Una mujer ideal

El tiempo no ha tratado demasiado bien a la tercera película de los Hermanos Farrelly. No porque los chistes no sean descacharrantes —la mayoría siguen siendo realmente antológicos… y no, entre ellos no incluyo el del semen/fijador—, ni por lo edulcorado de su historia de amor —en ese sentido, es infinitamente peor su posterior Amor en juego (Fever Pitch, 2005)—, sino por lo descompensado de un proyecto que se revela de tránsito, de transformación, dentro de la carrera de unos directores que querían demostrar a la industria que sabían hacer algo más que (geniales) gags escatológicos. De ahí que el proyecto acabe apuntado más ideas de las que consigue llevar a buen término, lastrado por la convencionalidad del argumento original de Ed Decter y John J. Strauss. Y aun así, el film supone —sin ánimo de desmerecer a otras comedias coetáneas, que también aportaron su granito de arena— un primer paso fundamental hacia la consecución de ese fenómeno que, en espera de un mejor nombre, ha venido a llamarse “nueva comedia americana”.

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No sólo porque demostró que una comedia romántica repleta de chistes guarros y de incorrección política podía funcionar en taquilla a las mil maravillas, sino porque además supuso un paso adelante a lo ensayado por sus dos autores en Dos tontos muy tontos (Dumb & Dumber, 1994) y Vaya par de idiotas (Kingpin, 1996), evidenciando que mediante el humor basado en el gag también se pueden narrar historias clásicas, con un desarrollo de personajes funcional. Además, por si fuera poco, la película sirvió para demostrar definitivamente el talento y la capacidad para encabezar un reparto de un actor tan fundamental para el género como Ben Stiller. Una elección que aterrorizaba a los productores, de ahí que aparezca el tercero en los títulos de crédito —por detrás de Cameron Díaz y… ¡Matt Dillon!— y que su personaje, en una de las decisiones más erróneas de todo el film, tarde casi media película en asumir todo el protagonismo que merece. Y es que el futuro director de Tropic Thunder (2008) consigue aquí algo muy difícil: equilibrar la vertiente dramática del personaje, haciéndolo cercano y empático cara al público, con su parte más humorística, en la que demuestra su gran talento para el humor físico naturalista. Algo que perfeccionaría, desde una vertiente más amable y comercial, en la serie iniciada con Los padres de ella (Meet the Parents; Jay Roach, 2000), y que llegó a su madurez definitiva, cómo no, a manos de los Farrelly, en la muy reivindicable Matrimonio compulsivo (The Heartbreak Kid, 2007).

Lo interesante es que los Farrelly, muy conscientes del reparto que tienen entre manos, no intentan guiar la comicidad de sus actores, sino que respetan sus respectivos estilos y permiten que funcionen por contraste. Así, la riqueza de la película es que establece interacciones como la que se crea entre Stiller y Chris Elliott, que desarrolla el mismo humor verbal bronco y agresivo que le dio a conocer, Búscate la vida (Get a Life, 1990-1992), o lo que todavía es más admirable, la del protagonista con Cameron Díaz, una actriz que hasta ese momento sólo habría ofrecido interpretaciones mediocres, y de la que los directores supieron extraer su máximo potencial cómico. De hecho, se puede decir que Algo pasa con Mary es para Díaz como Cuando Harry encontró a Sally (When Harry Met Sally; Rob Reiner, 1989) para Meg Ryan: en ella, desarrolló una serie de tics interpretativos y expresiones recurrentes que ha seguido explotando en otras películas que le han mantenido en el candelero de las actrices especializadas en comedias románticas, aunque lo cierto es que nunca ha vuelto a lograr el equilibro entre sensualidad y sentido del humor de la solicitadísima Mary.

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No sería justo, no obstante, despachar esta película como una simple historia de amor con chistes groseros, ya que en ella los Farrelly realizan, con su estilo de brocha gorda y evidente falta de sutilidad, un retrato nada halagüeño del comportamiento de la mayor parte de la población masculina ante la mujer adecuada —y es evidente por qué Mary lo es para todos los personajes del film: porque es un sueño erótico masculino, con más rasgos de hombre que de mujer en su comportamiento, pero manteniendo un irresistible atractivo físico—. Ninguno de sus (supuestos) enamorados intenta conquistarla de corazón, sino que lo hacen manipulando la verdad e inventándose todo tipo de subterfugios para tocar su fibra sensible de la forma más rastrera. Por eso, a pesar de que nos sintamos identificados con la falsedad del resto de personajes —que, en realidad, no viene más que a señalar la absoluta falta de autoestima de todos ellos—, finalmente queremos que la conquiste Ben Stiller, porque su Tom es una representación ficcional de lo mejor del género masculino, de toda la inocencia y la positividad que la sociedad nos acaba arrebatando a golpe limpio. Pese al tiempo transcurrido, es como si nunca hubiera dejado de ser el adolescente con aparatos del inicio de la historia. ¿Cómo no íbamos todos a querer que ese niño que una vez fuimos se ligue a la chica de la película?

Y si todo eso no basta para darle, a pesar de sus evidentes defectos, su justo valor a una película tan esencial para la historia del humor estadounidense como Algo pasa con Mary, ¿qué otra comedia tiene como coro griego a un dúo musical como el formado por Jonathan Richman y Tommy Larkins?