cantante y teclista de bandas como Dark Day o The Del-Byzantees.

Fue en 1995 cuando llegó su primera colaboración con Neil Young, al que Jarmush encargó la banda sonora de Dead Man. Young acabó de aportarle el tono premonitoriamente lúgubre y crepuscular a una película que se plantea como un auténtico descenso a los infiernos y que supone uno de los hitos del western moderno. De ahí a Year of the Horse, evidentemente, sólo había un paso.

Dejemos que Jim Jarmush nos regale la sinopsis de la película: «Year of the Horse es una película de Rock & Roll sobre un grupo, Neil Young and Crazy Horse, y la música que hacen cuando se reúnen. Los conciertos fueron rodados en Europa y los Estados Unidos durante la gira de 1996. Las entrevistas y las escenas en camerinos y desplazamientos por carretera son mayoritariamente de esa gira, a los que hemos añadido algunas secuencias rodadas en los años 1976 y 1986 (el material de 1986 ha sido robado de la película Muddy Track, de Bernard Sharkey). Una parte del material rodado en los escenarios lo fue en formato 16 mm.; otra se filmó en formato Super-8 por L.A. Johnson y un servidor. Usamos Super-8 en parte porque el pequeño tamaño de las cámaras nos permitía operar a nosotros mismos sin la necesidad de un equipo, pero en gran parte lo hicimos porque nos encanta el look que este formato aporta a la filmación, esa belleza en crudo que se parece tanto a la música de los Crazy Horse».

Dicho así parece poca cosa, pero si analizamos los datos que nos ofrece Jarmush, comprobaremos que el asunto tiene bastante más miga de lo que parece. Para empezar, sí, es una película de Rock & Roll sobre la gira de Neil Young and Crazy Horse, es decir, un documental musical. Pero la clave aquí es «película de Rock & Roll», una película en la que la música es importante, en la que el Rock & Roll se levanta incluso por encima del carácter documental de una filmación. Lo que Jarmush está haciendo es grabar música, plasmar una cierta forma de tocar, de sentir y de interpretar Rock & Roll.  Para Jarmush esa música, esa filosofía, tiene una textura, un aspecto, el de los formatos «menores» de 16 y Super 8 mm. Y, visto el resutado, habrá que darle la razón: por el grano y la imperfección de la imagen transpiran con fluidez los acordes «de garaje» y la actitud irreverente de la banda. Por otra parte, la elección de esos formatos es algo que, según explica Jarmush, le permite también tener libertad y facilidad de movimientos; y no es difícil asociar esa elección y su justificación con su propia condición de cineasta independiente, libre y a contracorriente.  El resultado: una suma de talentos y personalidades actuando en perfecta simbiosis.

Year of the Horse es una celebración, pero también, y esto es fundamental, una crónica, la de 20 años de supervivencia de una banda y, como decíamos, de una cierta forma de entender e interpretar la música. Jarmush lo dice como de pasada, sin darle demasiada importancia: «hemos añadido algunas secuencias rodadas en los años 1976 y 1986». Pero lo cierto es que la decisión de incluir ese material en la película tiene algo de constatación, hasta cierto punto melancólica, del inexorable paso del tiempo, y también, por supuesto, tiene mucho de la celebración de esa supervivencia. Justo lo contrario de lo que Scorsese contó en The Last Waltz en 1978,  tan parecida en casi todo lo demás a Year of the Horse, en la que tras la celebración, llegaba, precisamente, el último vals de The Band, su última actuación e, inevitablemente, el doloroso final de una época. Por allí aparecía también Neil Young que, veinte años después, junto a su banda y con Jarmush como testigo, seguía dando guerra y manteniendo intacto el espíritu que mostraba en la película de Scorsese.

Si bien Year of the Horse puede parecer una obra por y para el lucimiento de Neil Young y su banda, no conviene menospreciar la importancia de esta obra dentro de una filmografía tan rigurosa y honesta como la de Jim Jarmush. Más bien al contrario, debe entenderse como una parada lógica para un cineasta en cuya obra la  música y cierta actitud irreverente se sitúan siempre en primer término.